Zelaya destroza el Parlamento hondureño

Redacción

Por Redacción

Quizás usted no lo recuerde lector. Me refiero a Manuel (“Mel”) Zelaya, un expresidente de Honduras que asumiera su función en el 2006 y fuera más adelante depuesto –en junio del 2009– por todos los demás poderes del Estado de su país cuando (en un “autogolpe”) intentó violar abiertamente la Constitución para poder así eternizarse en el sillón presidencial. Ése era su objetivo. El de alguien que cree ser “indispensable”. Y lo transmite. A Zelaya le fue mal. En verdad, horriblemente mal. Terminó refugiado –durante largas semanas– en la sede de la Embajada de Brasil en Tegucigalpa, portando un enorme sombrero de cowboy negro (su payasesco “distintivo”, para llamar la atención). A la espera de la “mano” que los bolivarianos la habían prometido. Y no llegó. Mientras, se ilusionaba (alojado en esa Embajada, a la que entró por la fuerza) con que Hugo Chávez lograría reponerlo rápidamente en su elevado cargo. Desde Venezuela, con sus operaciones y verborragia y con sus típicas distribuciones de petrodólares que, en rigor, no eran suyos sino del pueblo venezolano. Se equivocó Zelaya. Feo. No fue el único error de diagnóstico. El avión presidencial argentino se estacionó –por varios días– en el aeropuerto internacional de la vecina Nicaragua, esperando llevar a nuestra presidente a la ceremonia de reposición de Zelaya. Lo que jamás ocurrió. Pero Zelaya acaba de volver a protagonizar otro episodio, casi más vergonzoso. Siempre para llamar la atención. Y para que lo miren. Esta vez en el Parlamento de su país, del que forma parte encabezando la delegación de su partido al que paradójicamente denomina “Libre”, cuando es un proyecto más de totalitarismo. Y actúa como los autoritarios. Aun siendo oposición. Minoría, entonces. Porque Zelaya se cree el gran dueño del país y piensa que está por encima de la ley. La “toma” del Parlamento por parte de Zelaya era teóricamente una medida de “protesta” por las disposiciones de seguridad sancionadas por sus autoridades. Entre otras cosas, para tratar de evitar que los conocidos “matones” a sueldo de Zelaya deambularan por los pasillos, intimidatoria y amenazadoramente. Como lamentablemente parecería ser la práctica. En noviembre del 2013 –recordemos– Zelaya había intentado regresar al poder hondureño con el conocido “truco” de hacerlo a través de su mujer: Xiomara Castro. Pero perdió. Pese al apoyo de los venezolanos, que trató de disimular. Por eso, nuevamente generó un escándalo de proporciones. Para que lo tengan en cuenta por sus desplantes y no por sus ideas. Por su despliegue de fuerza bruta y no por sus propuestas. A la cabeza de 3.000 personas armadas con palos, piedras, bombas molotov y otros implementos de similar categoría, ingresó al edificio del Parlamento e intentó incendiarlo, encendiendo neumáticos en la planta baja. Mientras sus huestes rompían todo lo que estaba a su alcance, en su derredor. Provocando una auténtica batalla campal cuyos platos rotos pagará naturalmente el Tesoro hondureño. Todos los hondureños, entonces. Mientras él –en su particular visión– “capitaliza” políticamente lo sucedido. Una vez más, lo de “Mel” Zelaya es para la vergüenza. Para olvidar, más bien. Pero también para ayudarnos a recordar cuál es su verdadera dimensión: la de quien usa la violencia y mueve columnas de matones, dispuestos a todo, para alcanzar perversamente sus objetivos coyunturales. Una pena. Ni Honduras ni nadie pueden ser merecedoras de este tipo de aberrantes conductas. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional

GUSTAVO CHOPITEA (*)


Quizás usted no lo recuerde lector. Me refiero a Manuel (“Mel”) Zelaya, un expresidente de Honduras que asumiera su función en el 2006 y fuera más adelante depuesto –en junio del 2009– por todos los demás poderes del Estado de su país cuando (en un “autogolpe”) intentó violar abiertamente la Constitución para poder así eternizarse en el sillón presidencial. Ése era su objetivo. El de alguien que cree ser “indispensable”. Y lo transmite. A Zelaya le fue mal. En verdad, horriblemente mal. Terminó refugiado –durante largas semanas– en la sede de la Embajada de Brasil en Tegucigalpa, portando un enorme sombrero de cowboy negro (su payasesco “distintivo”, para llamar la atención). A la espera de la “mano” que los bolivarianos la habían prometido. Y no llegó. Mientras, se ilusionaba (alojado en esa Embajada, a la que entró por la fuerza) con que Hugo Chávez lograría reponerlo rápidamente en su elevado cargo. Desde Venezuela, con sus operaciones y verborragia y con sus típicas distribuciones de petrodólares que, en rigor, no eran suyos sino del pueblo venezolano. Se equivocó Zelaya. Feo. No fue el único error de diagnóstico. El avión presidencial argentino se estacionó –por varios días– en el aeropuerto internacional de la vecina Nicaragua, esperando llevar a nuestra presidente a la ceremonia de reposición de Zelaya. Lo que jamás ocurrió. Pero Zelaya acaba de volver a protagonizar otro episodio, casi más vergonzoso. Siempre para llamar la atención. Y para que lo miren. Esta vez en el Parlamento de su país, del que forma parte encabezando la delegación de su partido al que paradójicamente denomina “Libre”, cuando es un proyecto más de totalitarismo. Y actúa como los autoritarios. Aun siendo oposición. Minoría, entonces. Porque Zelaya se cree el gran dueño del país y piensa que está por encima de la ley. La “toma” del Parlamento por parte de Zelaya era teóricamente una medida de “protesta” por las disposiciones de seguridad sancionadas por sus autoridades. Entre otras cosas, para tratar de evitar que los conocidos “matones” a sueldo de Zelaya deambularan por los pasillos, intimidatoria y amenazadoramente. Como lamentablemente parecería ser la práctica. En noviembre del 2013 –recordemos– Zelaya había intentado regresar al poder hondureño con el conocido “truco” de hacerlo a través de su mujer: Xiomara Castro. Pero perdió. Pese al apoyo de los venezolanos, que trató de disimular. Por eso, nuevamente generó un escándalo de proporciones. Para que lo tengan en cuenta por sus desplantes y no por sus ideas. Por su despliegue de fuerza bruta y no por sus propuestas. A la cabeza de 3.000 personas armadas con palos, piedras, bombas molotov y otros implementos de similar categoría, ingresó al edificio del Parlamento e intentó incendiarlo, encendiendo neumáticos en la planta baja. Mientras sus huestes rompían todo lo que estaba a su alcance, en su derredor. Provocando una auténtica batalla campal cuyos platos rotos pagará naturalmente el Tesoro hondureño. Todos los hondureños, entonces. Mientras él –en su particular visión– “capitaliza” políticamente lo sucedido. Una vez más, lo de “Mel” Zelaya es para la vergüenza. Para olvidar, más bien. Pero también para ayudarnos a recordar cuál es su verdadera dimensión: la de quien usa la violencia y mueve columnas de matones, dispuestos a todo, para alcanzar perversamente sus objetivos coyunturales. Una pena. Ni Honduras ni nadie pueden ser merecedoras de este tipo de aberrantes conductas. (*) Analista del Grupo Agenda Internacional

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