Una nueva tragedia europea
SEGÚN LO VEO
Es una pregunta que los europeos más influyentes, políticos que se enorgullecen de su moderación, intelectuales progresistas, clérigos bonachones y otros de mentalidad similar son reacios a formular: ¿es compatible el islam con la democracia pluralista? Temen, si la respuesta es no, tener que resignarse a que Europa no haya dejado atrás un pasado terrible para entrar en una edad poshistórica signada por la paz y la armonía social sino, por el contrario, que le aguarde un futuro que bien podría asemejarse a la actualidad de Oriente Medio y el norte de África.
Asustados por tal posibilidad, los optimistas tratan de convencerse de que el islam no es el culto belicoso reivindicado por los predicadores desde las mezquitas y cátedras universitarias, como las de la universidad cairota de Al-Azhar, la institución académica más prestigiosa del mundo sunnita, o sus equivalentes en Irán, sino una religión esencialmente pacífica, en cierto modo equiparable con el metodismo o el cuaquerismo. Otros insisten en que, si bien las espeluznantes exhortaciones coránicas son, por decirlo de algún modo, medievales, la mayoría abrumadora de los musulmanes que viven en Europa no quiere saber nada de ellas.
De tener razón quienes piensan así, andando el tiempo los millones que se han instalado en Europa se convertirán en franceses, españoles, alemanes, suecos o británicos más interesados en el consumo o en las vicisitudes de un equipo de fútbol que en las duras exigencias del credo de sus mayores. En tal caso, no habría motivos para preocuparse pero, por desgracia, parecería que los optimistas se han equivocado. Como el ataque contra el semanario humorístico francés “Charlie Hebdo” les recordó, entre los musulmanes con ciudadanía europea hay muchos -¿decenas de miles, centenares de miles?- que no sólo se creen en guerra contra la decadente civilización occidental sino que están más que dispuestos a librarla con ferocidad sanguinaria.
Por razones comprensibles, los líderes europeos quieren romper con la historia, pero quienes se han dado el trabajo de echar un vistazo al pasado sabrán que no ha habido un solo ejemplo de convivencia pacífica e igualitaria entre una gran comunidad musulmana, minoritaria o mayoritaria, y otras de creencias distintas, fueran cristianas, judías, hindúes, budistas, confucianas, agnósticas o ateas. Por ser imposible la convivencia, los conflictos siempre se han resuelto separando físicamente a los beligerantes. No sólo ha sido cuestión de episodios remotos, actualmente juzgados lamentables, como la expulsión de los moriscos de España en 1609. Hace menos de un siglo, en 1923, hubo un “intercambio de poblaciones” entre turcos y griegos en que muchos calificados de griegos eran cristianos de habla turca, mientras que entre los turcos había quienes no entendían su supuesto idioma pero sí le rezaban a Alá. Asimismo, en 1947, la partición de la India mayormente hindú del Pakistán casi exclusivamente musulmán provocó una serie de éxodos multitudinarios y matanzas en las que pereció por lo menos medio millón de personas. El conflicto sigue: los islamistas quieren que Pakistán sea limpio de infieles, de suerte que todos los días lo abandonan los últimos contingentes de hindúes, sijes y cristianos. En otras partes del extenso mundo musulmán la limpieza sectaria está teniendo consecuencias aún más funestas.
A los dirigentes europeos les hubiera convenido tomar en cuenta la experiencia tanto propia como ajena antes de abrir las puertas del Viejo Continente a la inmigración masiva de gente de una cultura radicalmente distinta de la suya, una que durante más de mil años había luchado contra el cristianismo primero y, después, contra el Occidente libertario que, como entienden muy bien los conservadores musulmanes, les es aún más peligroso. No lo hicieron los líderes europeos de cuarenta años atrás porque querían creer que sus propios valores eran universales y que sería racista suponer que no los compartirían los recién llegados.
No han cambiado de opinión. Como ya es rutinario, el asesinato de los periodistas de “Charlie Hebdo” motivó no sólo manifestaciones de solidaridad con las víctimas sino también advertencias sobre lo malo que sería que, de resultas del salvajismo de sus correligionarios más exaltados, los demás musulmanes se sintieran aún más marginados del resto de la sociedad. En efecto, en vísperas del ataque yihadista contra “Charlie Hebdo”, en los principales medios europeos los angustiados por el avance de “la islamofobia” criticaban con vehemencia las protestas callejeras que semana tras semana se celebraban en la ciudad alemana de Dresde, donde el viernes pasado un grupo que se llama Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente, o Pegida, logró convocar hasta 20.000 personas.
Según Angela Merkel y otros notables, los manifestantes son xenófobos, neonazis vestidos como burgueses comunes, sujetos desalmados que no soportan la presencia de inmigrantes de otras razas. ¿Lo son? ¿Es “neonazi” repudiar el “fanatismo religioso” y querer aferrarse a “las raíces judeocristianas” de Alemania, como dicen los impulsores de las protestas, o dejar saber que uno se opone a la pena de muerte para homosexuales, apóstatas y mujeres violadas que avergonzaban a los hombres de su familia?
El que en la Europa actual sentirse preocupado por las consecuencias de la llegada de millones de personas procedentes de sociedades sumamente conservadoras sea considerado propio de ultraderechistas refleja el malestar que sienten los que temen que el gran experimento multicultural europeo termine muy pero muy mal. Aunque la canciller Merkel misma ha reconocido que el multiculturalismo ha fracasado por completo, parece convencida de que ya es demasiado tarde para procurar volver el reloj atrás y que por lo tanto no tiene más alternativa que procurar prolongar el statu quo, por desafortunado que fuera.
Tal actitud sería realista si se frenara la inmigración masiva de personas de otras latitudes hasta que las ya instaladas, sus hijos, nietos, tataranietos y choznos, finalmente se convirtieran en europeos cabales, como en efecto ha sucedido a través de los siglos con inmigrantes de generaciones anteriores, pero sucede que siguen llegando nuevas oleadas que, lejos de estar dispuestas a asimilarse, quieren que los europeos adopten las costumbres de Siria, Irak, Pakistán y Somalia, preparando así el terreno para que una historia bien conocida se repita una vez más.
JAMES NEILSON
JAMES NEILSON
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