¡Se hace!
Isidoro Reyes está en un bar frente a su laptop. Intenta trabajar pero algo dentro suyo lo incomoda y no lo deja concentrarse. Le pasa a menudo. Los pensamientos se acumulan y se cruzan sin una aparente relación: “¿Se pueden ordenar las emociones? ¿Por qué nos morimos? ¿Qué le pasa a la gente? ¿Qué me pasa a mí? ¿Soy idiota? ¿Dios existe?”. En la búsqueda de respuestas, concluye que no sabe si las emociones se pueden ordenar pero cree que es posible visualizarlas para, al menos, saber que están ahí. Y recuerda una frase que leyó a los diez años en un libro que descubrió mientras espiaba en la habitación de uno de sus hermanos mayores: “No se puede manejar lo que siente pero sí qué hacer con eso”. Cuando parece que Reyes por fin va a lograr trabajar suena su celular. –¡¿Qué hacés, Grandote?! Ya no sabía si estabas vivo, ¿en qué andás? –Se murió mi viejo. Fue de golpe: le explotó la aorta. Mi vieja está desesperada. –Uh, no te puedo creer. Perdoná. Qué bajón. ¿Y vos cómo estás? –No caigo. Hay dolor pero también conciencia. Todos sabemos que vamos a morir. Lo que no sé es cómo va a seguir todo. –Paciencia. Si apenas entendemos el pasado, ¿cómo vamos a predecir el futuro? –Qué sé yo. Mi viejo siempre decía: “Conocete a vos mismo, sin engañarte. Aceptá tus limitaciones y seguí adelante con tu vida”. Reyes le dice a Grandote que lo llame para lo que necesite y quedan en verse al día siguiente. Cree que no hay mucho para decir en estos casos pero sí bastante para plantearse. Tiene claro que la luz se puede apagar en cualquier instante pero igual se le revuelve todo cuando se muere alguien cercano. Agarra un cuaderno y escribe a mano una lista de lo que le gustaría hacer y no hace, desde lo más simple (“darme tiempo para desayunar”) hasta sus sueños (“dar la vuelta al mundo”), pasando por “los injustamente cuestionados” lugares comunes (“decirles ‘te quiero’ a los que quiero”). Se da cuenta de que hay cosas que en el día a día le consumen buena parte de su energía pero que, en rigor, no son importantes. En un momento siente vergüenza porque cree que entró en un callejón de pensamientos simplistas. Igual sigue, y anota: “Si uno quiere algo, tiene que estirar los brazos y agarrarlo. Uno agarra el vaso, no intenta agarrarlo. Si después no se puede, es otra cosa. Pero al construir el intento hay desgaste inútil. Es como la diferencia entre preocuparse y ocuparse. No se intenta hacer, ¡se hace!”. Se pone a trabajar. Vuelve a sonar su celular.
Juan ignacio pereyra
Isidoro Reyes está en un bar frente a su laptop. Intenta trabajar pero algo dentro suyo lo incomoda y no lo deja concentrarse. Le pasa a menudo. Los pensamientos se acumulan y se cruzan sin una aparente relación: “¿Se pueden ordenar las emociones? ¿Por qué nos morimos? ¿Qué le pasa a la gente? ¿Qué me pasa a mí? ¿Soy idiota? ¿Dios existe?”. En la búsqueda de respuestas, concluye que no sabe si las emociones se pueden ordenar pero cree que es posible visualizarlas para, al menos, saber que están ahí. Y recuerda una frase que leyó a los diez años en un libro que descubrió mientras espiaba en la habitación de uno de sus hermanos mayores: “No se puede manejar lo que siente pero sí qué hacer con eso”. Cuando parece que Reyes por fin va a lograr trabajar suena su celular. –¡¿Qué hacés, Grandote?! Ya no sabía si estabas vivo, ¿en qué andás? –Se murió mi viejo. Fue de golpe: le explotó la aorta. Mi vieja está desesperada. –Uh, no te puedo creer. Perdoná. Qué bajón. ¿Y vos cómo estás? –No caigo. Hay dolor pero también conciencia. Todos sabemos que vamos a morir. Lo que no sé es cómo va a seguir todo. –Paciencia. Si apenas entendemos el pasado, ¿cómo vamos a predecir el futuro? –Qué sé yo. Mi viejo siempre decía: “Conocete a vos mismo, sin engañarte. Aceptá tus limitaciones y seguí adelante con tu vida”. Reyes le dice a Grandote que lo llame para lo que necesite y quedan en verse al día siguiente. Cree que no hay mucho para decir en estos casos pero sí bastante para plantearse. Tiene claro que la luz se puede apagar en cualquier instante pero igual se le revuelve todo cuando se muere alguien cercano. Agarra un cuaderno y escribe a mano una lista de lo que le gustaría hacer y no hace, desde lo más simple (“darme tiempo para desayunar”) hasta sus sueños (“dar la vuelta al mundo”), pasando por “los injustamente cuestionados” lugares comunes (“decirles ‘te quiero’ a los que quiero”). Se da cuenta de que hay cosas que en el día a día le consumen buena parte de su energía pero que, en rigor, no son importantes. En un momento siente vergüenza porque cree que entró en un callejón de pensamientos simplistas. Igual sigue, y anota: “Si uno quiere algo, tiene que estirar los brazos y agarrarlo. Uno agarra el vaso, no intenta agarrarlo. Si después no se puede, es otra cosa. Pero al construir el intento hay desgaste inútil. Es como la diferencia entre preocuparse y ocuparse. No se intenta hacer, ¡se hace!”. Se pone a trabajar. Vuelve a sonar su celular.
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