Genealogía de la muerte

Redacción

Por Redacción

DEBATES

Me matan a mí -habrá pensado-, pero les irá peor, tendrán a Rosas. Manuel Críspulo Bernabé Dorrego le rindió un último servicio al país amado: puso su cuerpo muerto para que la historia argentina comenzara su despliegue en el tiempo en clave de tragedia. Y no se trató de un odio que detonó allí, en Navarro, para ir a agotarse pronto y más allá. Por el contrario, esa furia desatada fue fundacional, atravesó los siglos y arribó al presente.

Detonaron los fusiles de Lavalle y copularon el océano y la noche. La venganza consumada y la tierra abierta en una herida. Trocó sus atavíos la violencia y siguió siendo violencia. No ha de haber historia que se escriba bajo el signo de la armónica hermandad entre los hombres. En el silencio de la paz preparan los guerreros sus próximas batallas. -No escatime usted sangre de rebeldes turbulentos -había escrito Del Carril a Juan Lavalle- ni dude usted tampoco cuando llegue la hora del degüello de los gauchos, ¡oh aquel exceso sarmientino! Y se hizo a la mar la nao de la república bajo el obstinado signo de la muerte.

El Estado nacional nació como lo hacen todos los Estados; en el caso, con sangre coagulada en los intersticios de las heridas de los indios, y la genealogía de estas breves matanzas, que en aquel entonces no importaron a nadie más que a las víctimas, hay que buscarla en el duro designio de aquel estanciero que unos años atrás había hecho lo mismo. Rosas y Roca. Sus campañas a un extraño desierto poblado por dueños ancestrales. Y el odio siguió adelante, pero ya el país había cambiado. Lo supo Lisandro de la Torre cuando el azar se interpuso ante esa bala que era para él. Ya el hijo de un poeta había inventado la picana, devenida en genuino marchamo argentino. No mataba, la picana, pero hacía doler. Lo supieron Bravo, un estudiante antiperonista y el doctor Ingalinella, un militante comunista que también se oponía a aquel primer peronismo.

Y entonces, los ecos de Navarro y el estupor del fusilado en aquella tierra dura, reseca y hostil, seguían resonando en esta dulce tierra. Ser peronista era delito y el general Valle se despeñaba hacia la noche pues ante la clemencia reclamada se interponía el duro corazón de piedra de un así llamado presidente Aramburu, que murió más tarde. En los basurales de Suárez se fusiló en medio de la noche y a traición. Son peronistas los que cayeron. Y el clímax del horror fue aquel colectivo anaranjado lleno de guardapolvos blancos de primaria masacrado desde el aire por valientes militares que no se animaban al cara a cara con Perón. Los tristes días que siguieron nos encontraron a los argentinos atrapados en la mirada del otro como el extraño país cuyos odios se decantaban, ahora, a ambos lados de un cadáver: el de María Eva Duarte, escondida como María Maggi en un cementerio de Milán. Así las cosas, para la muerte argentina de Videla, Agosti y Massera sólo faltaba una parada.

A nosotros, argentinos, la muerte nos parece fundacional y de origen preciso. Tendemos a creer que tal vez haya nacido en Navarro. Aquel crimen arrastra la abominación del sinsentido y es el epítome del extravío, porque allí matamos a nuestro padre, a un padre de la patria. Y la muerte, entonces, como en la mitología griega, como maldición, sigue golpeando a nuestra puerta y nos alcanza, como lo hacían las benévolas con Maximilian Aue, aquel personaje de Jonathan Littell. La muerte nos alcanza una y otra vez. ¿Amamos los argentinos este juego? La muerte nos alcanza, ¿hasta cuándo?

Juan Chaneton

Periodista y ensayista. Ha publicado: Zainuco, los precursores de la Patagonia trágica; Argentina, la ambigüedad como destino; Dios y el Diablo en la tierra del viento; La prensa y la patria; Una revolución es demasiado para un hombre solo (Manuel Dorrego piensa, una hora antes de morir). En prensa: Adagio para cuerdas (Ensayos político-literarios).

Juan Chaneton


DEBATES

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora