Hacia un destino griego

Redacción

Por Redacción

En Europa y Estados Unidos, la difusión de un informe confeccionado por una consultora privada según el cual la economía local parece haberse contraído últimamente, aunque sólo fuera por el 0,1%, suele incidir de manera muy negativa en el estado de ánimo de la ciudadanía y, desde luego, obligar al gobierno a reaccionar frente a la ola de críticas que con toda seguridad recibirá. Bien que mal, la Argentina es diferente. Estamos tan acostumbrados a los altibajos violentos, de etapas de crecimiento “a tasas chinas” que se alternan con otras en que todo parece irse a pique, que aun cuando la economía experimentara una caída abrupta que en otras latitudes motivaría pánico, la mayoría reaccionará con ecuanimidad. Por lo demás, una consecuencia del desprestigio del Indec y de los esfuerzos vehementes del gobierno kirchnerista por desacreditar a quienes se resisten a aplaudirlo, acusándolos de obrar de mala fe, es que pocos parecen dispuestos a tomar en serio cualquier conjunto de estadísticas de proveniencia oficial, opositora o, si es que aún existe la categoría así supuesta, neutral. Será por este motivo que ha sido tan escaso el impacto de la información de que, conforme al mismísimo Indec, no se registró crecimiento macroeconómico alguno entre junio del 2011 y el mismo mes del año corriente, mientras que para algunas consultoras privadas, en dicho lapso “el modelo” sufrió una caída interanual de hasta el 3,4%, una cifra que, por fortuna, es menor que la correspondiente a Grecia pero que así y todo es mayor que las atribuidas a España e Italia, países que, en opinión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, simbolizan el fracaso inevitable de las políticas de ajuste que, para su indignación, están de moda en la Unión Europea. En cierta medida, puede considerarse positiva la propensión generalizada a no dejarse perturbar demasiado por variantes estadísticas mínimas. Al fin y al cabo, algunos meses de contracción apenas perceptible imputable a factores circunstanciales no nos dicen mucho acerca de la evolución de una economía determinada. Con todo, aunque sea malsana la obsesión por los números de los dirigentes de los países desarrollados, también lo es la indiferencia aparente frente a cambios imprevistos de los encargados de manejar la economía nacional. Si es verdad que en los doce meses anteriores a junio pasado el producto bruto se achicó más del 3%, estamos en problemas, ya que no hay motivos para suponer que a partir de junio se haya puesto en marcha un proceso de reactivación. Por el contrario, parecería que, merced a la incertidumbre ocasionada por la expropiación de las acciones de Repsol en YPF, el cada vez más severo cepo cambiario y las medidas emprendidas con miras a privar a empresas manufactureras de los insumos importados que necesitan, lo que ya es una recesión podría convertirse en una depresión no muy distinta de aquella que está causando tantos estragos en Grecia. El riesgo así supuesto se ha visto agravado por el dogmatismo de tantos integrantes del gobierno. A menudo brindan la impresión de preocuparse más por la imagen de lo que llaman “el modelo” que por la realidad, razón por la que se niegan a tomar en serio los riesgos planteados por la inflación, el alarmante déficit energético, la huida de capitales, la falta de inversiones y las dificultades que enfrenta “el aparato productivo” a causa de las intervenciones desmañadas de Guillermo Moreno y otros funcionarios “militantes”. Desde el punto de vista de Cristina y sus colaboradores, la economía es un campo de batalla ideológico: actúan como si a su entender fuera más importante asestar golpes presuntamente certeros contra “el neoliberalismo” y “la ortodoxia” reivindicada por los habituados a tomar en cuenta la experiencia tanto nacional como internacional, que manejarla según criterios pragmáticos, anteponiendo los resultados concretos de su gestión a lo meramente teórico. Así, pues, la ciudadanía disfruta del extraño privilegio de asistir a un espectáculo “épico” en que, según el gobierno y sus partidarios, están triunfando las huestes nacionales y populares lideradas por Cristina en su lucha heroica contra el resto del mundo, mientras que el teatro se está cayendo en pedazos y millones de personas corren el riesgo de terminar sepultados bajo los escombros.


En Europa y Estados Unidos, la difusión de un informe confeccionado por una consultora privada según el cual la economía local parece haberse contraído últimamente, aunque sólo fuera por el 0,1%, suele incidir de manera muy negativa en el estado de ánimo de la ciudadanía y, desde luego, obligar al gobierno a reaccionar frente a la ola de críticas que con toda seguridad recibirá. Bien que mal, la Argentina es diferente. Estamos tan acostumbrados a los altibajos violentos, de etapas de crecimiento “a tasas chinas” que se alternan con otras en que todo parece irse a pique, que aun cuando la economía experimentara una caída abrupta que en otras latitudes motivaría pánico, la mayoría reaccionará con ecuanimidad. Por lo demás, una consecuencia del desprestigio del Indec y de los esfuerzos vehementes del gobierno kirchnerista por desacreditar a quienes se resisten a aplaudirlo, acusándolos de obrar de mala fe, es que pocos parecen dispuestos a tomar en serio cualquier conjunto de estadísticas de proveniencia oficial, opositora o, si es que aún existe la categoría así supuesta, neutral. Será por este motivo que ha sido tan escaso el impacto de la información de que, conforme al mismísimo Indec, no se registró crecimiento macroeconómico alguno entre junio del 2011 y el mismo mes del año corriente, mientras que para algunas consultoras privadas, en dicho lapso “el modelo” sufrió una caída interanual de hasta el 3,4%, una cifra que, por fortuna, es menor que la correspondiente a Grecia pero que así y todo es mayor que las atribuidas a España e Italia, países que, en opinión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, simbolizan el fracaso inevitable de las políticas de ajuste que, para su indignación, están de moda en la Unión Europea. En cierta medida, puede considerarse positiva la propensión generalizada a no dejarse perturbar demasiado por variantes estadísticas mínimas. Al fin y al cabo, algunos meses de contracción apenas perceptible imputable a factores circunstanciales no nos dicen mucho acerca de la evolución de una economía determinada. Con todo, aunque sea malsana la obsesión por los números de los dirigentes de los países desarrollados, también lo es la indiferencia aparente frente a cambios imprevistos de los encargados de manejar la economía nacional. Si es verdad que en los doce meses anteriores a junio pasado el producto bruto se achicó más del 3%, estamos en problemas, ya que no hay motivos para suponer que a partir de junio se haya puesto en marcha un proceso de reactivación. Por el contrario, parecería que, merced a la incertidumbre ocasionada por la expropiación de las acciones de Repsol en YPF, el cada vez más severo cepo cambiario y las medidas emprendidas con miras a privar a empresas manufactureras de los insumos importados que necesitan, lo que ya es una recesión podría convertirse en una depresión no muy distinta de aquella que está causando tantos estragos en Grecia. El riesgo así supuesto se ha visto agravado por el dogmatismo de tantos integrantes del gobierno. A menudo brindan la impresión de preocuparse más por la imagen de lo que llaman “el modelo” que por la realidad, razón por la que se niegan a tomar en serio los riesgos planteados por la inflación, el alarmante déficit energético, la huida de capitales, la falta de inversiones y las dificultades que enfrenta “el aparato productivo” a causa de las intervenciones desmañadas de Guillermo Moreno y otros funcionarios “militantes”. Desde el punto de vista de Cristina y sus colaboradores, la economía es un campo de batalla ideológico: actúan como si a su entender fuera más importante asestar golpes presuntamente certeros contra “el neoliberalismo” y “la ortodoxia” reivindicada por los habituados a tomar en cuenta la experiencia tanto nacional como internacional, que manejarla según criterios pragmáticos, anteponiendo los resultados concretos de su gestión a lo meramente teórico. Así, pues, la ciudadanía disfruta del extraño privilegio de asistir a un espectáculo “épico” en que, según el gobierno y sus partidarios, están triunfando las huestes nacionales y populares lideradas por Cristina en su lucha heroica contra el resto del mundo, mientras que el teatro se está cayendo en pedazos y millones de personas corren el riesgo de terminar sepultados bajo los escombros.

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