Tres actas para las huellas de una saga final
Encuentro con Antonio Sede, su evocación sobre Martín Sheffield, el texano más famoso de la Patagonia, a quien recordaba como gran amigo de su padre. "Nada pendenciero" y más bien respetuoso aunque de mirada imponente, el norteamericano dejó, sin quererlo, más incógnitas que certezas en torno de la fecha exacta y circunstancias de su muerte, acaecida en 1932.
Si reunir obsesivamente materiales informativos y documentales que dieran fecha cierta de la muerte de Martín Sheffield, tenía algún sentido, lo esencial era concluir una pequeña biografía del personaje. Los objetivos complementarios respondían a otra curiosidad: ¿qué pasó con los pocos bienes del texano alborotador?
Una fecha imprecisa había corrido por cuenta de M. Andrade Domínguez, autor de la nota «La pintoresca superchería del plesiosaurio patagónico» aparecida en Mundo Argentino, número 2326 del 14 de setiembre de 1955. Entre otras ilustraciones, lucía un Sheffield maduro y erguido que sujetaba por la brida a su caballo tordillo, fotografía bastante divulgada. La nota remataba con un dato orientador, dándolo por «fallecido en Norquincó (sic) en 1936». Con más precisión geográfica pero posdatando la verdadera fecha de la muerte se expidió el conferencista Donald Borsella en una reunión del Rotary Club de Trelew –posiblemente en los años 60- y que recogió el diario Jornada. El disertante aseguró que Sheffield en los últimos años de su vida se instaló en «un paraje rico en tierras auríferas, en las cercanías del nacimiento del río Chubut, lugar donde en 1936 lo sorprendió la muerte» (le prolongó al protagonista cuatro años de vida que no gozó).
De a caballo al mostrador
José A. Bardagi escribió sobre «El inventor del plesiosaurio» –así se llamó su nota aparecida en Leoplán- sin indicios de la muerte del personaje. Autores patagónicos plasmaron notas que involucraban al texano que más notoriedad ganó en revistas regionales y nacionales. En 1942, desde Los Alerces, Chubut, don Diego E. Neil, hijo del británico pionero en Nahuel Huapi socio de Jarred A. Jones, despachó una nota sobre el texano que publicó una revista porteña, pero eludió el dato de la muerte. Lo mismo hizo el historiador patagónico Carlos Borgialli. De esa manera la fecha de la muerte de Sheffield pasó a ser un dato verdaderamente sepultado.
Antes de que pudiera develar la incógnita sobre cuándo y quiénes acompañaban al cow-boy acriollado en su hora final, una de las dos oportunidades en las que llegué hasta arroyo las minas para charlar con el buscador de oro Riquelme, me acompañé de una pequeña hija que no soportó los rigores de vivir al descampado. Hubo que replegarse hasta la estancia de Antonio «El Gordo» Sede donde la enferma sanó. El Gordo Sede era hijo del libanés Antonio Félix Sede, un mercachifle que había instalado un puesto cercano, parador de carretones que pasaban con destino a las estancias inglesas y al primitivo Esquel. «Mi padre fue muy amigo de Sheffield» dijo Sede mientras sirvió un par de copas para animar la evocación. «Su caballo era muy manso y él gozaba con entrar sigilosamente al negocio de mi padre montado en ese tordillo hasta el mostrador, algo que ponía de mal humor al viejo», dijo el anfitrión mientras ofrecía entremeses y mostraba viejas anotaciones de aquel boliche. «Mire aquí. Dice: 50 kilos de avestruz a 2,50 el kilo, total 125 pesos cobrados por el yanqui» mientras el grueso dedo de Sede pasaba por líneas que señalaban 4 cueros de zorro gris a 3 pesos y el de guanaco a 1 peso.
Ya estábamos por el café y el almibarado hojaldre cuando le mostré a Sede un par de fotos (que ilustran esta página). El norteamericano –muy bromista- simula una escena de robo, poco tiempo antes de morir (me la obsequió uno de sus hijos, de uniforme en la foto). La otra reproduce la firma con pulso firme del Sheffield de los años jóvenes, estampada al pie de un expediente. «Ahí lo ve. Sheffield tenía aspecto europeo con esa pequeña barba en la perita. Siempre usaba sombrero y revólver. Con un arriador enfrentaba a los caballos más ariscos, más baguales y le pegaba en las rodillas y en los garrones. No pasaba mucho tiempo hasta que el animal lo seguía. Lo conocí cuando estaba muy viejo, tomaba mucho y todavía hacía exhibiciones de tiro. Pero nada pendenciero, era mas bien respetuoso sin molestar a nadie. Recuerdo su mirada imponente. Compartimos una semana en Portezuelo cuando estaba en las diez de última. Allí comía y dormía pero ya no valía nada» concluyó Sede.
Revelaciones e incógnitas
La saga que dio con datos reveladores terminó en una caja del juzgado de paz de El Bolsón donde se guardaban las documentaciones referidas a actas de defunción y la hallada no estaba glosada al acta formal del fallecimiento de Sheffield. Era un papel de carta con caligrafía manuscrita por John Crockett (del que guardo fotocopia) y dice: «En el paraje denominado «Arroyo de los Mineros» los testigos abajo firmados, el 27 de noviembre de 1932 declaran…», y sigue con las especificaciones. Que había fallecido de muerte natural según examen visual y que en ese día «a la hora una ha sido necesario mover al difunto del campamento en que está mientras llegue el permiso de sepultarlo». Los personajes más importantes que firmaban, sin duda, eran John J. Crockett y Oliverio Perry, este último toda una incógnita. El documento motivó otra acta mecanografiada en el juzgado suscripta por el encargado Enrique Fernández. Tenía otros datos: que el difunto tenía 65 años, era hijo de Manuel Sheffield y de Susana Macrei y esposo de María Santa Pichún. Simulaba estar firmada «en la costa del río Chubut, el 25 de noviembre de 1932» y también la suscribió Crockett, lo que demuestra que bajó rápidamente a El Bolsón. Para mayor confusión, el acta más formal –una tercera- figura como la nº 33 del folio 17 y libro 7 (1932). Es del 28 de noviembre por denuncia de Tede Sheffield (hijo de Martín), de 22 años, de Los Repollos. Dice que «falleció ayer a horas 5» en Las Minas.
Para dar fin a esta etapa de la investigación sobre la muerte de Sheffield valía la pena visitar al sobreviviente (a mediados de los años 70) encargado del registro civil, Enrique Fernández, y más tarde averiguar si el muerto tenía acopiado oro. Entonces convenía retornar a Rawson para entrevistar nuevamente a Eduardo Sheffield: él había trabajado alguna vez con Crockett. También había que develar si Oliverio Perry, hermano de Juan Comodoro Perry (de Cholila, pero que había sido realmente sheriff en Texas) era el Oliver C. Perry -alias Oliver Moore- buscado por la Pinkerton, asaltante de trenes y escapado de una cárcel norteamericana en 1895.
(Continuará)
fnjuarez@interlink.com.ar
Curiosidades
• El 2 de junio de 1879 partió desde la Confluencia un contingente de 110 hombres de tropa en misión de reconocimiento. Según la memoria de las campañas del desierto al emprender el regreso el continente se pierde entre las lomadas. El retraso y la consecuente búsqueda por patrullas recién tiene éxito hacia la noche después de establecerse una comunicación entre los trompas de uno y otro grupo que emprendieron un diálogo esperanzado. Eran integrantes de la banda del Sexto Batallón de Línea autores –sin proponérselo- de lo que hoy se conoce como La Retreta del Desierto.
• En este mismo mes pero de 20 años después (1899) se produce la gran creciente del río Negro. Las inundaciones costeras en el Alto Valle arrasaron gran parte de las poblaciones de General Roca y de Viedma. En la capital rionegrina la masa de agua hizo estragos pero resistieron las edificaciones salesianas. El gobernador ordenó una evacuación hacia Patagones.
• La gran inundación impidió que el general Julio A. Roca lograra inaugurar el último tramo del Ferrocarril Sud para entonces construido hasta la Parada Limay (hoy Cipolletti). La comitiva sólo flanqueó el río hasta Chimpay. Para esta localidad, lugar de nacimiento de Ceferino Namuncurá, el 6 de junio de 1934 fue creada su Comisión de Fomento.
• La gran inundación, entonces, impidió que el general Roca pasara por el paraje Fisqueo o Fisco Menoco que conoció el 6 de junio de 1879, cuando estaba en campaña, y en donde más tarde se asentó la población que homenajea su nombre.
• En este mes de 1911 tomó las primeras medidas para mejorar las condiciones de la cárcel de Viedma, don Francisco B. Illescas, el flamante director del presidio del territorio rionegrino, luego de haber renunciado el 20 de marzo de ese año a su cargo de comisario de policía, según el expediente 2365 del ministerio del Interior.
Si reunir obsesivamente materiales informativos y documentales que dieran fecha cierta de la muerte de Martín Sheffield, tenía algún sentido, lo esencial era concluir una pequeña biografía del personaje. Los objetivos complementarios respondían a otra curiosidad: ¿qué pasó con los pocos bienes del texano alborotador?
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