Abundancia y desnutrición
Jorge Capitanich, el gobernador en uso de licencia de Chaco que desde hace más de un año se desempeña como un vocero presidencial, se siente víctima de una operación política “de tamaño gigantesco, de una magnitud extrema”, a raíz de la muerte en su provincia por desnutrición y tuberculosis de un niño qom, de nombre Néstor, que pesaba solamente 20 kilos. Exageraba: sus adversarios no lo acusaron de responsabilidad personal por lo ocurrido, sólo llamaron la atención al contraste entre la dura realidad chaqueña y la versión casi paradisíaca que nos ofrece la propaganda oficial, comenzando con las declaraciones del propio Capitanich. Aunque es normal que el gobierno de turno procure minimizar la gravedad de hechos que podrían perjudicarlo, muy pocos han ido más lejos en tal sentido que el kirchnerista. Desde la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hasta el militante más abnegado del “proyecto” que está liderando, los oficialistas parecen estar tan convencidos de que lo único que realmente importa es el “relato” que no se preocupan por asuntos más concretos, de ahí la ineficiencia creciente de virtualmente todas las instituciones vinculadas con el Estado, en especial las de salud y educación. Muchos ya han señalado que, a pesar de contar la Argentina con recursos que son más que suficientes como para alimentar de manera satisfactoria a 400 millones de personas, hay millones de jóvenes que sufren de desnutrición. El desastre social así supuesto no es consecuencia de una eventual adhesión mayoritaria al individualismo darwiniano. Por el contrario, escasean los políticos que se afirman contrarios a medidas asistencialistas que en otras latitudes se verían calificadas de “socialistas”, mientras que con cierta frecuencia buena parte del país se felicita por lo solidaria que a su juicio es la mayoría de sus habitantes. Con todo, parecería que los sentimientos caritativos que supuestamente predominan son meramente subjetivos, ya que no han servido para que la clase política, el empresariado y las muchas organizaciones no gubernamentales que existen hayan colaborado para crear un sistema benefactor equiparable con los que se dan en países europeos, uno que, además de impedir que haya muchos casos como el del desafortunado niño qom, facilitaría la integración plena de comunidades marginadas a la parte moderna del país. Las comunidades indígenas tienen muchos problemas, entre ellos los planteados por “la identidad”, que les son propios, pero según informes que periódicamente se difunden, en distintas partes del país propenden a formarse otros grupos o subgrupos caracterizados por la “cultura de la pobreza” que se transfiere de generación tras generación al multiplicarse las familias que dependen de por vida de subsidios o, a lo mejor, de “changuitas” esporádicas. Para combatir este fenómeno deletéreo, será necesario combinar la asistencia imprescindible con presiones culturales encaminadas a estimular el amor propio y la independencia. Así lo entienden los encargados de los sistemas benefactores europeos que, en la actualidad, son más conscientes de lo que eran antes de los riesgos planteados por el paternalismo excesivo. En efecto, no sólo en Europa sino también en otras partes del mundo, hay un consenso en que, a la larga, el arma más eficaz en la lucha contra la desnutrición y la miseria es la educación, sobre todo de las mujeres. Es sin duda antipático culpar a los padres de niños hambrientos por no estar en condiciones de alimentarlos adecuadamente por no saber manejarse en un mundo que les parece ajeno, pero limitarse a tratarlos como víctimas pasivas de la injusticia social, prejuicios raciales o la desidia estatal no cambiará mucho. A través de las instituciones públicas, le corresponde al Estado, es decir, la sociedad, brindarles oportunidades para abrirse camino en el mundo tal y como es, pero a menos que los así ayudados se sientan realmente decididos a aprovecharlas y cuenten con la información necesaria, todos los esfuerzos resultarán inútiles. En el fondo, se trata de un problema cultural no sólo de quienes se forman en comunidades habituadas a depender de la caridad ajena sino también de los que, a veces sin darse cuenta, quieren impedir que los pobres se independicen de los aparatos clientelistas creados por caciques populistas locales.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Martes 13 de enero de 2015
Jorge Capitanich, el gobernador en uso de licencia de Chaco que desde hace más de un año se desempeña como un vocero presidencial, se siente víctima de una operación política “de tamaño gigantesco, de una magnitud extrema”, a raíz de la muerte en su provincia por desnutrición y tuberculosis de un niño qom, de nombre Néstor, que pesaba solamente 20 kilos. Exageraba: sus adversarios no lo acusaron de responsabilidad personal por lo ocurrido, sólo llamaron la atención al contraste entre la dura realidad chaqueña y la versión casi paradisíaca que nos ofrece la propaganda oficial, comenzando con las declaraciones del propio Capitanich. Aunque es normal que el gobierno de turno procure minimizar la gravedad de hechos que podrían perjudicarlo, muy pocos han ido más lejos en tal sentido que el kirchnerista. Desde la presidenta Cristina Fernández de Kirchner hasta el militante más abnegado del “proyecto” que está liderando, los oficialistas parecen estar tan convencidos de que lo único que realmente importa es el “relato” que no se preocupan por asuntos más concretos, de ahí la ineficiencia creciente de virtualmente todas las instituciones vinculadas con el Estado, en especial las de salud y educación. Muchos ya han señalado que, a pesar de contar la Argentina con recursos que son más que suficientes como para alimentar de manera satisfactoria a 400 millones de personas, hay millones de jóvenes que sufren de desnutrición. El desastre social así supuesto no es consecuencia de una eventual adhesión mayoritaria al individualismo darwiniano. Por el contrario, escasean los políticos que se afirman contrarios a medidas asistencialistas que en otras latitudes se verían calificadas de “socialistas”, mientras que con cierta frecuencia buena parte del país se felicita por lo solidaria que a su juicio es la mayoría de sus habitantes. Con todo, parecería que los sentimientos caritativos que supuestamente predominan son meramente subjetivos, ya que no han servido para que la clase política, el empresariado y las muchas organizaciones no gubernamentales que existen hayan colaborado para crear un sistema benefactor equiparable con los que se dan en países europeos, uno que, además de impedir que haya muchos casos como el del desafortunado niño qom, facilitaría la integración plena de comunidades marginadas a la parte moderna del país. Las comunidades indígenas tienen muchos problemas, entre ellos los planteados por “la identidad”, que les son propios, pero según informes que periódicamente se difunden, en distintas partes del país propenden a formarse otros grupos o subgrupos caracterizados por la “cultura de la pobreza” que se transfiere de generación tras generación al multiplicarse las familias que dependen de por vida de subsidios o, a lo mejor, de “changuitas” esporádicas. Para combatir este fenómeno deletéreo, será necesario combinar la asistencia imprescindible con presiones culturales encaminadas a estimular el amor propio y la independencia. Así lo entienden los encargados de los sistemas benefactores europeos que, en la actualidad, son más conscientes de lo que eran antes de los riesgos planteados por el paternalismo excesivo. En efecto, no sólo en Europa sino también en otras partes del mundo, hay un consenso en que, a la larga, el arma más eficaz en la lucha contra la desnutrición y la miseria es la educación, sobre todo de las mujeres. Es sin duda antipático culpar a los padres de niños hambrientos por no estar en condiciones de alimentarlos adecuadamente por no saber manejarse en un mundo que les parece ajeno, pero limitarse a tratarlos como víctimas pasivas de la injusticia social, prejuicios raciales o la desidia estatal no cambiará mucho. A través de las instituciones públicas, le corresponde al Estado, es decir, la sociedad, brindarles oportunidades para abrirse camino en el mundo tal y como es, pero a menos que los así ayudados se sientan realmente decididos a aprovecharlas y cuenten con la información necesaria, todos los esfuerzos resultarán inútiles. En el fondo, se trata de un problema cultural no sólo de quienes se forman en comunidades habituadas a depender de la caridad ajena sino también de los que, a veces sin darse cuenta, quieren impedir que los pobres se independicen de los aparatos clientelistas creados por caciques populistas locales.
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