Intelectuales y fútbol

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

George Steiner, eximio estudioso de la cultura europea, dijo una vez que el fútbol es hoy en día “la única religión planetaria”. También que “jamás el dinero aulló como ahora en el mundo”. Esas dos reflexiones condensan su visión sobre la era del “telefútbol”, ese escenario posmoderno a cuyo frente se instalan en cada ocasión de espectáculo millones de personas de todas las geografías y en el que opera toda clase de intereses, legítimos o espurios. En cuanto al deporte en sí mismo, hay quienes lo detestan y quienes lo adoran. Entre los primeros y más cercanos, el sociólogo J. J. Sebreli es uno de los que han manifestado fastidio mayor sobre un espectáculo convertido por el dinero, según él, en un monstruo universal “producto de la masificación del consumo y la trivialización consiguiente”. En “Ensayos contra los mitos”, del 2008, profundizó su antipatía ridiculizando al ídolo futbolístico más admirado entonces por los hinchas argentinos. Naturalmente, los que “saben de fútbol” lo acusaron de descolgado, ignorante y entrometido. Uno de los más documentados, entre ellos, fue el mismísimo profesor de Cultura Popular de la Facultad de Sociología. Hay otros, más notorios en el mundo intelectual, que comparten la antipatía. Uno de ellos es Umberto Eco, catedrático de Semiótica y escritor famoso, notable entre los detractores del fútbol actual. (Un periodista argentino explicó picarescamente el caso: su mirada dura se debe a que de niño, como nunca fue bueno, lo mandaban al arco). También el escritor alemán Martin Walter ha escrito que el juego es estéticamente inaceptable y que el hecho de que un intelectual se ocupe de algo sin sentido es una contradicción en los términos. Son muchos más los que, opuestamente, han manifestado gusto por el espectáculo. Uno, muy explícito, fue Albert Camus, Nobel de 1957, quien recordaba con nostalgia su infancia en Argelia, los épicos partidos que jugó allí cuando joven y su deuda de formación personal con ese deporte. Otros grandes seducidos fueron Franz Kafka y Jean Paul Sartre. Está el ejemplo de Pier Paolo Pasolini, poeta, ensayista y director de cine, quien había sido un habilidoso jugador cadete en campitos de la periferia de Roma. Veía el fútbol esencialmente como poesía. Tanto lo amaba que, practicándolo todavía siendo muy adulto, en una entrevista de 1973 en la que el gran periodista Enzo Biagi le preguntó qué hubiera querido ser, si no escritor o cineasta, confesó sus sueños. Hubiera querido ser un gran jugador de fútbol. El diálogo fue éste: Biagi: –Senza cinema, senza scrivere, che cosa le sarebbe piaciuto diventare? Pasolini: –Un bravo calciatore. Dopo la letteratura e l’eros, per me il football è uno dei grandi piacere. Estudió el deporte y teorizó sobre él. Lo definió como un sistema de signos, una lengua no verbal, un lenguaje con sus poetas y sus prosistas. Lo veía, escribió Nicolás González Varela en su nota “Pier Paolo Pasolini y el fútbol-poesía”, como “la última representación sagrada que nos queda en nuestros tiempos, un rito con mecanismos de evasión. Mientras que la misa litúrgica está en declinación, el fútbol la ha reemplazado e incluso ha invadido y conquistado antiguos espectáculos de masas como la ópera y el teatro”. Y hay un caso, el más pintoresco que conozcamos, cuyo protagonista es alguien considerado por muchos como el mayor pensador del siglo XX. En “Un maestro de Alemania”, la biografía de Martin Heidegger que publicó Rüdiger Safranski, se relatan episodios de entusiasmo del áspero y riguroso filósofo por el fútbol. Se refiere que, ya grande, iba a casa de sus vecinos para ver transmisiones televisadas de partidos de la Copa de Europa y que en el legendario encuentro del Hamburgo con el Barcelona a principios de lo 60 estuvo en el colmo de la excitación: hasta volteó la tetera y los pocillos. También se cuenta que el director del teatro de Friburgo, emocionado por la ocasión de encontrarlo en el tren y poder hablar con él de literatura y teatro, no pudo hacerlo porque el autor de “Ser y tiempo”, con la impresión de un partido interregional de fútbol, prefirió hablar sobre Franz Beckenbauer, el gran capitán de su equipo. Sentía gran admiración por la delicadeza con que éste trataba el balón, lo calificaba de genial e intentaba remedar ante el oyente absorto las filigranas de su juego. Concluye el biógrafo: “Heidegger se permitía con toda naturalidad juicios de experto; y estaba autorizado para ello, pues en Messkirch, su pueblo natal, no sólo de niño tocó las campanas de la iglesia, había disparado el balón con éxito como wing izquierdo”. Volvamos a nuestro país, cerrando con las confesiones futboleras de un pensador amigo del pasto verde de los estadios. Ezequiel Fernández Moores, culto y abarcador periodista deportivo, escribió en “El País” de Madrid que, al preguntarle al filósofo argentino Tomás Abraham sobre sus devociones en el deporte, éste le respondió que la vida había sido generosa con él. Había visto debutar a Maradona en Argentinos Juniors y jugar a Pelé en La Bombonera y veía todos los partidos en los que jugaba Lionel Messi. Y a éste le debía sus más lindas emociones futbolísticas del presente. Remarcó: “No hubo en la historia un jugador con la genialidad de este duende, que es un milagro, es argentino, es un pibe de potrero, no es kirchnerista, quiere a sus padres, habla bajito y podría tocar el violín con los pies”. Agregó un comentario con destino español: “Con Di Stéfano coronamos de gloria al Real Madrid y con Borges embellecimos la lengua como no lo había hecho nadie desde Cervantes. Este milagro rosarino merece que el rey de España le dé su corona, así hace algo para la eternidad”. (*) Doctor en Filosofía


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