Drones agrícolas en la Patagonia: la tecnología que permite fumigar con solo 10 litros de agua por hectárea
Santiago Vázquez y Gonzalo Díaz trabajan con dos drones agrícolas para fumigación, fertilización y siembra. La tecnología ya se utiliza en campos del Valle Inferior y otras zonas de la Patagonia, con menor uso de agua y sin necesidad de ingresar con maquinaria al lote.
Santiago Vázquez y Gonzalo Díaz, al frente del proyecto de aplicaciones con drones agrícolas. Foto: Gentileza.
En el campo, incorporar tecnología no siempre significa reemplazar una máquina por otra. A veces, se trata de sumar herramientas que permiten realizar tareas conocidas de una manera diferente. Eso es lo que están experimentando Santiago Vázquez y Gonzalo Díaz, quienes trabajan con dos drones agrícolas y comenzaron a prestar servicios de aplicación en establecimientos productivos del Valle de Viedma y otras zonas de la región.
Los equipos llegaron hace tres años a una empresa familiar dedicada a la actividad agropecuaria, con foco en la ganadería y la producción de pasto para consumo propio. En ese momento, los drones agrícolas todavía tenían poca presencia en Argentina. Compraron el primer equipo, luego sumaron un segundo y comenzaron a utilizarlos tanto en sus propios cultivos como para brindar servicios a otros productores.
Actualmente trabajan con dos equipos DJI Agras, modelos T40 y T50, que utilizan para aplicaciones agrícolas, fertilización y siembra, según las necesidades de cada establecimiento.
«Somos prestadores de servicio. Nuestros cultivos los fumigamos nosotros y también prestamos servicios», explican.
Una herramienta para aplicar, no para diagnosticar
El servicio comienza con una necesidad concreta del productor, que indica qué superficie necesita trabajar, qué producto debe aplicar y qué tarea requiere.
Los drones no realizan por sí mismos el diagnóstico del cultivo ni determinan qué tratamiento necesita cada lote. Su función es la aplicación, a partir de las indicaciones del establecimiento. Con esa información, Santiago y Gonzalo programan la operación.
Los equipos permiten trabajar con herbicidas, fungicidas, insecticidas y fertilizantes. También pueden utilizarse para siembra, mediante la adaptación del sistema de carga según la tarea. En fertilización, por ejemplo, trabajan con productos como la urea.
La versatilidad es una de las características que más destacan: además de las pulverizaciones, pueden realizar aplicaciones puntuales de fertilizantes y experiencias de intersiembra.
Menos agua y aplicaciones sin pisar los cultivos
Uno de los principales cambios que observan está en el volumen de agua utilizado. Mientras que una aplicación convencional puede requerir entre 500 y 2.000 litros por hectárea, según el equipo y el tratamiento, en los trabajos con drones utilizan alrededor de 10 litros por hectárea entre agua y caldo de aplicación.
La diferencia también exige un cambio de mirada por parte de los productores, acostumbrados a observar las plantas mojadas después de una pulverización.
«Los productores están acostumbrados a que las plantas queden mojadas«, explican. Al principio, esa diferencia generó cierta desconfianza sobre si el producto llegaba efectivamente al cultivo.
Para demostrarlo, recurrieron a tarjetas hidrosensibles, que permiten visualizar el contacto de las gotas sobre la superficie tratada. La clave, señalan, está en lograr una distribución adecuada y trabajar con las condiciones apropiadas.
La reducción del volumen de agua no es la única ventaja. Como el dron no necesita apoyarse sobre el suelo, puede ingresar a lotes después de una lluvia, cuando una máquina terrestre podría tener dificultades para circular.
«Capaz que pudo haber llovido, pero entró. No necesitó tener suelo», explicó Santiago.
Además, al evitar el tránsito de maquinaria pesada, permite reducir el daño sobre las plantas. Han realizado aplicaciones en girasol, maíz y cereales, además de trabajos de intersiembra. En girasol, por ejemplo, utilizaron los drones para realizar el secado del cultivo.
La alternativa resulta especialmente interesante cuando ingresar con una máquina de arrastre puede significar pisar plantas y perder producción. También encuentran condiciones favorables para trabajar sobre alfalfa, donde los lotes planos facilitan la operación.
De los pequeños productores a otras zonas de la región
La incorporación de los drones no estuvo exenta de dificultades. Como sucede con otras tecnologías nuevas, al principio encontraron cierta resistencia entre los productores.
«Las nuevas tecnologías cuestan un poco», resumieron.
A esa situación se suma una forma de trabajo tradicional, en la que las aplicaciones suelen realizarse sobre cuadros completos y no siempre se contempla la posibilidad de intervenir con herramientas diferentes.

Por eso, comenzaron trabajando con productores pequeños, que en muchos casos no tienen acceso a determinadas máquinas de aplicación o para quienes contratar un equipo convencional puede resultar más difícil.
A partir de esas primeras experiencias fueron ampliando el servicio. Actualmente trabajan principalmente en el Valle de Viedma, aunque también realizaron tareas en otras zonas productivas, entre ellas Pedro Luro. Buscan extender su cobertura cuando las distancias y las condiciones de cada trabajo lo permiten.
La capacidad de trabajo y el límite del viento
En condiciones óptimas, los equipos pueden alcanzar una capacidad de trabajo de alrededor de 21 hectáreas por hora. Sin embargo, el rendimiento depende del tamaño y la forma de los lotes, las distancias, las condiciones meteorológicas y la operación del equipo.
Los cuadros grandes y regulares permiten aprovechar mejor su capacidad. En cambio, en superficies de cinco hectáreas o menos, los giros y desplazamientos pueden reducir la eficiencia.
El viento es otra de las principales limitantes, cuando supera determinados niveles, la aplicación deja de ser conveniente y es necesario reprogramar el trabajo.
En condiciones favorables, explican, han logrado operar incluso con vientos superiores a los 14 kilómetros por hora, aunque reconocen que la meteorología es uno de los factores que más deben tener en cuenta.
La tecnología no elimina las condiciones que exige una buena aplicación agrícola. Por el contrario, requiere evaluar el clima y las características de cada lote para definir cuándo y cómo realizar la tarea.
Del mapa a la aplicación de precisión
Cuando comenzaron a evaluar la incorporación de drones, también analizaron avanzar hacia el uso de imágenes y mapas para realizar aplicaciones de mayor precisión.
Existen equipos con cámaras que permiten relevar los lotes y generar información sobre los cultivos. La idea era utilizar esas imágenes para analizar las condiciones de cada superficie y, posteriormente, definir aplicaciones más precisas.

Sin embargo, en las experiencias que desarrollaron en la región encontraron que ese paso todavía no resultaba indispensable para el tipo de servicio que prestan.
Los drones de aplicación ya les permitían resolver necesidades concretas de los productores, sin incorporar necesariamente otras herramientas tecnológicas. La experiencia también les dejó un aprendizaje: evaluar qué utilidad concreta tiene cada tecnología para el sistema productivo y las condiciones de la región, antes de incorporarla.
¿Cuánto cuesta aplicar con un dron agrícola?
El valor del servicio no es fijo y depende de distintas variables, entre ellas la cantidad de hectáreas, el producto que se debe aplicar y las características del trabajo.
Como referencia, actualmente el costo ronda los $20.000 por hectárea en adelante, aunque el precio final se determina de acuerdo con cada operación.
Para los productores, la comparación con una máquina terrestre no pasa solo por el costo por hectárea, sino también por el ahorro de agua, el ingreso tras las lluvias y la reducción de daños en los cultivos.
Para Santiago y Gonzalo, el desafío es que más productores conozcan el funcionamiento y las posibilidades de esta tecnología. «Es una herramienta compatible y no viene a reemplazar nada, viene a complementar las herramientas que ya existen», sostienen.
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En el campo, incorporar tecnología no siempre significa reemplazar una máquina por otra. A veces, se trata de sumar herramientas que permiten realizar tareas conocidas de una manera diferente. Eso es lo que están experimentando Santiago Vázquez y Gonzalo Díaz, quienes trabajan con dos drones agrícolas y comenzaron a prestar servicios de aplicación en establecimientos productivos del Valle de Viedma y otras zonas de la región.
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