“Los obreros de Zanon”

Redacción

Por Redacción

Después de más de 12 largos años, los obreros de la Cooperativa Fasinpat (fábrica sin patrones) vieron coronado con éxito el esfuerzo enorme que les demandó dar pelea y vencer una y mil trabas burocráticas hasta obtener aquello que defendieron con una terca valentía que nadie les regaló: el título de propiedad definitivo sobre todos los bienes (incluyendo la marca) de la cerámica Zanon. Estas experiencias de autogestión obrera, nacidas (y multiplicadas) a lo largo del territorio nacional como consecuencia de la profunda crisis que atravesó nuestro país a finales del 2000, reciben así un espaldarazo fundamental, y alientan las expectativas de similares emprendimientos llevados adelante por trabajadores de diferentes sectores. Rebeldía y esperanza (parafraseando a Osvaldo Bayer) la de éstos laburantes, exhibida en tiempos de acentuados populismos en los cuales pareciera que todo lo que se obtiene es merced al gesto dadivoso del oficialismo, a la prebenda fácil o al acomodo cómplice. Quisiera poder situarme en el desasosiego de los obreros de Zanon por aquellos años amenazantes, cuando lo peor se veía venir y el cierre de la empresa era inminente. En ésos momentos suele instalarse el “sálvese quien pueda” y los lazos de solidaridad se van resquebrajando, franqueándole las puertas al peor de los escenarios: la desocupación. Los trabajadores venían de promesas electorales incumplidas por el menemismo de los 90, cuando el gobierno, ante el silencio cómplice de gran parte del arco político-sindical, trocó salariazo por flexibilización, y la Argentina triplicó los índices de desempleo. De su mano desembarcó también la precarización laboral, es decir, el empeoramiento integral de las condiciones de empleo y la subocupación. La sombra paralizante del desempleo no sólo anticipa necesidades y privaciones, sino que además debilita la capacidad de negociación y consecuente presión de los trabajadores y sus sindicatos. Así, el círculo se va estrechando, y es ésa misma debilidad la que sirve para parir claudicaciones. Según Jeremy Rifkin cabalgamos entre las alternativas que nos ofrecen dos mundos absolutamente diferentes, diametralmente opuestos. Uno, utópico y repleto de promesas. El otro, lleno de peligros. En esencia, dice, se trata del propio concepto del trabajo, en tiempos en los cuales éste se vuelve cada vez menos importante en los procesos de producción y distribución, de cara a un futuro en el que la mayor parte del trabajo se va trasladando de los seres humanos a las máquinas. Nuestro país no le escapa a las generales de esta ley planetaria, y sus gobernantes se exhiben incapaces de gestionar positivamente frente a los desafíos que plantea el desempleo tecnológico, la globalización de la economía de mercado, el monocultivo y la automatización de los procesos productivos y de servicios, entre otros, todos los cuales se aúnan visible o invisiblemente, profundizando, aún más, la brecha entre ricos y pobres. Entre los que tienen trabajo y los que nada tienen. En este marco, los trabajadores están obligados a navegar hacia otros rumbos, descubrir nuevas posibilidades y asumir otras responsabilidades, a sabiendas de que la asignación valiosa que otrora tenía su tiempo de trabajo… tiende a desaparecer. El camino hacia una economía prácticamente sin trabajo está a la vista, sostiene Rifkin, y a mi juicio le asiste razón. Pero no todo está perdido de antemano, como suele decirse, y semejante aserto puede significar una sentencia de muerte para la civilización actual –tal y como nosotros mismos la estamos atravesando– o fungir en términos positivos, de manera tal que el hombre asuma valientemente la encrucijada que le propone la hora actual, apostando a la transformación social desde el trabajo digno, justo y equitativo. Así como lo entendieron los obreros de Zanon. Mario Alvarez DNI 8.213.479 Roca

Mario Alvarez DNI 8.213.479 Roca


Después de más de 12 largos años, los obreros de la Cooperativa Fasinpat (fábrica sin patrones) vieron coronado con éxito el esfuerzo enorme que les demandó dar pelea y vencer una y mil trabas burocráticas hasta obtener aquello que defendieron con una terca valentía que nadie les regaló: el título de propiedad definitivo sobre todos los bienes (incluyendo la marca) de la cerámica Zanon. Estas experiencias de autogestión obrera, nacidas (y multiplicadas) a lo largo del territorio nacional como consecuencia de la profunda crisis que atravesó nuestro país a finales del 2000, reciben así un espaldarazo fundamental, y alientan las expectativas de similares emprendimientos llevados adelante por trabajadores de diferentes sectores. Rebeldía y esperanza (parafraseando a Osvaldo Bayer) la de éstos laburantes, exhibida en tiempos de acentuados populismos en los cuales pareciera que todo lo que se obtiene es merced al gesto dadivoso del oficialismo, a la prebenda fácil o al acomodo cómplice. Quisiera poder situarme en el desasosiego de los obreros de Zanon por aquellos años amenazantes, cuando lo peor se veía venir y el cierre de la empresa era inminente. En ésos momentos suele instalarse el “sálvese quien pueda” y los lazos de solidaridad se van resquebrajando, franqueándole las puertas al peor de los escenarios: la desocupación. Los trabajadores venían de promesas electorales incumplidas por el menemismo de los 90, cuando el gobierno, ante el silencio cómplice de gran parte del arco político-sindical, trocó salariazo por flexibilización, y la Argentina triplicó los índices de desempleo. De su mano desembarcó también la precarización laboral, es decir, el empeoramiento integral de las condiciones de empleo y la subocupación. La sombra paralizante del desempleo no sólo anticipa necesidades y privaciones, sino que además debilita la capacidad de negociación y consecuente presión de los trabajadores y sus sindicatos. Así, el círculo se va estrechando, y es ésa misma debilidad la que sirve para parir claudicaciones. Según Jeremy Rifkin cabalgamos entre las alternativas que nos ofrecen dos mundos absolutamente diferentes, diametralmente opuestos. Uno, utópico y repleto de promesas. El otro, lleno de peligros. En esencia, dice, se trata del propio concepto del trabajo, en tiempos en los cuales éste se vuelve cada vez menos importante en los procesos de producción y distribución, de cara a un futuro en el que la mayor parte del trabajo se va trasladando de los seres humanos a las máquinas. Nuestro país no le escapa a las generales de esta ley planetaria, y sus gobernantes se exhiben incapaces de gestionar positivamente frente a los desafíos que plantea el desempleo tecnológico, la globalización de la economía de mercado, el monocultivo y la automatización de los procesos productivos y de servicios, entre otros, todos los cuales se aúnan visible o invisiblemente, profundizando, aún más, la brecha entre ricos y pobres. Entre los que tienen trabajo y los que nada tienen. En este marco, los trabajadores están obligados a navegar hacia otros rumbos, descubrir nuevas posibilidades y asumir otras responsabilidades, a sabiendas de que la asignación valiosa que otrora tenía su tiempo de trabajo… tiende a desaparecer. El camino hacia una economía prácticamente sin trabajo está a la vista, sostiene Rifkin, y a mi juicio le asiste razón. Pero no todo está perdido de antemano, como suele decirse, y semejante aserto puede significar una sentencia de muerte para la civilización actual –tal y como nosotros mismos la estamos atravesando– o fungir en términos positivos, de manera tal que el hombre asuma valientemente la encrucijada que le propone la hora actual, apostando a la transformación social desde el trabajo digno, justo y equitativo. Así como lo entendieron los obreros de Zanon. Mario Alvarez DNI 8.213.479 Roca

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