La locomotora no acelera

Redacción

Por Redacción

En otras épocas, los banqueros centrales eran por lo común personajes muy cautos que mantenían altas las tasas de interés por temor a “las burbujas” que podrían producirse si optaran por reducirlas, pero parecería que en la actualidad resistirse a inyectar cantidades astronómicas de dinero fresco en los mercados mundiales sería tomado por una manifestación de irresponsabilidad. Será por eso que no sólo en Estados Unidos sino también en casi todos los demás países los gobiernos y empresarios festejaron la decisión del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, de continuar hasta nuevo aviso impulsando un programa de estímulos monetarios que consiste en gastar mes tras mes la friolera de 85.000 millones de dólares para comprar títulos públicos, de tal modo aumentando a un ritmo vertiginoso la deuda nacional norteamericana y, desde luego, el dinero o su equivalente en circulación. Aunque Bernanke es considerado un funcionario muy sobrio que nunca correría riesgos innecesarios, en el transcurso de su gestión como titular de la Fed se las ha arreglado para romper todos los récords en su especialidad, pasando por alto las advertencias de economistas de ideas anticuadas que dicen que, merced a sus esfuerzos, Estados Unidos no tardará en experimentar una crisis financiera aún más destructiva que la que puso fin a la euforia de la primera mitad de la década pasada e inauguró lo que muchos llaman “la gran recesión”. Fuera de Estados Unidos, los más aliviados por la decisión de la Fed fueron los gobernantes de Turquía, Serbia y otros países que, como los de la Argentina antes del default, han acumulado deudas tan abultadas en dólares que se verán en graves apuros cuando los inversores los abandonen. Con todo, el que Bernanke haya demorado el cambio previsto de la estrategia de “flexibilización cuantitativa”, para emplear el eufemismo que se puso de moda en el 2008, ello no quiere decir que pueda continuar inflando la oferta monetaria hasta las calendas griegas. A lo sumo, los países que aprovecharon el dinero barato para impulsar un boom de consumo políticamente lucrativo dispondrán de algunos meses en que prepararse para enfrentar tiempos más duros, pero es poco probable que muchos lo aprovechen. Como sabemos, aun cuando se haya hecho evidente que “el viento de cola” que hizo posible una etapa de crecimiento muy rápido pronto dejará de soplar, políticos que han sacado provecho de los buenos tiempos suelen ser reacios a cambiar de rumbo. Por lo demás, la razón por la que Bernanke no quiso innovar debería motivar preocupación. En su opinión y en la de casi todos los otros directivos de la Fed, los “estímulos” no han servido para que la gigantesca economía norteamericana recupere el vigor de otros tiempos. Por ejemplo, aunque la tasa de desempleo ha bajado, es porque muchos desocupados se han resignado a su incapacidad para encontrar trabajo y por lo tanto han dejado de buscarlo. En vista de que Estados Unidos es la “locomotora” principal de la economía internacional, de persistir el letargo percibido por Bernanke, las consecuencias serían negativas no sólo para el grueso de los norteamericanos sino también para los europeos, asiáticos, africanos y, huelga decirlo, latinoamericanos. Asimismo, parecería que la mayoría de los norteamericanos sigue convencida de que su propio futuro económico, y el de sus hijos, será mucho más difícil de lo que había previsto antes del colapso financiero del 2008. A juicio de algunos, la falta de confianza así reflejada más la conciencia de que propende a aumentar la proporción de quienes dependen del gobierno –es decir, de los contribuyentes– para sobrevivir, significa el fin del “sueño norteamericano” y el inicio de una etapa en que el sistema económico de Estados Unidos se asemeje cada vez más a aquel de los países europeos menos dinámicos. Para los críticos de la versión norteamericana del capitalismo, su eventual convergencia con la europea no sería un desastre, pero puesto que parecería que los gobiernos de casi todos los países de la UE han llegado a la conclusión de que, sin reformas drásticas, a la larga no resultará viable el Estado benefactor que se construyó cuando las circunstancias sociales, demográficas y económicas eran muy distintas, puede entenderse el pesimismo que sienten tantos norteamericanos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Lunes 23 de septiembre de 2013


En otras épocas, los banqueros centrales eran por lo común personajes muy cautos que mantenían altas las tasas de interés por temor a “las burbujas” que podrían producirse si optaran por reducirlas, pero parecería que en la actualidad resistirse a inyectar cantidades astronómicas de dinero fresco en los mercados mundiales sería tomado por una manifestación de irresponsabilidad. Será por eso que no sólo en Estados Unidos sino también en casi todos los demás países los gobiernos y empresarios festejaron la decisión del presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, de continuar hasta nuevo aviso impulsando un programa de estímulos monetarios que consiste en gastar mes tras mes la friolera de 85.000 millones de dólares para comprar títulos públicos, de tal modo aumentando a un ritmo vertiginoso la deuda nacional norteamericana y, desde luego, el dinero o su equivalente en circulación. Aunque Bernanke es considerado un funcionario muy sobrio que nunca correría riesgos innecesarios, en el transcurso de su gestión como titular de la Fed se las ha arreglado para romper todos los récords en su especialidad, pasando por alto las advertencias de economistas de ideas anticuadas que dicen que, merced a sus esfuerzos, Estados Unidos no tardará en experimentar una crisis financiera aún más destructiva que la que puso fin a la euforia de la primera mitad de la década pasada e inauguró lo que muchos llaman “la gran recesión”. Fuera de Estados Unidos, los más aliviados por la decisión de la Fed fueron los gobernantes de Turquía, Serbia y otros países que, como los de la Argentina antes del default, han acumulado deudas tan abultadas en dólares que se verán en graves apuros cuando los inversores los abandonen. Con todo, el que Bernanke haya demorado el cambio previsto de la estrategia de “flexibilización cuantitativa”, para emplear el eufemismo que se puso de moda en el 2008, ello no quiere decir que pueda continuar inflando la oferta monetaria hasta las calendas griegas. A lo sumo, los países que aprovecharon el dinero barato para impulsar un boom de consumo políticamente lucrativo dispondrán de algunos meses en que prepararse para enfrentar tiempos más duros, pero es poco probable que muchos lo aprovechen. Como sabemos, aun cuando se haya hecho evidente que “el viento de cola” que hizo posible una etapa de crecimiento muy rápido pronto dejará de soplar, políticos que han sacado provecho de los buenos tiempos suelen ser reacios a cambiar de rumbo. Por lo demás, la razón por la que Bernanke no quiso innovar debería motivar preocupación. En su opinión y en la de casi todos los otros directivos de la Fed, los “estímulos” no han servido para que la gigantesca economía norteamericana recupere el vigor de otros tiempos. Por ejemplo, aunque la tasa de desempleo ha bajado, es porque muchos desocupados se han resignado a su incapacidad para encontrar trabajo y por lo tanto han dejado de buscarlo. En vista de que Estados Unidos es la “locomotora” principal de la economía internacional, de persistir el letargo percibido por Bernanke, las consecuencias serían negativas no sólo para el grueso de los norteamericanos sino también para los europeos, asiáticos, africanos y, huelga decirlo, latinoamericanos. Asimismo, parecería que la mayoría de los norteamericanos sigue convencida de que su propio futuro económico, y el de sus hijos, será mucho más difícil de lo que había previsto antes del colapso financiero del 2008. A juicio de algunos, la falta de confianza así reflejada más la conciencia de que propende a aumentar la proporción de quienes dependen del gobierno –es decir, de los contribuyentes– para sobrevivir, significa el fin del “sueño norteamericano” y el inicio de una etapa en que el sistema económico de Estados Unidos se asemeje cada vez más a aquel de los países europeos menos dinámicos. Para los críticos de la versión norteamericana del capitalismo, su eventual convergencia con la europea no sería un desastre, pero puesto que parecería que los gobiernos de casi todos los países de la UE han llegado a la conclusión de que, sin reformas drásticas, a la larga no resultará viable el Estado benefactor que se construyó cuando las circunstancias sociales, demográficas y económicas eran muy distintas, puede entenderse el pesimismo que sienten tantos norteamericanos.

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