“La delincuencia ha crecido de forma imposible de soportar”
Siento la necesidad de compartir una experiencia y por contraparte realizar un agradecimiento para los que colaboraron en un final satisfactorio del acontecimiento de un asalto a nuestro domicilio particular. El pasado domingo 26/1/14, luego de regresar con mi esposa a nuestro domicilio pasadas las 23:30, en el final de nuestro “finde”, relajados y satisfechos por el descanso, compartíamos un bocadillo en nuestra cocina-comedor con la puerta que da al jardín trasero de nuestra vivienda abierta (vivienda en el centro de nuestro Neuquén). Alzamos la vista y vimos tres delincuentes armados con pistolas que enfilaron hacia nosotros. Esa imagen de 3 delincuentes que enarbolan sus armas a modo de estandarte es la más miserable y se hace imposible de borrar. Habla a las claras de la sociedad/suciedad que nos están dejando. Creemos ser racionales y dotamos a nuestra casa con los elementos de seguridad que están a nuestro alcance, pero, justamente por lo particular del momento, no teníamos cerrada la última puerta. No se trataba de una puerta exterior, sino la de la cocina al patio, por ende, la alarma estaba fuera de servicio, a la espera de terminar de comer, cerrar y retirarnos. En ese escenario mi cabeza ordenó sólo una cosa: gritar, esa era nuestra única defensa –a riesgo de recibir serias represalias–, gritar primero y rezar después. Resultó serio para los delincuentes. Ambos gritamos mucho y nos obligaron a internarnos en la casa, en el comedor. Luego nos separaron para moderar el conflicto de los gritos que no cesaban. Yo pude interactuar con el jefe de los delincuentes y siempre utilicé mi única arma: comunicarme con él a los gritos, respondiendo lo que quería saber y librándome de la mordaza para que esto al otro lado de la casa, también lo pudiera escuchar alguno de nuestros vecinos. Uno de los vecinos, al oeste de nuestra casa, puso en evidencia la situación al otro del este. El mecanismo empezó a rodar: el segundo dio aviso a un tercero y éste a un cuarto, y la policía recibió la novedad. No obstante, a la segunda vecina, inquieta ella, no le bastó con el llamado: asumió un rol protagónico, se mostró curiosa en nuestra vereda y justamente alcanzó a escuchar otro de nuestros gritos. Ella escuchó y ratificó lo que sucedía. Los miserables se percataron de su presencia al punto tal que cruzaron su mirada, postigo y reja de por medio, y esto los puso en fuga para evitar enfrentar a la policía, que por cierto llegó varios minutos después. El objeto de la presente es que tomemos una real dimensión de dónde nos encontramos parados por esta desidia e incompetencia de nuestros gobernantes. La delincuencia ha crecido en forma imposible de soportar. Podemos mitigar o reducir en alguna medida la exposición: poniendo rejas, alarmas, cámaras y videos, pero no es suficiente, dado que algo tan sencillo como la inquietud de nuestro vecino la hemos dejado de lado. Les ruego a todos que tomen debida nota de ello. Si bien nosotros hemos cultivado la buena relación con nuestros vecinos, es un valor que no sólo refiere a la sana convivencia, puede significar nuestra supervivencia. Estas lineas tienen como objeto hacer el reconocimiento que nunca dejaremos de agradecer, pero ustedes, anónimos lectores, deben replantearse y trabajar sobre ese déficit, y si ya lo incorporaron, lo deben trasmitir. Dedíquenle unos minutos a su vecino, debe ser un primer aliado a la hora de enfrentar el día a día que los que nos gobiernan no se ocupan de mejorar, al menos a los que cumplimos con las consignas primarias de trabajar, estudiar, respetar, crecer y colaborar. Todo sugiere que nos complican la vida a quienes sostenemos el sistema y se la hacen más fácil a los que destruyen el crecimiento, la evolución y el desarrollo. También esta carta la pueden leer y tomar nota los que legislan, los que juzgan, los que educan, los que deben garantizar la seguridad. Estos, a ponerse a trabajar y los demás a cuidar al vecino. Cordialmente, un vecino golpeado fieramente y agradecido eternamente. Ramiro Servide DNI 13.254.112 Neuquén
Jorge L. Fernández Avello DNI 12.862.056 Bariloche
Siento la necesidad de compartir una experiencia y por contraparte realizar un agradecimiento para los que colaboraron en un final satisfactorio del acontecimiento de un asalto a nuestro domicilio particular. El pasado domingo 26/1/14, luego de regresar con mi esposa a nuestro domicilio pasadas las 23:30, en el final de nuestro “finde”, relajados y satisfechos por el descanso, compartíamos un bocadillo en nuestra cocina-comedor con la puerta que da al jardín trasero de nuestra vivienda abierta (vivienda en el centro de nuestro Neuquén). Alzamos la vista y vimos tres delincuentes armados con pistolas que enfilaron hacia nosotros. Esa imagen de 3 delincuentes que enarbolan sus armas a modo de estandarte es la más miserable y se hace imposible de borrar. Habla a las claras de la sociedad/suciedad que nos están dejando. Creemos ser racionales y dotamos a nuestra casa con los elementos de seguridad que están a nuestro alcance, pero, justamente por lo particular del momento, no teníamos cerrada la última puerta. No se trataba de una puerta exterior, sino la de la cocina al patio, por ende, la alarma estaba fuera de servicio, a la espera de terminar de comer, cerrar y retirarnos. En ese escenario mi cabeza ordenó sólo una cosa: gritar, esa era nuestra única defensa –a riesgo de recibir serias represalias–, gritar primero y rezar después. Resultó serio para los delincuentes. Ambos gritamos mucho y nos obligaron a internarnos en la casa, en el comedor. Luego nos separaron para moderar el conflicto de los gritos que no cesaban. Yo pude interactuar con el jefe de los delincuentes y siempre utilicé mi única arma: comunicarme con él a los gritos, respondiendo lo que quería saber y librándome de la mordaza para que esto al otro lado de la casa, también lo pudiera escuchar alguno de nuestros vecinos. Uno de los vecinos, al oeste de nuestra casa, puso en evidencia la situación al otro del este. El mecanismo empezó a rodar: el segundo dio aviso a un tercero y éste a un cuarto, y la policía recibió la novedad. No obstante, a la segunda vecina, inquieta ella, no le bastó con el llamado: asumió un rol protagónico, se mostró curiosa en nuestra vereda y justamente alcanzó a escuchar otro de nuestros gritos. Ella escuchó y ratificó lo que sucedía. Los miserables se percataron de su presencia al punto tal que cruzaron su mirada, postigo y reja de por medio, y esto los puso en fuga para evitar enfrentar a la policía, que por cierto llegó varios minutos después. El objeto de la presente es que tomemos una real dimensión de dónde nos encontramos parados por esta desidia e incompetencia de nuestros gobernantes. La delincuencia ha crecido en forma imposible de soportar. Podemos mitigar o reducir en alguna medida la exposición: poniendo rejas, alarmas, cámaras y videos, pero no es suficiente, dado que algo tan sencillo como la inquietud de nuestro vecino la hemos dejado de lado. Les ruego a todos que tomen debida nota de ello. Si bien nosotros hemos cultivado la buena relación con nuestros vecinos, es un valor que no sólo refiere a la sana convivencia, puede significar nuestra supervivencia. Estas lineas tienen como objeto hacer el reconocimiento que nunca dejaremos de agradecer, pero ustedes, anónimos lectores, deben replantearse y trabajar sobre ese déficit, y si ya lo incorporaron, lo deben trasmitir. Dedíquenle unos minutos a su vecino, debe ser un primer aliado a la hora de enfrentar el día a día que los que nos gobiernan no se ocupan de mejorar, al menos a los que cumplimos con las consignas primarias de trabajar, estudiar, respetar, crecer y colaborar. Todo sugiere que nos complican la vida a quienes sostenemos el sistema y se la hacen más fácil a los que destruyen el crecimiento, la evolución y el desarrollo. También esta carta la pueden leer y tomar nota los que legislan, los que juzgan, los que educan, los que deben garantizar la seguridad. Estos, a ponerse a trabajar y los demás a cuidar al vecino. Cordialmente, un vecino golpeado fieramente y agradecido eternamente. Ramiro Servide DNI 13.254.112 Neuquén
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