“Promo” de avistajes

Recién abierta, la segunda temporada de avistamientos embarcados de fauna marina se extenderá hasta el 31 de octubre y, ya sea desde Las Grutas, San Antonio o el puerto, hay interesantes paquetes con alojamiento de dos noches y el paseo incluido.

Redacción

Por Redacción

Navegar en invierno es siempre estimulante. Es ir en busca de aquel aire de mar que en verano nos envuelve insinuante y cuando reina el frío se vuelve provocador, como para recordarnos que la naturaleza quiere seguir en contacto con nosotros. Pero si a la aventura de sentir la frescura del viento energizándonos sumamos las postales que se pueden hallar en esta época, recorrer las costas locales se vuelve imperdible.

La invitación (que estará vigente hasta el 31 de octubre inclusive) es embarcarse desde el puerto, San Antonio o Las Grutas, para tomar contacto con la diversidad de especies marinas que habitan en el golfo, que en esta época y hasta bien entrada la primavera recibe la visita de las ballenas. Su presencia se suma a la de los delfines, lobos, pingüinos y otros personajes que forman parte del “staff permanente” del ambiente marino.

Si como yo optan por embarcarse desde el puerto, luego de recorrer los casi 70 kilómetros por Ruta 3 que los separa de Las Grutas (60 kilómetros en el caso de partir desde San Antonio) tendrán que acceder a la estación náutica ubicada en el Mirador Norte. Hallar el camino será sencillo porque fue flanqueado por coloridas banderas que indican el inicio de la temporada de avistaje embarcado. Al llegar, las flamantes instalaciones de la firma Rupestre Patagonia mostrarán sus grandes ventanales, que enmarcan el azul de un mar que invita.

Los horarios para embarcarse son de 9 a 16, ya que se priorizan las horas de luz, y la actividad depende de las condiciones meteorológicas. Es bueno saber, sin embargo, que por las características naturales del lugar la navegación siempre es “amistosa”, sin tantos sobresaltos motivados por la fiereza del viento que suele asolar costas ubicadas más al sur de nuestra geografía.

Luego de distribuir chalecos salvavidas los pasajeros ascendemos a un moderno semirrígido, que por casi dos horas recorrerá un total de tres millas náuticas por la boca de la bahía San Antonio. No somos más de diez, doce contando al capitán y su acompañante, lo cual es bueno porque la experiencia se vuelve más personalizada.

Enseguida comienza la aventura. Al alejarse progresivamente de la costa la mirada se adentra en la plenitud del paisaje, y se vuelve distinto lo que dejamos atrás. Los barcos fondeados a un lado del pontón flotante del muelle que concesiona Patagonia Norte parecen al alcance de la mano. Las gaviotas que pasan escabulléndose entre ellos crean por un momento la mítica imagen marina, y al unísono se activan las cámaras de los que van a bordo.

Al acercarnos a Punta Villarino comienza el espectáculo de los lobos marinos. Las piruetas de un grupito de ellos que parecen seguir a la embarcación, sumergiéndose para aparecer enseguida coronados de espuma, distraen la atención de todos. El capitán informa que en esta época suelen verse también lobitos de dos pelos, que se diferencian de los otros por tener un pelaje más variado. Con estos datos, comenzamos a identificar a los “distintos”.

La marcha continúa. Ya inmersos por completo en la inmensidad del mar, la expectativa por la aparición de las ballenas va en aumento. Nuestro anfitrión nos recuerda que aunque desde finales de julio y principios de agosto comienzan su llegada a estas aguas no siempre son visibles, aunque en general su presencia suele coronar gran parte de los paseos.

La charla se corta cuando una sutil efervescencia se vuelve notable y todos señalan una nube de espuma en la que de repente se recorta nítida una manada de delfines. Verlos interactuar sin temor, siguiendo la estela que forma la embarcación, es un regalo. Perdidos en la contemplación todos olvidan por un momento la manipulación de las cámaras, que finalmente se aprestan para perpetuar las imágenes más emotivas del recorrido.

Pero todavía quedan emociones. Cuando nadie preguntaba por ellas, fascinados por la irrupción de los delfines que hace momentos quedaron atrás, el motor detiene su marcha indicando que hay que ser precavidos, porque a lo lejos se divisa a un inmenso cetáceo. En realidad son varios ejemplares solitarios, tres para ser exacta. Como presos del mismo gesto cómplice todos hacen silencio para escuchar el sonido que producen, que causa aún más asombro que su contemplación. Después, todo es prisa por capturar los mejores momentos. Las zambullidas se suceden y una de las ballenas muestra su cola que se levanta y parece tatuarse como una marca en esa línea imprecisa en que se funden el cielo y el mar.

En una de

las primeras excursiones

de esta temporada, los turistas fascinados pueden advertir de cerca las callosidades características

en un ejemplar de ballena franca austral.

La majestuosa zambullida de una ballena franca subraya con su cola la línea del horizonte en sus dos azules diferentes e igualmente profundos

en el golfo

San Matías.

Martín Brunella

vanesamiyar@rionegro.com.ar

Golfo

San Matías


Navegar en invierno es siempre estimulante. Es ir en busca de aquel aire de mar que en verano nos envuelve insinuante y cuando reina el frío se vuelve provocador, como para recordarnos que la naturaleza quiere seguir en contacto con nosotros. Pero si a la aventura de sentir la frescura del viento energizándonos sumamos las postales que se pueden hallar en esta época, recorrer las costas locales se vuelve imperdible.

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