La esperanza de un “Argo” en Caracas
Tiene 30 años y es afgano, pero debido a la invasión soviética pasó casi toda su vida en Irán, donde era tratado “como un esclavo”. De allí también huyó y, tras un largo periplo, recaló en Venezuela. Admite la inseguridad, pero teme más volver a su país. “Los talibanes no preguntan, te asesinan directamente”, dice.
Tiene 30 años y es afgano, pero pasó casi toda su vida en Irán. No puedo revelar su nombre pero sí contar cómo rescató a su familia y la llevó a Venezuela como refugiada: “En Irán el afgano es un esclavo, no vale para nada. No era un humano”. En Teherán trabajaba la tierra pero le resultaba difícil cobrar. “La policía me decía ‘estás molestando, vuelve a tu país’. No podía hacer nada”. Sus ojos claros se inundan. No puede hablar. A su lado, su mujer cuida de sus tres hijos. Uno de los nenes se acerca y mete un dedo en las lágrimas que caen por la mejilla de su padre. Se ríen y se quedan abrazados en una plaza de Caracas. La sonrisa se borra cuando repasa su historia. Sus padres escaparon de la invasión de la ex Unión Soviética y él pudo conseguir papeles. Pero su esposa –también afgana– no tenía papeles y por ende sus hijos tampoco, pese a que nacieron en Irán. Entonces no pudo anotarlos en la escuela en Teherán. “Tiene que tener otra esposa, una que tenga documentos”, fue la solución que le propusieron las autoridades iraníes. En la película “Argo” Ben Affleck tuvo la convicción de seguir un camino, incluso cuando su jefe le soltó la mano: “Lo voy a hacer igual”, le dijo, pese a que sabía que su vida y la de las personas que quería rescatar corrían riesgo. En la misma ciudad a este muchacho afgano le pasó algo parecido, pero el motor para su determinación era “un futuro” para su familia. Para salir de Irán encontró una persona que le ofreció llevarlo a trabajar a Caracas a cambio de 3.500 dólares: “Tal vez allá tus hijos puedan estudiar”. Vendió su auto, mandó a su familia a vivir con sus padres y en el 2010 viajó a Venezuela. “No sabía nada, ni cómo hablaban ni dónde quedaba”. Trabajó de lunes a lunes, 14 horas por día, sin feriados. Hasta que fue aceptado como refugiado por Venezuela, con la ayuda de Naciones Unidas. Pasaron tres años. Su esposa pensó que nunca más lo volvería a ver, pero a fines del 2012 regresó a Teherán a buscarlos. No sería fácil. Por problemas de documentación Irán no los autorizó a volar hasta Kabul y la única opción era ser deportados por tierra, o sea, sortear una violencia descomunal. Los talibanes deciden sobre la vida de la gente a discreción en las rutas que desembocan en Kabul: “Nadie sabe cuándo van a atacar y no importa quién sea uno. Vi cómo incendiaban una camioneta en la ruta”. Logró que deportaran a su familia pero él, legal, no podía ir con ella. La esperó en la frontera. Su esposa y sus hijos llegaron junto con otros 500 deportados. Desde ahí viajaron dos horas hasta Herat. El muchacho llevaba una bomba de tiempo: su pasaporte con visado para entrar en Venezuela ponía en riesgo todo el plan. “No se puede tener vínculo con el extranjero. Los talibanes no te preguntan, te asesinan directamente porque creen que estás apoyando al gobierno afgano”. Puso el pasaporte en el bolsito de su hijo menor y rezó: “Me iban a revisar a mí, a él no creo”. Finalmente, llegaron a Kabul –sólo desde ahí podían salir– y empezó otro viaje. “En Afganistán tenemos miedo. En cualquier momento explota una bomba”. Con la ayuda de la oficina para refugiados de la ONU partió hacia Caracas, pasando por Dubai, Moscú y La Habana. Nadie en Europa le dio visa de tránsito. Ahora vive en una habitación en el popular barrio San Martín: “Es peligroso. Si le pasa algo a mi esposa tenemos que esperar hasta la mañana siguiente para salir”. Su mujer comenta: “Fue tan duro todo que ahora es muy bueno estar acá”. Ella, también musulmana, usa pañuelo en la cabeza: “La gente cree que es árabe y que tiene dinero”. Hace unos días, a las diez de la mañana le robaron el pan y los únicos cinco bolívares que tenía. “Sólo habla persa, pero ya sabe decir ‘San Martín’. Así volvió a casa”, cuenta él. No parecen preocupados. Dicen que igual están contentos en Caracas y comparten un sueño: “Tener un trabajo para darle comida a mi familia y que mis hijos puedan estudiar sin pensar si mañana nos van a matar. Quiero un futuro para ellos, que no se sientan esclavos”. El muchacho se imagina que su hijo de 9 años puede ser médico, el de 7 militar y el de 5 artista o periodista. Por ahora, él vende café en la calle y tiene una certeza: “Quiero vivir tranquilo. Nunca más vuelvo a Afganistán ni a Irán. No soy un esclavo”.
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
Tiene 30 años y es afgano, pero pasó casi toda su vida en Irán. No puedo revelar su nombre pero sí contar cómo rescató a su familia y la llevó a Venezuela como refugiada: “En Irán el afgano es un esclavo, no vale para nada. No era un humano”. En Teherán trabajaba la tierra pero le resultaba difícil cobrar. “La policía me decía ‘estás molestando, vuelve a tu país’. No podía hacer nada”. Sus ojos claros se inundan. No puede hablar. A su lado, su mujer cuida de sus tres hijos. Uno de los nenes se acerca y mete un dedo en las lágrimas que caen por la mejilla de su padre. Se ríen y se quedan abrazados en una plaza de Caracas. La sonrisa se borra cuando repasa su historia. Sus padres escaparon de la invasión de la ex Unión Soviética y él pudo conseguir papeles. Pero su esposa –también afgana– no tenía papeles y por ende sus hijos tampoco, pese a que nacieron en Irán. Entonces no pudo anotarlos en la escuela en Teherán. “Tiene que tener otra esposa, una que tenga documentos”, fue la solución que le propusieron las autoridades iraníes. En la película “Argo” Ben Affleck tuvo la convicción de seguir un camino, incluso cuando su jefe le soltó la mano: “Lo voy a hacer igual”, le dijo, pese a que sabía que su vida y la de las personas que quería rescatar corrían riesgo. En la misma ciudad a este muchacho afgano le pasó algo parecido, pero el motor para su determinación era “un futuro” para su familia. Para salir de Irán encontró una persona que le ofreció llevarlo a trabajar a Caracas a cambio de 3.500 dólares: “Tal vez allá tus hijos puedan estudiar”. Vendió su auto, mandó a su familia a vivir con sus padres y en el 2010 viajó a Venezuela. “No sabía nada, ni cómo hablaban ni dónde quedaba”. Trabajó de lunes a lunes, 14 horas por día, sin feriados. Hasta que fue aceptado como refugiado por Venezuela, con la ayuda de Naciones Unidas. Pasaron tres años. Su esposa pensó que nunca más lo volvería a ver, pero a fines del 2012 regresó a Teherán a buscarlos. No sería fácil. Por problemas de documentación Irán no los autorizó a volar hasta Kabul y la única opción era ser deportados por tierra, o sea, sortear una violencia descomunal. Los talibanes deciden sobre la vida de la gente a discreción en las rutas que desembocan en Kabul: “Nadie sabe cuándo van a atacar y no importa quién sea uno. Vi cómo incendiaban una camioneta en la ruta”. Logró que deportaran a su familia pero él, legal, no podía ir con ella. La esperó en la frontera. Su esposa y sus hijos llegaron junto con otros 500 deportados. Desde ahí viajaron dos horas hasta Herat. El muchacho llevaba una bomba de tiempo: su pasaporte con visado para entrar en Venezuela ponía en riesgo todo el plan. “No se puede tener vínculo con el extranjero. Los talibanes no te preguntan, te asesinan directamente porque creen que estás apoyando al gobierno afgano”. Puso el pasaporte en el bolsito de su hijo menor y rezó: “Me iban a revisar a mí, a él no creo”. Finalmente, llegaron a Kabul –sólo desde ahí podían salir– y empezó otro viaje. “En Afganistán tenemos miedo. En cualquier momento explota una bomba”. Con la ayuda de la oficina para refugiados de la ONU partió hacia Caracas, pasando por Dubai, Moscú y La Habana. Nadie en Europa le dio visa de tránsito. Ahora vive en una habitación en el popular barrio San Martín: “Es peligroso. Si le pasa algo a mi esposa tenemos que esperar hasta la mañana siguiente para salir”. Su mujer comenta: “Fue tan duro todo que ahora es muy bueno estar acá”. Ella, también musulmana, usa pañuelo en la cabeza: “La gente cree que es árabe y que tiene dinero”. Hace unos días, a las diez de la mañana le robaron el pan y los únicos cinco bolívares que tenía. “Sólo habla persa, pero ya sabe decir ‘San Martín’. Así volvió a casa”, cuenta él. No parecen preocupados. Dicen que igual están contentos en Caracas y comparten un sueño: “Tener un trabajo para darle comida a mi familia y que mis hijos puedan estudiar sin pensar si mañana nos van a matar. Quiero un futuro para ellos, que no se sientan esclavos”. El muchacho se imagina que su hijo de 9 años puede ser médico, el de 7 militar y el de 5 artista o periodista. Por ahora, él vende café en la calle y tiene una certeza: “Quiero vivir tranquilo. Nunca más vuelvo a Afganistán ni a Irán. No soy un esclavo”.
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