Voces
Por Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)
EL DISPARADOR
Ahí está. Podría ser varón o mujer. Da igual, es una persona. Se cubre los ojos del sol con una gafas cancheras. Camina, sonriente. Cool. Con cierto aire que muchos consideran especial, intrigante y prometedor. Pero hay algo que, contra la aparente seguridad, pocos saben: escucha voces en su cabeza todo el tiempo.
Las voces la someten, no le dan tregua. La condicionan al punto de que la hacen dudar tanto que no la dejan avanzar. Le dicen qué, cómo, cuándo y de qué modo debería hacer o decir algo. Es una radio que no se apaga, zumba permanentemente.
Todo es un lío, una confusión eterna, teñida a veces de paranoia o locura. Pero no está loca esta persona. No lo está. Tiene un potencial enorme, maniatado por las voces. Porque dice cosas que no siente pero que cree que está bien decir en ese momento. Y está convencida de que las tiene que decir. Ante el primer pero, es capaz de defender a muerte lo que dijo recién.
No importa qué dijo. El asunto es que en el fondo -bien en el fondo- otra voz, tenue pero sincera, le susurra: “¡No! ¿¡Por qué vas a sostener con tanta fuerza algo que sabés que no es así!? ¡Si ni siquiera vos creés eso que acabás de decir!”. Mientras sus pensamientos la enroscan como una víbora, deja de escuchar lo que le están diciendo. Y crecen los malos entendidos.
Si estuviera a punto de morirse, confesó una vez, no haría nada de todo lo que hace. Pero nada, eh. Ni el trabajo, ni la rutina cotidiana, ni sostendría la dinámica de sus relaciones. “Cambiaría todo”, admitió. Pero no dijo por qué no lo hacía, y eso que sabe que el futuro se construye hoy.
En lugar de detenerse en la reflexión, de transitar el dolor que supone atravesar ciertos cambios, elige seguir, escapar hacia adelante. Insiste y se ata a lo que no tiene ganas, ni le interesa: “Me sale así, ¿qué voy a hacer? Hago lo mejor que puedo, todos hacemos lo mejor que podemos”, se justifica. Incluso, hasta llega a replicar a su interlocutor con una suerte de agresión disfrazada de chicana: “Vos, porque la tenés fácil, eh, toda la vida fácil y servida”. Está atrapada y no se da cuenta de toda esa energía mal puesta.
Llega a su casa. Para apagar la radio que no para en su cabeza, pone música, bien fuerte. Es un tema de Regina Spektor, que también escucha voces: “Siempre un pie en la tierra // Y al proteger mi corazón en serio // me perdí en los sonidos // Escucho en mi mente todas estas voces // Escucho en mi mente todas estas palabras // Escucho en mi mente toda esta música // Y me rompe el corazón”.
Llora, sola. Reconoce que no hace todo lo que realmente quiere porque entra en pánico. Que le gustaría que le vaya mucho mejor en la vida. Pero que no puede. Pese a que se le abren puertas que la atraen, no se anima a abrazarlas. Si dar el paso es mandar un mail, no lo hace. Si es un llamado, tampoco. Si es ir una reunión, no va.
Por más básico que a otro le pueda resultar, para esta persona es mucho más complejo: tiene un estadio, el Maracaná, colmado de voces que le hablan dentro de su cabeza: “No vas a poder”, “Te vas a equivocar”, “¡Inútil! No sos capaz”, “¡Cuánta ridiculez!”, “¡Qué falsedad!”, “Bien, bien, todo eso te lo consiguieron, nada es por mérito propio”, “Lo vas a arruinar todo”, “¡No te lo merecés! Y lo que no se merece se pierde”. Son interminables los ataques. Pero resiste. Se mira al espejo, sonríe y se guiña un ojo. Mientras, nadie siquiera sospecha que la radio nunca se le apaga.
EL DISPARADOR
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora