“Una cruel marginación”

Redacción

Por Redacción

El domingo 23 de febrero pasado envié a mi hijo Wilson, de doce años, al supermercado de la ciudad de Neuquén a comprar leche, yogur y galletitas. Debo aclarar que, a pesar de su edad, él es de baja estatura y contextura delgada a raíz de un problema hormonal congénito del cual se halla en tratamiento, por el que debemos viajar periódicamente a Buenos Aires. El mismo es sumamente efectivo pero los resultados son a largo plazo. Pues bien, al llegar mi hijo al supermercado llevaba de la mano a mi nieta de cuatro años. Cuando intentó ingresar al local, fue detenido por un guardia de seguridad, quien extendiendo sus brazos a manera de “barrera” le impidió la entrada aduciendo “que los menores no pueden entrar solos al comercio” (textuales palabras). En un primer momento mi hijo pensó que se trataba de una broma, pues jamás había vivido una situación semejante; sonriendo le dijo que tiene casi trece años y que lo había enviado su mamá a comprar, quien trabaja a pocas cuadras del lugar, e hizo el intento de pasar. Esta vez el guardia, ya de muy mal talante (la empresa se negó a proporcionar la identidad del mismo), en tono y gesto por demás amenazadores le dijo textualmente: “¡Te vas ya o te saco a patadas!” Como es de imaginar, con la congoja e impotencia pintadas en su rostro, el niño regresó a mi lugar de trabajo relatando lo sucedido. Presa de indignación, me hice presente en el comercio de referencia a los efectos de solicitar no sólo una explicación ante tamaña arbitrariedad y trato hacia un menor, sino también para que se diera a conocer alguna norma que avalara lo afirmado por el guardia de seguridad: “Menores no pueden ingresar al comercio”. Previamente puse en conocimiento el problema de crecimiento de mi hijo y mostré el documento que avala su edad cronológica y el certificado de que está en pleno uso de sus facultades psicológicas. Luego pregunté qué edad y estatura debe tener una persona para ingresar a un comercio, pues que yo sepa no existe una reglamentación al respecto, puesto que de ser así, pensé para mí, las personas aquejadas de enanismo (no es el caso de mi hijo) se verían imposibilitadas de entrar a locales comerciales. Ante tal argumento me respondieron con evasivas y “tibias” disculpas, en tanto el guardia que había agredido verbalmente a mi hijo “desaparecía” rápidamente, ante la complicidad de un compañero y empleados presentes. Tampoco hubo una reparación moral ante tamaño atropello, que como es lógico incidió emocionalmente en el chico. No me dieron la oportunidad de hablar con algún encargado o empleado a nivel gerencial y sólo me dijeron la consabida frase: “Lo sentimos mucho, señora”, que de modo alguno borra la triste situación que debió afrontar mi hijo. Después me retiré del comercio, pensando en que el mal trato, la maldad y el ensañamiento no consideraron que se trataba de niños que, como en el caso de mi hijo, no tienen culpa alguna de no haber podido crecer “en tiempo y forma”. ¡Adelante señores responsables de poderosos supermercados, sigan distribuyendo publicidad sobre precios y bondades de los productos que venden, omitiendo el trato discriminado e insólito de que a un menor de casi 13 años, por no tener el físico acorde a su edad, le esté vedado el ingreso al comercio! Delia Esther Quintana, DNI 22.541.534 Neuquén N. de la R. Este diario se reserva el nombre del supermercado mencionado en la carta, el que está a disposición de las autoridades que lo requieran.

Delia Esther Quintana, DNI 22.541.534 Neuquén


El domingo 23 de febrero pasado envié a mi hijo Wilson, de doce años, al supermercado de la ciudad de Neuquén a comprar leche, yogur y galletitas. Debo aclarar que, a pesar de su edad, él es de baja estatura y contextura delgada a raíz de un problema hormonal congénito del cual se halla en tratamiento, por el que debemos viajar periódicamente a Buenos Aires. El mismo es sumamente efectivo pero los resultados son a largo plazo. Pues bien, al llegar mi hijo al supermercado llevaba de la mano a mi nieta de cuatro años. Cuando intentó ingresar al local, fue detenido por un guardia de seguridad, quien extendiendo sus brazos a manera de “barrera” le impidió la entrada aduciendo “que los menores no pueden entrar solos al comercio” (textuales palabras). En un primer momento mi hijo pensó que se trataba de una broma, pues jamás había vivido una situación semejante; sonriendo le dijo que tiene casi trece años y que lo había enviado su mamá a comprar, quien trabaja a pocas cuadras del lugar, e hizo el intento de pasar. Esta vez el guardia, ya de muy mal talante (la empresa se negó a proporcionar la identidad del mismo), en tono y gesto por demás amenazadores le dijo textualmente: “¡Te vas ya o te saco a patadas!” Como es de imaginar, con la congoja e impotencia pintadas en su rostro, el niño regresó a mi lugar de trabajo relatando lo sucedido. Presa de indignación, me hice presente en el comercio de referencia a los efectos de solicitar no sólo una explicación ante tamaña arbitrariedad y trato hacia un menor, sino también para que se diera a conocer alguna norma que avalara lo afirmado por el guardia de seguridad: “Menores no pueden ingresar al comercio”. Previamente puse en conocimiento el problema de crecimiento de mi hijo y mostré el documento que avala su edad cronológica y el certificado de que está en pleno uso de sus facultades psicológicas. Luego pregunté qué edad y estatura debe tener una persona para ingresar a un comercio, pues que yo sepa no existe una reglamentación al respecto, puesto que de ser así, pensé para mí, las personas aquejadas de enanismo (no es el caso de mi hijo) se verían imposibilitadas de entrar a locales comerciales. Ante tal argumento me respondieron con evasivas y “tibias” disculpas, en tanto el guardia que había agredido verbalmente a mi hijo “desaparecía” rápidamente, ante la complicidad de un compañero y empleados presentes. Tampoco hubo una reparación moral ante tamaño atropello, que como es lógico incidió emocionalmente en el chico. No me dieron la oportunidad de hablar con algún encargado o empleado a nivel gerencial y sólo me dijeron la consabida frase: “Lo sentimos mucho, señora”, que de modo alguno borra la triste situación que debió afrontar mi hijo. Después me retiré del comercio, pensando en que el mal trato, la maldad y el ensañamiento no consideraron que se trataba de niños que, como en el caso de mi hijo, no tienen culpa alguna de no haber podido crecer “en tiempo y forma”. ¡Adelante señores responsables de poderosos supermercados, sigan distribuyendo publicidad sobre precios y bondades de los productos que venden, omitiendo el trato discriminado e insólito de que a un menor de casi 13 años, por no tener el físico acorde a su edad, le esté vedado el ingreso al comercio! Delia Esther Quintana, DNI 22.541.534 Neuquén N. de la R. Este diario se reserva el nombre del supermercado mencionado en la carta, el que está a disposición de las autoridades que lo requieran.

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