Pensando en el frío
Combustibles para calefacción, su rendimiento, duración y sanidad.
Si bien el tema de hoy aparentemente no tiene que ver con la aislación, sí tiene mucho que ver con la “ecología de bolsillo”. Y tiene que ver con la aislación porque si aislamos moderadamente nuestra vivienda podremos reducir el gasto de calefacción a la mitad de los valores indicados en la planilla. Y si aislamos correctamente lograremos reducir el gasto a la cuarta parte; y aún a menos si aplicamos los “estándares” ecológicos actuales, llegando al “extremo” de no necesitar generar calor artificialmente, sino sólo algún agregado solar. Y el mismo criterio vale al considerar el consumo de un acondicionador de aire para refrigerar el verano. Lo cual significa lisa y llanamente mejorar la calidad de vida. Se suele hablar mucho sobre los diversos combustibles utilizados para calefaccionarse, en relación a su rendimiento, duración y “sanidad”. Muchísima gente se maneja con una suerte de mitología sobre el tema. Por ello, agrego una planilla que muestra los valores calóricos de los combustibles usuales, su precio por unidad de compra (kg, lt, m3, KWh) y donde queda reflejado el valor por cada 1000 kcalorías entregadas por el equipo y la importancia de su rendimiento. La última columna demuestra, en escala ascendente, cómo trepan los costos de calefacción en función del combustible que usemos, tomando un rendimiento de los equipos bastante realista del 80%. Y también se ve la injusta diferencia de precio en la generación de la misma cantidad de calor. La persona que vive en el campo, lejos de todo, sin electricidad, sin agua corriente, sin teléfono, sin pavimento, sin escuelas ni centros de salud cercanos… paga ocho veces más caro el confort consumiendo gas en cilindros o gasoil, a diferencia de una que vive en la ciudad con gas natural. Para equilibrar esos dispares precios se supone que debiera estar el Estado…, si no queremos seguir despoblando el campo y amontonando la gente en los barrios periféricos de las ciudades. Mitos argentinos Mito 1: la calefacción a leña es más sana porque se está quemando un combustible natural. Error, porque lo que se está quemando es carbono, presente en todos los combustibles; y uno de los productos de la combustión de cualquier combustible, el monóxido de carbono, es un veneno; siempre. (Todos los inviernos muere muchísima gente). Lo importante es evacuar los gases de la combustión al exterior, o sea no calefaccionarse con braseros, calentadores, el horno u hornallas de la cocina porque todos liberan monóxido de carbono. Siempre debemos mantener limpios y desobturados los conductos de ventilación de calefactores, termotanques que suelen ser ocupados por pájaros que anidan dentro del caño o se taponan con papel para evitar el ingreso de abejas, avispas o por alguna otra razón. También es muy común que ingrese mezcla al revocar paredes. Y hubo incluso gente que el invierno pasado los tapó para evitar el ingreso de ceniza del volcán Puyehue. Pero sí es cierto que quemar leña además de muchísimo más barato, en especial si la producimos nosotros, es más sano para la naturaleza porque sólo devuelve al medioambiente el carbono que fijaron los árboles en su crecimiento, el cual volverá a formar parte de un próximo árbol, cerrando así un ciclo natural. Al quemar combustibles fósiles (gas natural o envasado, kerosene, etc.) se libera un exceso de carbono a la atmósfera generando o aumentando el efecto invernadero. Además, los árboles dan sombra, producen oxígeno, hospedan pajaritos y perfuman el ambiente. Mito 2: mezclar leña seca con verde hace “durar” más el fueguito. Seguro que el fuego dura más, pero no puede calentar nada porque el calor que genera la leña seca lo desperdicia la leña verde para evaporar el agua que contiene; y recién cuando la leña verde está seca puede arder bien liberando todo su potencial calórico, y si le agregamos otra vez leña verde… de vuelta la burra al trigo! No olvidemos que la leña arde a más de 250°C y el agua evapora a 100°C, o sea que el fuego entregará una temperatura mucho menor que los 250°C. En resumen, nunca hay que hacer eso. Y como ejemplo puedo decirles que una vez hice la prueba en mi estufa rusa: la calenté con leña seca al punto que casi no se podía aguantar la mano sobre su superficie; entonces le metí bastante leña verde, y en cuestión de pocos minutos se enfrió a tal punto que su superficie estaba casi tibia. (*) Plottier andres.ifversen@hotmail.com
por Andrés Ifversen (*)
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Si bien el tema de hoy aparentemente no tiene que ver con la aislación, sí tiene mucho que ver con la “ecología de bolsillo”. Y tiene que ver con la aislación porque si aislamos moderadamente nuestra vivienda podremos reducir el gasto de calefacción a la mitad de los valores indicados en la planilla. Y si aislamos correctamente lograremos reducir el gasto a la cuarta parte; y aún a menos si aplicamos los “estándares” ecológicos actuales, llegando al “extremo” de no necesitar generar calor artificialmente, sino sólo algún agregado solar. Y el mismo criterio vale al considerar el consumo de un acondicionador de aire para refrigerar el verano. Lo cual significa lisa y llanamente mejorar la calidad de vida. Se suele hablar mucho sobre los diversos combustibles utilizados para calefaccionarse, en relación a su rendimiento, duración y “sanidad”. Muchísima gente se maneja con una suerte de mitología sobre el tema. Por ello, agrego una planilla que muestra los valores calóricos de los combustibles usuales, su precio por unidad de compra (kg, lt, m3, KWh) y donde queda reflejado el valor por cada 1000 kcalorías entregadas por el equipo y la importancia de su rendimiento. La última columna demuestra, en escala ascendente, cómo trepan los costos de calefacción en función del combustible que usemos, tomando un rendimiento de los equipos bastante realista del 80%. Y también se ve la injusta diferencia de precio en la generación de la misma cantidad de calor. La persona que vive en el campo, lejos de todo, sin electricidad, sin agua corriente, sin teléfono, sin pavimento, sin escuelas ni centros de salud cercanos... paga ocho veces más caro el confort consumiendo gas en cilindros o gasoil, a diferencia de una que vive en la ciudad con gas natural. Para equilibrar esos dispares precios se supone que debiera estar el Estado..., si no queremos seguir despoblando el campo y amontonando la gente en los barrios periféricos de las ciudades. Mitos argentinos Mito 1: la calefacción a leña es más sana porque se está quemando un combustible natural. Error, porque lo que se está quemando es carbono, presente en todos los combustibles; y uno de los productos de la combustión de cualquier combustible, el monóxido de carbono, es un veneno; siempre. (Todos los inviernos muere muchísima gente). Lo importante es evacuar los gases de la combustión al exterior, o sea no calefaccionarse con braseros, calentadores, el horno u hornallas de la cocina porque todos liberan monóxido de carbono. Siempre debemos mantener limpios y desobturados los conductos de ventilación de calefactores, termotanques que suelen ser ocupados por pájaros que anidan dentro del caño o se taponan con papel para evitar el ingreso de abejas, avispas o por alguna otra razón. También es muy común que ingrese mezcla al revocar paredes. Y hubo incluso gente que el invierno pasado los tapó para evitar el ingreso de ceniza del volcán Puyehue. Pero sí es cierto que quemar leña además de muchísimo más barato, en especial si la producimos nosotros, es más sano para la naturaleza porque sólo devuelve al medioambiente el carbono que fijaron los árboles en su crecimiento, el cual volverá a formar parte de un próximo árbol, cerrando así un ciclo natural. Al quemar combustibles fósiles (gas natural o envasado, kerosene, etc.) se libera un exceso de carbono a la atmósfera generando o aumentando el efecto invernadero. Además, los árboles dan sombra, producen oxígeno, hospedan pajaritos y perfuman el ambiente. Mito 2: mezclar leña seca con verde hace “durar” más el fueguito. Seguro que el fuego dura más, pero no puede calentar nada porque el calor que genera la leña seca lo desperdicia la leña verde para evaporar el agua que contiene; y recién cuando la leña verde está seca puede arder bien liberando todo su potencial calórico, y si le agregamos otra vez leña verde… de vuelta la burra al trigo! No olvidemos que la leña arde a más de 250°C y el agua evapora a 100°C, o sea que el fuego entregará una temperatura mucho menor que los 250°C. En resumen, nunca hay que hacer eso. Y como ejemplo puedo decirles que una vez hice la prueba en mi estufa rusa: la calenté con leña seca al punto que casi no se podía aguantar la mano sobre su superficie; entonces le metí bastante leña verde, y en cuestión de pocos minutos se enfrió a tal punto que su superficie estaba casi tibia. (*) Plottier andres.ifversen@hotmail.com
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