Fuerza natural

Llegamos al punto norte del viaje y dejamos de pedalear. Iguazú nos hipnotizó con la magia de sus cataratas, las fronteras hermanas y los ríos donde se entremezclan historias de ayer y de hoy.

Redacción

Por Redacción

En este punto del mapa nuestro diario de viaje tiene un quiebre: durante varios días no podemos escribir más que sensaciones y pensamientos sobre la maravilla natural que estuvo frente a nuestras pupilas durante solo unas horas. Pudimos ver las Cataratas de Iguazú bien de cerca y de lejos, desde Argentina y desde Brasil, desde el cielo y desde el agua. Este es un intento de describir en palabras lo que vivimos: “El río da un salto por unas peñas abajo muy altas y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye, y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más”.

Jimena Sánchez

El cuaderno de viaje del español Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en su segunda exploración por América en el año 1542 tuvo un antes y un después. Sus páginas amarillas y su tinta fresca no daban abasto: desbordaba de palabras, descripciones y detalles. Después de cinco meses de cruzar selvas, ríos y montañas a pie, descubrió más de 270 saltos que podían alucinar a cualquiera. Descubrió, sin darse cuenta, una de las siete maravillas del mundo. No se trataba de un territorio no habitado: los indígenas de la etnia mbyá-guaraní lo ayudaron a llegar a este paraíso salvaje que formaba parte de ese mundo más grande que intentaba unir como piezas de un rompecabezas infinito. Las llamó Saltos de Santa María, pero con el tiempo la lengua guaraní las bautizó con sus palabras mágicas I (agua) y Guazú (grande).

¿Desde dónde las habrá visto? ¿Cuántos pasos habrá andado por esta selva sin dueño? ¿Cuál habrá sido ese primer salto que estremeció sus sentidos, sus percepciones sobre lo ya conocido, sus creencias de naturalezas silenciosas? Hoy somos sus pies. Hoy somos exploradores de estas tierras que ya no son lo que eran: están tocadas por el hombre, están protegidas por el hombre, están siendo visitadas por miles de hombres a la vez. A pesar de haber sufrido transformaciones periféricas, ellas abrazan una fuerza que excede lo natural: llega a ser animal. Se desnudan sin vergüenza ante pupilas sobradas de asombro que admiran saltos de 20, 50 y 80 metros. Aguas que desde hace siglos corren y corren en perfecta simetría y que nos hacen sentir tan diminutos como efímeros.

Sentir a paso lento Es de mañana y el sol está altísimo. Nos tomamos el tren ecológico que une la base del parque con la última estación para llegar a la boca que todo lo devora. Desde lejos ya se escuchan caídas, pero no existe en la cabeza de nadie la imagen que vendrá después. Imaginamos el oído de ese primer explorador y su atención a estos mismos sonidos, suponemos que su primera reacción frente a tamañas voces habrá sido la construcción de alguna historia fabulosa. Nuestros pies acompañan el compás de lo que alguna vez albergó misterio. Los árboles se abren a mitad de camino y el río atestigua calma. La espesa bruma levanta altura cuando la senda se despeja de verde. Voces trueno se escuchan una y otra vez, y a los pocos metros la pasarela se convierte en un balcón que nos recuerda a las calles argentinas en horario pico: todos los turistas del parque están atascados en este sitio. Caminamos lento sin pensar, sabemos que él en nuestro lugar estaría tiritando de miedo. ¿Habrá llegado en balsa? ¿Habrá cruzado este río a pie? Nos escabullimos entre la gente como él a las rocas y ahí mismo, ahí donde parece que el agua va a seguir su curso natural, el corte en la piedra es abismal: llegamos a la caída, esa depresión que logró capturar nuestra atención durante horas.

Es abrupta: de grito grueso y penetrante. Es alta: 80 metros. Es caudalosa: el 40% del agua de las cataratas se desprende de este monumental salto con forma de herradura. La piel siente la caída como las venas, como la sangre, como los átomos. No hay cuerpo que no reaccione frente a semejante choque de energía: es ella y nosotros, ella y su expresión voluminosa frente a nuestra presencia mundana. Nos movemos de un lado a otro, acercamos los ojos al precipicio y el vapor de agua nos roza la cara: la Garganta del Diablo es un hoyo profundo donde se pierden el aliento, la mirada y la mente.

¿Se habrá imaginado Álvar Núñez que además de este gran salto había otros tantos más? Atravesamos un nuevo sendero de selva y de la pasarela más alta bajamos unos cuantos metros, pero aún seguimos admirando las cascadas desde el filo del agua. Bautismo de agua helada La última experiencia del día vale doble. Bajamos por un camino de piedras resbaladizas cuando el reloj marca las tres de la tarde. El calor es sofocante como la humedad que se siente en el aire. Nos preguntamos si Álvar Núñez se habrá animado a medir la fuerza de los saltos o si se habrá quedado con una única imagen de todo este espectáculo.

Nos sentamos en los dos últimos asientos. “Bienvenidos a bordo”, nos dice el capitán. Más de 40 personas esperan que suenen los motores de esta lancha que está a punto de zarpar. Damos una vuelta por los saltos que solo se pueden ver desde el agua y el paisaje roza un realismo natural que no se compara con ninguna sensación vivida en tierra.

La lancha aumenta la velocidad sin previo aviso y se estaciona debajo de las caídas por unos pocos segundos que se convierten en largos minutos psicológicos. La corriente fría nos hace cerrar los ojos. Todos gritamos cuando sentimos el agua, algunos levantamos los brazos, otros se esconden detrás de los asientos. Nadie puede ver a ninguno pero todos nos sentimos de la misma manera: descubrimos la fuerza arrolladora de las Cataratas del Iguazú.

En este punto del mapa nuestro diario de viaje tiene un quiebre: durante varios días no podemos escribir más que sensaciones y pensamientos sobre la maravilla natural que estuvo frente a nuestras pupilas durante solo unas horas. Pudimos ver las Cataratas de Iguazú bien de cerca y de lejos, desde Argentina y desde Brasil, desde el cielo y desde el agua. Este es un intento de describir en palabras lo que vivimos: “El río da un salto por unas peñas abajo muy altas y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye, y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más”. El cuaderno de viaje del español Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en su segunda exploración por América en el año 1542 tuvo un antes y un después. Sus páginas amarillas y su tinta fresca no daban abasto: desbordaba de palabras, descripciones y detalles. Después de cinco meses de cruzar selvas, ríos y montañas a pie, descubrió más de 270 saltos que podían alucinar a cualquiera. Descubrió, sin darse cuenta, una de las siete maravillas del mundo. No se trataba de un territorio no habitado: los indígenas de la etnia mbyá-guaraní lo ayudaron a llegar a este paraíso salvaje que formaba parte de ese mundo más grande que intentaba unir como piezas de un rompecabezas infinito. Las llamó Saltos de Santa María, pero con el tiempo la lengua guaraní las bautizó con sus palabras mágicas I (agua) y Guazú (grande). ¿Desde dónde las habrá visto? ¿Cuántos pasos habrá andado por esta selva sin dueño? ¿Cuál habrá sido ese primer salto que estremeció sus sentidos, sus percepciones sobre lo ya conocido, sus creencias de naturalezas silenciosas? Hoy somos sus pies. Hoy somos exploradores de estas tierras que ya no son lo que eran: están tocadas por el hombre, están protegidas por el hombre, están siendo visitadas por miles de hombres a la vez. A pesar de haber sufrido transformaciones periféricas, ellas abrazan una fuerza que excede lo natural: llega a ser animal. Se desnudan sin vergüenza ante pupilas sobradas de asombro que admiran saltos de 20, 50 y 80 metros. Aguas que desde hace siglos corren y corren en perfecta simetría y que nos hacen sentir tan diminutos como efímeros. Sentir a paso lento Es de mañana y el sol está altísimo. Nos tomamos el tren ecológico que une la base del parque con la última estación para llegar a la boca que todo lo devora. Desde lejos ya se escuchan caídas, pero no existe en la cabeza de nadie la imagen que vendrá después. Imaginamos el oído de ese primer explorador y su atención a estos mismos sonidos, suponemos que su primera reacción frente a tamañas voces habrá sido la construcción de alguna historia fabulosa. Nuestros pies acompañan el compás de lo que alguna vez albergó misterio. Los árboles se abren a mitad de camino y el río atestigua calma. La espesa bruma levanta altura cuando la senda se despeja de verde. Voces trueno se escuchan una y otra vez, y a los pocos metros la pasarela se convierte en un balcón que nos recuerda a las calles argentinas en horario pico: todos los turistas del parque están atascados en este sitio. Caminamos lento sin pensar, sabemos que él en nuestro lugar estaría tiritando de miedo. ¿Habrá llegado en balsa? ¿Habrá cruzado este río a pie? Nos escabullimos entre la gente como él a las rocas y ahí mismo, ahí donde parece que el agua va a seguir su curso natural, el corte en la piedra es abismal: llegamos a la caída, esa depresión que logró capturar nuestra atención durante horas. Es abrupta: de grito grueso y penetrante. Es alta: 80 metros. Es caudalosa: el 40% del agua de las cataratas se desprende de este monumental salto con forma de herradura. La piel siente la caída como las venas, como la sangre, como los átomos. No hay cuerpo que no reaccione frente a semejante choque de energía: es ella y nosotros, ella y su expresión voluminosa frente a nuestra presencia mundana. Nos movemos de un lado a otro, acercamos los ojos al precipicio y el vapor de agua nos roza la cara: la Garganta del Diablo es un hoyo profundo donde se pierden el aliento, la mirada y la mente. ¿Se habrá imaginado Álvar Núñez que además de este gran salto había otros tantos más? Atravesamos un nuevo sendero de selva y de la pasarela más alta bajamos unos cuantos metros, pero aún seguimos admirando las cascadas desde el filo del agua. Bautismo de agua helada La última experiencia del día vale doble. Bajamos por un camino de piedras resbaladizas cuando el reloj marca las tres de la tarde. El calor es sofocante como la humedad que se siente en el aire. Nos preguntamos si Álvar Núñez se habrá animado a medir la fuerza de los saltos o si se habrá quedado con una única imagen de todo este espectáculo. Nos sentamos en los dos últimos asientos. “Bienvenidos a bordo”, nos dice el capitán. Más de 40 personas esperan que suenen los motores de esta lancha que está a punto de zarpar. Damos una vuelta por los saltos que solo se pueden ver desde el agua y el paisaje roza un realismo natural que no se compara con ninguna sensación vivida en tierra. La lancha aumenta la velocidad sin previo aviso y se estaciona debajo de las caídas por unos pocos segundos que se convierten en largos minutos psicológicos. La corriente fría nos hace cerrar los ojos. Todos gritamos cuando sentimos el agua, algunos levantamos los brazos, otros se esconden detrás de los asientos. Nadie puede ver a ninguno pero todos nos sentimos de la misma manera: descubrimos la fuerza arrolladora de las Cataratas del Iguazú. De regreso nos preguntamos cómo habrá hecho Álvar Núñez para desvestirse de sus sonidos y de la bestialidad de sus altitudes. Las habrá soñado después, las habrá navegado más tarde o las habrá olvidado luego de bajarlas a palabras. Nosotros las sentimos imantadas. Son más que saltos de agua: son la ponencia más sensacional de la madre tierra.

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