Cristina y el fantasma de Nisman
SEGÚN LO VEO
Fue lo que llaman una “muerte dudosa”. Puede que nunca se aclare por completo lo que sucedió aquel domingo en el que, para muchos, la Argentina dejó atrás una etapa ya intranquila para entrar en otra que motiva más miedo que esperanza. Con todo, hay una cosa que sí es cierta: el nombre de Alberto Nisman figurará en los libros de historia al lado del de Cristina Fernández de Kirchner. No le será dado borrarlo: por mucho que se esfuerce, la presidenta nunca logrará separarse del fiscal que la denunció por “fabricar la inocencia” de una pandilla de fanáticos iraníes acusados de estar detrás de un atentado antisemita en el que murieron 85 personas.
De ahora en adelante, toda vez que Cristina se mire en el espejo verá el fantasma acusador de Nisman. También lo verán las generaciones por venir. Podría protestar, como Lady Macbeth cuando gritó: “¡Fuera, maldita mancha! (…) Todos los perfumes de Arabia no darán fragancia a esta mano mía”, pero le será inútil, el fantasma de Nisman la acompañará más allá de la tumba. Acaso sería injusto que Cristina fuera recordada no por la voluntad que se atribuye de mejorar el destino de los excluidos o luchar contra el imperialismo yanqui, sino por su papel, es de suponer, meramente pasivo en la muerte de quien se había convertido en su enemigo principal; que se escriban libros y filmen películas acerca del tema, pero sucede que así se forman las imágenes de los personajes que pueblan el imaginario colectivo. Podría argüirse que la gestión de los Kirchner se ha visto afeada por episodios mucho más calamitosos que el supuesto sobre la muerte del fiscal, pero ninguno será más memorable.
¿Lo entiende Cristina? Por algunos días pareció que no, que se creía víctima de nada más grave que un operativo mediático urdido por sus archienemigos de Clarín que, con alevosía satánica, se las habían arreglado para desacreditarla hablando de las multitudinarias manifestaciones en contra del yihadismo que se celebraban en Francia. Es lo que dejó saber a través de una extraña, pero terriblemente reveladora, carta que publicó en Facebook. Llena de referencias a sí misma, como la alusión a lo desastroso que hubiera sido hace más de 34 años el estallido de una pequeña bomba en su despacho en Río Gallegos, que por fortuna fue desactivada, la larga esquela la mostró incapaz de comprender enseguida la magnitud de lo que acababa de suceder.
Sin embargo, al resultar cada vez menos sostenible la teoría del suicidio que tanto convenía al gobierno, Cristina cambió de actitud. Para desconcierto de los militantes abnegados que se habían aferrado a lo que a su juicio sería la alternativa menos mala, la del suicidio de una persona que sabía que sería humillada en público por los defensores aguerridos de la verdad kirchnerista que estaban alistándose para demolerlo, dijo estar convencida de que un hombre que, como Nisman, gozaba de “una excelente calidad de vida” jamás pensaría en matarse. En la versión revisada del relato kirchnerista, el fiscal fue un idiota útil, un pobre perejil manipulado por espías locales u operadores sin escrúpulos de los poderes concentrados, el Mossad y la embajada estadounidense, que habían decidido asesinarlo con el propósito de desprestigiar al gobierno nacional y popular.
Aunque no cabe duda de que la hipótesis adoptada por Cristina, luego de que fuera introducida por distintos militantes oficialistas, entre ellos el recién jubilado juez de la Corte Suprema Eugenio Raúl Zaffaroni, es mucho más sofisticada que la anterior, ya que no podría ser desvirtuada fácilmente por un cerrajero, un experto en armas de fuego o por el descubrimiento de un eventual video grabado por una cámara de vigilancia, y compite con otra hipótesis que ha hecho suya una parte sustancial de la población del país y aquellos comentaristas que, en el exterior, se preocupan por las inverosímiles vicisitudes argentinas.
Se trata de un relato que es muy diferente del confeccionado por Cristina y los pensadores militantes de la causa cuando confiaban en que su “proyecto” dominaría el país por muchas décadas más. Lo protagoniza un fiscal valiente y vigoroso que, por desafiar a un régimen inenarrablemente corrupto, dispuesto a ir a cualquier extremo para conseguir petróleo a cambio de granos, fue asesinado cuando se preparaba para brindar al Congreso un informe detallado de los resultados de la investigación del atentado contra la sede de la AMIA que le había tomado más de diez años.
Incluso los hay que insinúan que Cristina, asustada por lo que podría significarle la ofensiva que había emprendido Nisman en contra del acuerdo con un régimen exportador del terrorismo, fue en cierto modo la autora intelectual de su muerte. Lo dijo sin demasiados ambages la fogosa diputada Elisa Carrió: “Yo pensé que robaban, que mentían sistemáticamente, nunca pensé que pudieran matar”. Un poco más cauta, otra diputada, Patricia Bullrich, afirmó: “Me cuesta creer que la presidenta haya ordenado que lo maten”. Y en las calles, y desde el anonimato de las redes sociales, las palabras funestas “Cristina asesina” se repiten sin cesar.
Tomarlas al pie de la letra sería cuanto menos aventurado: fue previsible que para la presidenta y su gobierno la muerte misteriosa de Nisman resultaría ser un mazazo tremendo que no les traería ningún beneficio. En cambio, es legítimo vincular el presunto asesinato del fiscal al clima de violencia inminente que ha ayudado a crear una presidenta que se ha acostumbrado a calificar a sus adversarios de “golpistas” al servicio de intereses foráneos; que, para más señas, está librando una especie de guerra contra una “corporación judicial” que a su entender está en manos de jueces mafiosos y que acaba de ingeniárselas para convertir a algunos espías profesionales en mano de obra esporádicamente desocupada. Asimismo, el que sujetos como Luis D’Elía y Fernando Esteche parezcan haberse encargado de la política exterior del país sólo ha servido para confirmar las peores sospechas de los críticos más virulentos del kirchnerismo que dicen creer que, con el aval de Cristina, han degenerado en una banda delictiva que está procurando vaciar el país antes de entregar lo que todavía quede al gobierno próximo.
JAMES NEILSON
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