El eterno retorno

Redacción

Por Redacción

Ya es rutinario que, luego de un intervalo por lo común breve en que se felicitan por su voluntad de respetar la Constitución vigente, los allegados de un presidente “carismático” se pongan a hablar de la necesidad apremiante de cambiar las reglas para que el país pueda seguir disfrutando por muchos años más de los servicios de un personaje tan fabulosamente dotado. Dicen que sería injusto, discriminatorio, proscribirlo a base de un legalismo extranjerizante y que de todos modos sería mucho más democrático dejar el asunto en manos del pueblo, no en las de una camarilla de juristas pedantes. Puede que entre quienes promueven la causa reeleccionista estén algunos que realmente se sienten convencidos de que sería beneficioso para el país prolongar el statu quo hasta las calendas griegas, pero en la mayoría de los casos sólo se trata de defender intereses: su empleo, su fuente de ingresos y, desde luego, el poder y figuración que les dan cierto prestigio en su propio entorno. Puesto que no existen partidos que sean equiparables con los de las democracias consolidadas, y el Estado forma parte del botín político, decenas de miles de personas llegan a depender directamente de las vicisitudes de los movimientos que se forman en torno a dirigentes determinados. Como es natural, no les gusta para nada la idea de que, dentro de algunos años, puedan verse reemplazadas por los seguidores del próximo líder providencial. Siempre fue de prever, pues, que tarde o temprano grupos oficialistas se las arreglarían para instalar el tema de la re-reelección de Cristina. También lo fue que políticos que militan en la oposición trataran de cerrar filas a fin de frustrar los intentos en tal sentido. Aunque los contrarios a la “Cristina eterna” cuentan con argumentos muy poderosos, la decisión final será tomada por la opinión pública. De continuar cayendo las acciones políticas de la presidenta, muchos oficialistas optarán por abandonarla a su suerte para acercarse a un precandidato a su juicio más promisorio, como podrían ser Daniel Scioli, José Manuel de la Sota o Mauricio Macri. En cambio, si las acciones de Cristina suben, aunque fuera un poco, lo más probable sería que el heterogéneo aglomerado oficialista se mantuviera intacto por un rato más y que el tema de “la re-re” siguiera cobrando importancia. Lo mismo que el entonces presidente Carlos Menem y sus dependientes en los años noventa, Cristina y los suyos se sienten obligados a perpetuarse en el poder por motivos que no tienen nada que ver con su presunta voluntad de asegurar que la Argentina siga por “el rumbo” que han fijado. Saben muy bien que en nuestro país es tradicional que distintos integrantes del gobierno anterior sean procesados por enriquecimiento ilícito y otros delitos. Si, a más de diez años de su salida de la Casa Rosada, hasta un expresidente tan inocuo como Fernando de la Rúa se ve atrapado en un laberinto jurídico, es fácil imaginar el destino que les aguarda no sólo a Cristina sino también a muchos ministros, secretarios, funcionarios y activistas del grupo gobernante en el caso de que fracase la campaña re-reeleccionista. Además de tener que rendir cuentas por la cantidad inverosímil de denuncias de todo tipo que se han formulado en su contra, los oficialistas actuales se verían perjudicados por el éxito de la estrategia maniquea que tanto contribuyó a la “construcción del poder” por Néstor Kirchner primero y, después, por su esposa. Al dividir el país entre buenos e irremediablemente malos, entre kirchneristas comprometidos con “el modelo” nacional y popular por un lado y, por el otro, sujetos despreciables vinculados con “la oligarquía” o “el imperialismo”, lograron crearse muchos enemigos que no vacilarán en aprovechar cualquier oportunidad para desquitarse. Es de suponer que los oficialistas más preocupados apuestan a que su fervor vengativo sirva para que la mayoría decida que, dadas las circunstancias, sería mejor no arriesgarse aferrándose a la Constitución, pero es bien posible que se hayan equivocado y que, lejos de ayudarlos a permanecer más tiempo en el poder, la combatividad impresionante que caracteriza a la presidenta y sus simpatizantes más fogosos resulte serles contraproducente y que, lejos de hacer prosperar la aventura re-reeleccionista, termine desbaratándola.


Ya es rutinario que, luego de un intervalo por lo común breve en que se felicitan por su voluntad de respetar la Constitución vigente, los allegados de un presidente “carismático” se pongan a hablar de la necesidad apremiante de cambiar las reglas para que el país pueda seguir disfrutando por muchos años más de los servicios de un personaje tan fabulosamente dotado. Dicen que sería injusto, discriminatorio, proscribirlo a base de un legalismo extranjerizante y que de todos modos sería mucho más democrático dejar el asunto en manos del pueblo, no en las de una camarilla de juristas pedantes. Puede que entre quienes promueven la causa reeleccionista estén algunos que realmente se sienten convencidos de que sería beneficioso para el país prolongar el statu quo hasta las calendas griegas, pero en la mayoría de los casos sólo se trata de defender intereses: su empleo, su fuente de ingresos y, desde luego, el poder y figuración que les dan cierto prestigio en su propio entorno. Puesto que no existen partidos que sean equiparables con los de las democracias consolidadas, y el Estado forma parte del botín político, decenas de miles de personas llegan a depender directamente de las vicisitudes de los movimientos que se forman en torno a dirigentes determinados. Como es natural, no les gusta para nada la idea de que, dentro de algunos años, puedan verse reemplazadas por los seguidores del próximo líder providencial. Siempre fue de prever, pues, que tarde o temprano grupos oficialistas se las arreglarían para instalar el tema de la re-reelección de Cristina. También lo fue que políticos que militan en la oposición trataran de cerrar filas a fin de frustrar los intentos en tal sentido. Aunque los contrarios a la “Cristina eterna” cuentan con argumentos muy poderosos, la decisión final será tomada por la opinión pública. De continuar cayendo las acciones políticas de la presidenta, muchos oficialistas optarán por abandonarla a su suerte para acercarse a un precandidato a su juicio más promisorio, como podrían ser Daniel Scioli, José Manuel de la Sota o Mauricio Macri. En cambio, si las acciones de Cristina suben, aunque fuera un poco, lo más probable sería que el heterogéneo aglomerado oficialista se mantuviera intacto por un rato más y que el tema de “la re-re” siguiera cobrando importancia. Lo mismo que el entonces presidente Carlos Menem y sus dependientes en los años noventa, Cristina y los suyos se sienten obligados a perpetuarse en el poder por motivos que no tienen nada que ver con su presunta voluntad de asegurar que la Argentina siga por “el rumbo” que han fijado. Saben muy bien que en nuestro país es tradicional que distintos integrantes del gobierno anterior sean procesados por enriquecimiento ilícito y otros delitos. Si, a más de diez años de su salida de la Casa Rosada, hasta un expresidente tan inocuo como Fernando de la Rúa se ve atrapado en un laberinto jurídico, es fácil imaginar el destino que les aguarda no sólo a Cristina sino también a muchos ministros, secretarios, funcionarios y activistas del grupo gobernante en el caso de que fracase la campaña re-reeleccionista. Además de tener que rendir cuentas por la cantidad inverosímil de denuncias de todo tipo que se han formulado en su contra, los oficialistas actuales se verían perjudicados por el éxito de la estrategia maniquea que tanto contribuyó a la “construcción del poder” por Néstor Kirchner primero y, después, por su esposa. Al dividir el país entre buenos e irremediablemente malos, entre kirchneristas comprometidos con “el modelo” nacional y popular por un lado y, por el otro, sujetos despreciables vinculados con “la oligarquía” o “el imperialismo”, lograron crearse muchos enemigos que no vacilarán en aprovechar cualquier oportunidad para desquitarse. Es de suponer que los oficialistas más preocupados apuestan a que su fervor vengativo sirva para que la mayoría decida que, dadas las circunstancias, sería mejor no arriesgarse aferrándose a la Constitución, pero es bien posible que se hayan equivocado y que, lejos de ayudarlos a permanecer más tiempo en el poder, la combatividad impresionante que caracteriza a la presidenta y sus simpatizantes más fogosos resulte serles contraproducente y que, lejos de hacer prosperar la aventura re-reeleccionista, termine desbaratándola.

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