Trabajadores contra Moreno

Redacción

Por Redacción

Si las trabas a las importaciones sólo perjudicaran a consumidores de gustos extranjerizantes, un gobierno populista como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría felicitarse por obligarlos a argentinizarse, pero sucede que entre las víctimas principales de las medidas en tal sentido que ha tomado están muchos obreros. Además de los que trabajan en empresas grandes y chicas que dependen de insumos importados, se han visto afectados de manera muy negativa los despachantes de aduana, comisionistas, camioneros y otros empleados portuarios que han optado por contraatacar paralizando las actividades en el puerto de Buenos Aires y las terminales de Rosario, Zárate, Campana y Bahía Blanca para protestar contra el intento de Guillermo Moreno de mejorar la balanza comercial impidiendo el ingreso de bienes foráneos que a su juicio personal son prescindibles. La reacción de los trabajadores puede entenderse. Mal que les pese a Moreno y otros kirchneristas, el intercambio comercial beneficia no sólo a aquellos empresarios que se dedican a la venta de bienes importados sino también a muchísimos otros que, lo sepan o no, desempeñan funciones que de un modo u otro están relacionadas con la economía internacional. Incluso productos sencillos que a primera vista son netamente argentinos a menudo necesitan por lo menos una parte que suele importarse, razón por la que las trabas dispuestas por el secretario de Comercio Interior ya han tenido un impacto en la industria nacional, en el comercio minorista y, desde luego, en el transporte, de ahí la participación de los camioneros de Hugo Moyano en las protestas. De persistir el gobierno con la política proteccionista que ha emprendido, los efectos negativos seguirán haciéndose sentir en otros sectores. A esta altura, es anacrónico fantasear con desacoplar la economía nacional de la internacional. Si bien hasta ahora los preocupados por el amateurismo impulsivo de los encargados de manejarla se han concentrado en las repercusiones que han tenido sus esfuerzos en otras partes del mundo, donde los representantes de veintenas de países, entre ellos nuestros socios del Mercosur, Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, han formulado críticas virulentas y, en algunos casos, están preparándose para tomar represalias concretas, los efectos negativos internos serán con toda seguridad más graves que los provocados en el exterior. En el mundo actual, suspender bajo cualquier pretexto los lazos comerciales habituales tiene consecuencias retrógradas, al privar a fabricantes de lo que precisan para continuar produciendo. Fue por eso que el terremoto y el tsunami que golpearon a distintas empresas japonesas incidieron en seguida en Europa y Estados Unidos al frenar la importación de piezas acaso menores pero así y todo esenciales para la producción de una gama muy amplia de artefactos. Aunque nuestra economía dista de ser tan sofisticada como las de los países avanzados, también depende de partes importadas. No cabe duda de que los trabajadores que, para frustración de quienes tienen que transitar por las zonas cercanas a los puertos y terminales en diversos puntos del país, protestaban contra la política comercial del gobierno kirchnerista son tan nacionalistas como el que más, pero resulta que han estado entre los primeros en darse cuenta de que ellos mismos han tenido que pagar los costos de las medidas de Moreno. No serán los últimos. Si sólo fuera cuestión de los equivalentes de aquellas “chucherías de Taiwán” cuya aparición esporádica aquí motivaba la indignación de los proteccionistas, el asunto no tendría demasiada importancia, pero sucede que hay mucho más en juego. Al intentar el gobierno solucionar un problema fiscal con su contundencia habitual, dando a entender que las trabas se inspiraban en parte en su fervor nacionalista, se las arregló para crear otros aún más graves que están perjudicando a una proporción creciente de los trabajadores. Para que las autoridades les prestaran atención, los dirigentes obreros, a diferencia de los siempre cautos voceros empresariales, han optado por hacerse oír de la manera más ruidosa posible, organizando paros y manifestaciones callejeras que, al multiplicarse las dificultades económicas, podrían señalar el inicio de una ofensiva sindical en escala decididamente mayor.


Si las trabas a las importaciones sólo perjudicaran a consumidores de gustos extranjerizantes, un gobierno populista como el de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner podría felicitarse por obligarlos a argentinizarse, pero sucede que entre las víctimas principales de las medidas en tal sentido que ha tomado están muchos obreros. Además de los que trabajan en empresas grandes y chicas que dependen de insumos importados, se han visto afectados de manera muy negativa los despachantes de aduana, comisionistas, camioneros y otros empleados portuarios que han optado por contraatacar paralizando las actividades en el puerto de Buenos Aires y las terminales de Rosario, Zárate, Campana y Bahía Blanca para protestar contra el intento de Guillermo Moreno de mejorar la balanza comercial impidiendo el ingreso de bienes foráneos que a su juicio personal son prescindibles. La reacción de los trabajadores puede entenderse. Mal que les pese a Moreno y otros kirchneristas, el intercambio comercial beneficia no sólo a aquellos empresarios que se dedican a la venta de bienes importados sino también a muchísimos otros que, lo sepan o no, desempeñan funciones que de un modo u otro están relacionadas con la economía internacional. Incluso productos sencillos que a primera vista son netamente argentinos a menudo necesitan por lo menos una parte que suele importarse, razón por la que las trabas dispuestas por el secretario de Comercio Interior ya han tenido un impacto en la industria nacional, en el comercio minorista y, desde luego, en el transporte, de ahí la participación de los camioneros de Hugo Moyano en las protestas. De persistir el gobierno con la política proteccionista que ha emprendido, los efectos negativos seguirán haciéndose sentir en otros sectores. A esta altura, es anacrónico fantasear con desacoplar la economía nacional de la internacional. Si bien hasta ahora los preocupados por el amateurismo impulsivo de los encargados de manejarla se han concentrado en las repercusiones que han tenido sus esfuerzos en otras partes del mundo, donde los representantes de veintenas de países, entre ellos nuestros socios del Mercosur, Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea, han formulado críticas virulentas y, en algunos casos, están preparándose para tomar represalias concretas, los efectos negativos internos serán con toda seguridad más graves que los provocados en el exterior. En el mundo actual, suspender bajo cualquier pretexto los lazos comerciales habituales tiene consecuencias retrógradas, al privar a fabricantes de lo que precisan para continuar produciendo. Fue por eso que el terremoto y el tsunami que golpearon a distintas empresas japonesas incidieron en seguida en Europa y Estados Unidos al frenar la importación de piezas acaso menores pero así y todo esenciales para la producción de una gama muy amplia de artefactos. Aunque nuestra economía dista de ser tan sofisticada como las de los países avanzados, también depende de partes importadas. No cabe duda de que los trabajadores que, para frustración de quienes tienen que transitar por las zonas cercanas a los puertos y terminales en diversos puntos del país, protestaban contra la política comercial del gobierno kirchnerista son tan nacionalistas como el que más, pero resulta que han estado entre los primeros en darse cuenta de que ellos mismos han tenido que pagar los costos de las medidas de Moreno. No serán los últimos. Si sólo fuera cuestión de los equivalentes de aquellas “chucherías de Taiwán” cuya aparición esporádica aquí motivaba la indignación de los proteccionistas, el asunto no tendría demasiada importancia, pero sucede que hay mucho más en juego. Al intentar el gobierno solucionar un problema fiscal con su contundencia habitual, dando a entender que las trabas se inspiraban en parte en su fervor nacionalista, se las arregló para crear otros aún más graves que están perjudicando a una proporción creciente de los trabajadores. Para que las autoridades les prestaran atención, los dirigentes obreros, a diferencia de los siempre cautos voceros empresariales, han optado por hacerse oír de la manera más ruidosa posible, organizando paros y manifestaciones callejeras que, al multiplicarse las dificultades económicas, podrían señalar el inicio de una ofensiva sindical en escala decididamente mayor.

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