Compró una chacra con frutales abandonada en la Patagonia y hoy trabajan para ponerla de pie otra vez
La compra de 17 hectáreas frutícolas en Centenario estuvo acompañada de una convicción: no erradicar el monte frutal que acumulaba cerca de un año de virtual abandono, sino recuperarlo. El ingeniero agrónomo Luis Morán quedó al frente de esa misión, ya cosecha avances y espera concretar la puesta a punto pronto.
La compra de una chacra con 17 hectáreas de peras y manzanas en Centenario, Neuquén, representó para Pablo Arpajou la oportunidad de reconectarse con una actividad de su infancia. El establecimiento acumulaba un año de abandono, con fruta sin cosechar, problemas de riego y discontinuidad en el manejo.
De la construcción a volver a apostar por la tierra
Pablo Arpajou es conocido por ser el fundador y CEO de Safiar, una de las principales desarrolladoras inmobiliarias de la región. Pero su vínculo con la tierra viene de mucho antes. Nacido en San Martín de los Andes y criado también en El Bolsón y Neuquén capital, durante su infancia descubrió la naturaleza y la producción en las huertas de Valentina Norte. A los 14 años, incluso, comenzó a colaborar con el INTA y llegó a acompañar el desarrollo de 40 huertas barriales.
La compra de la chacra de Centenario representa una manera de recuperar aquella pasión y volver a apostar por la tierra.

Arpajou convocó al ingeniero agrónomo Luis Morán, quien lleva tres meses al frente de la recuperación. Docente jubilado y con experiencia en la puesta a punto de chacras, Morán encontró un monte con problemas sanitarios y desbalance entre el crecimiento vegetativo y su capacidad productiva. El desafío consiste en recuperar progresivamente su funcionamiento, restablecer el manejo y volver a poner en producción una superficie con potencial frutícola.
El desafío de devolver el equilibrio a la chacra frutícola
Uno de los primeros problemas que encontró Morán fue la presencia de peras y manzanas que habían quedado en los árboles la temporada anterior. La fruta se pudrió sin cosechar, en un contexto de falta de riego y ausencia de labores culturales. Ese antecedente, sumado al estrés que atravesaron las plantas, pudo afectar la formación de yemas florales para la siguiente producción.
“Una de las primeras cosas que encontré fue un desbalance entre fruta y hojas. Al quedar la fruta colgada, la planta atravesó una situación anormal y se complicó la formación de las yemas de flor”, señaló. La carga frutal, el agua disponible y el manejo de la copa inciden en ese proceso y condicionan la campaña siguiente.

La situación también favorece el añerismo, fenómeno ya presente en los valles norpatagónicos. Se trata de la alternancia entre temporadas de producción abundante y otras de menor rendimiento. Cuando un árbol destina demasiados recursos a los frutos, puede reducirse la formación de yemas florales para el ciclo posterior. “Estamos en una etapa de transición. Hay que volver a encontrar el equilibrio de la planta y ver cómo responde”, explicó el ingeniero.
La recuperación busca restablecer las condiciones fisiológicas para sostener una producción regular. Morán considera que el seguimiento de cada variedad y cuadro será determinante para definir las intervenciones.
Poda en verde y “no raleo”
Morán decidió no realizar el raleo químico previsto para algunas variedades. Aunque había adquirido los productos, prefirió no aplicarlos al desconocer la respuesta de las plantas durante el abandono y sospechar estrés hídrico y nutricional.
“Tenía muchas dudas respecto de aplicar los raleadores. Si la planta está estresada, le podés producir un estrés todavía mayor. No conocía bien la historia de la chacra y preferí esperar a ver cómo respondía”, contó.

A esto se sumó el comportamiento de la floración y el cuaje. La primavera tuvo buena floración en los valles, pero las persistentes lluvias en el cuaje perjudicaron la retención de frutos. Esa circunstancia redujo la necesidad de raleo, incluso en Chañar 90, una variedad particularmente florífera en el Alto Valle. En Gala, la menor cantidad de frutos derivó en un crecimiento vegetativo más pronunciado.
Frente a ese escenario, el trabajo se concentra en la poda en verde para controlar el exceso de ramas y hojas durante el crecimiento. “En algunas plantas sobra verde y falta fruto. Si dejamos que sigan creciendo así, habrá que hacer una poda muy agresiva en invierno, que puede generar otro desbalance”, explicó.

La poda de invierno, indicó, tiende a vigorizar los árboles; la de verano reduce el crecimiento vegetativo. Por eso buscará abrir ventanas en las copas para mejorar la luz y la aireación. “En diciembre recorrés la chacra y mirás qué pasa con la luz. Si está todo sombreado, hacés pequeñas ventanas para que llegue al interior. Quiero que se formen yemas hacia adentro, que la fruta quede sobre la pared productiva y no solamente en la parte exterior”, detalló.
El objetivo es conseguir un equilibrio entre el crecimiento vegetativo y la producción de frutos. Cuando la carga frutal es excesiva en relación con la superficie foliar disponible, los árboles pueden producir manzanas de menor calibre y comprometer la formación de yemas florales para la temporada siguiente. En el extremo opuesto, un crecimiento vegetativo desmedido puede generar demasiado sombreado dentro de la copa y dificultar la formación de esas yemas, además de reducir el potencial productivo.
El suelo como capital en el Alto Valle
Otro eje es el manejo del suelo. Morán propone avanzar hacia un esquema agroecológico, con menor intervención mecánica y mantenimiento de cobertura vegetal en los interfilares, principalmente de leguminosas y gramíneas por su aporte nutricional.
“No me gusta mucho la rastra. Es una labor que en una chacra frutícola prácticamente tendríamos que dejar de hacer. Cuando tenés un suelo poblado de bacterias, hongos, lombrices y otros organismos, hay una actividad biológica que conviene preservar. Si intervenís permanentemente, alterás ese equilibrio”, sostuvo.
Su propuesta consiste en cortar el pasto, reciclar la materia orgánica y evitar remover la tierra. Considera que un suelo con cobertura vegetal conserva humedad, reduce la exposición a la radiación y favorece la actividad de los organismos del ciclo de nutrientes.

En verano planea mantener el pasto algo más largo. Según su criterio, esto favorece la acumulación de rocío sobre la vegetación, que contribuye a mantener húmeda la superficie de los frutos expuestos al sol y puede ayudar a reducir el riesgo de asoleado.
“El suelo es un capital impresionante. Lo único que tenés que hacer es nutrirlo, aportándole materia orgánica o dejando que se recicle sola. Hay que tratar de no tocarlo”, resumió.
La cobertura requiere manejo para evitar que interfiera con las labores o compita por el agua. Por eso, el corte de pasto forma parte de las tareas de esta primera etapa.
Restablecer el riego tras un año con deficiencia
La falta de agua fue uno de los principales problemas. Durante un año, la chacra tuvo un riego deficiente y algunas plantas se secaron. Recuperar las sobrevivientes requiere restablecer el suministro y evaluar su respuesta.
“El agua es el factor más importante. Y teniendo el río al lado, no podemos dejar que a las plantas les falte”, afirmó. El establecimiento cuenta con riego por manto desde el canal y dispone de una bomba para extraer agua del río Neuquén en momentos de déficit, particularmente en enero.
El riego insuficiente, además, favoreció la acumulación de sales. Morán también observó un pH elevado en el suelo. Considera que las abundantes lluvias invernales pudieron contribuir al lavado de sales, aunque la evolución de esas condiciones deberá evaluarse mediante análisis de suelo.

El restablecimiento del riego también es clave para recuperar la infraestructura contra heladas. La chacra contaba con hectáreas equipadas con aspersión, pero no estuvieron en condiciones de usarse esta temporada. “Las heladas también nos afectaron porque no estábamos preparados para afrontarlas. Algo de daño hubo, aunque no fue severo. El principal problema fue la lluvia durante la floración”, explicó.
La puesta a punto de los equipos forma parte de las tareas pendientes para afrontar bajas temperaturas.
Sanidad vegetal: la lucha contra la carpocapsa
La falta de manejo tuvo consecuencias sanitarias. Morán encontró importantes poblaciones de carpocapsa, la principal plaga de la fruticultura regional, favorecidas por la escasa cantidad de tratamientos de la temporada anterior.
“Creo que el año pasado se hicieron apenas dos curas. Todavía tenemos problemas con carpocapsa”, señaló.
La recuperación requiere un programa de monitoreo y control, además de airear las plantas. La poda en verde contribuye a esto: una copa densa impide que los tratamientos alcancen el interior y genera refugios para las plagas.

“Si tenés un bosque adentro de la planta, la pulverizadora pasa, el producto queda en la parte exterior y adentro las plagas siguen tranquilas”, graficó.
Se suma la necesidad de limpiar los interfilares y ordenar la vegetación alrededor de los árboles. La primavera lluviosa exige prestar atención a enfermedades fúngicas. “Habrá que monitorear. Estamos limpiando, aireando y recuperando el manejo sanitario”, resumió.
Morán define esta campaña como un año de transición. La respuesta de las plantas, la evolución del cuaje y la recuperación de yemas permitirán evaluar los resultados. Su expectativa es optimista: considera que la chacra puede volver a producir adecuadamente desde el próximo año.
“Una planta bien tratada siempre responde”, sostiene. La prioridad es recuperar las condiciones básicas: agua, nutrición, suelo, sanidad y manejo equilibrado de la copa para devolverle capacidad productiva a 17 hectáreas de Centenario.
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La compra de una chacra con 17 hectáreas de peras y manzanas en Centenario, Neuquén, representó para Pablo Arpajou la oportunidad de reconectarse con una actividad de su infancia. El establecimiento acumulaba un año de abandono, con fruta sin cosechar, problemas de riego y discontinuidad en el manejo.
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