Al populismo sólo se lo puede vencer venciendo la pobreza
La crítica liberal y republicana al populismo está muy clara y no vale la pena insistir sobre ella. También la de una buena izquierda, que sabe que con asistencialismo no se saca a nadie de la pobreza. Pero un fenómeno que se ha extendido sobre toda Latinoamérica y avanza también en la Europa mediterránea no debe ser subestimado y debe hacerse un esfuerzo para comprender su fuerza y su capacidad de entusiasmar a buena parte de la población. El populismo es una ideología que existe desde los comienzos mismos de la vida política, allá por la antigua Grecia. Se basa en lo sustancial en unos valores que parecen asociados a la naturaleza humana y que contienen un alto grado de prestigio moral a lo largo de toda la historia de Occidente: los de la igualdad y del sentimiento de justicia. Las elites dirigentes tradicionales de los países atrasados, la mayoría de ellas corruptas y sólo preocupadas por los beneficios que pudieron obtener de su por mucho tiempo indiscutido derecho a ejercer el poder han mostrado un notable desprecio por ese aspecto de la vida social que involucra a una buena parte de la población, tanto mayor cuanto más pobre sea esta. Por razones distintas, ligadas a una concepción filosófica en la que es el esfuerzo individual el único que puede resolver estructuralmente el problema de la pobreza, también el liberalismo más ortodoxo se ha desentendido de ese problema, rechazando dogmáticamente la idea de que el Estado deba hacer algo al respecto. Los populismos actuales, yendo más allá de los populismos de principios del siglo XX que se concentraron exclusivamente en los derechos del trabajador, han puesto un gran acento en la reivindicación de derechos igualitarios –y en la reparación de diversas formas de injusticia– de minorías de diferente tipo hasta ahora marginadas. Desde la atención a los llamados pueblos preexistentes y los homosexuales hasta los de las empleadas domésticas y las mujeres víctimas de la violencia masculina transitan un camino en el que resuenan las ideas de igualdad y justicia de las que sólo ellos se ocupan en los países pobres. Aunque en estos tópicos no puede decirse que sean originales, pues todo esto deviene del impulso de lo políticamente correcto y la discriminación positiva nacida en e impulsada por Estados Unidos, no cabe duda de que es el populismo el que ha tomado esa bandera en los países periféricos. En todos estos campos puede decirse que ha resultado exitoso, lo que explica buena parte de la adhesión social que posee. También el populismo, según su tradición más esencial, se ha asumido como el defensor de los pobres, como la única concepción política que no los deja librados a su suerte. Más allá de que en este aspecto se muestre absolutamente ineficiente, incapaz de salir de un asistencialismo romo y clientelar que reproduce y aumenta la pobreza estructural, también en este punto asume banderas de las que las elites tradicionales se han desentendido, lo que le otorga un prestigio moral que va incluso más allá de los sectores directamente beneficiados. Si nuevas clases dirigentes no populistas surgen en los países pobres, deben empezar por admitir la necesidad de una activa participación del Estado en la lucha contra la pobreza. El liberalismo, sobre todo, debe reconocer que en las sociedades atrasadas existe un amplio sector incapaz de insertarse eficientemente en el mercado capitalista actual, altamente competitivo y cada vez más basado en el conocimiento como herramienta fundamental. Eso debería plasmarse en el abandono de teorías como la del derrame o la de que la competencia produce necesariamente la elevación de la capacidad productiva de las personas. Esa nueva elite debe ser capaz de elaborar una respuesta al flagelo de la pobreza de otro tipo que la ensayada por el populismo, basada en la idea de que todo se resuelve con un Estado que les saque a los ricos para repartir entre los pobres. Y esa respuesta no puede ser otra que una activa intervención estatal en el único aspecto que puede elevar a las personas a la autonomía y eficiencia personal: el de una educación de calidad para los menos favorecidos, muy orientada a proporcionarles la posibilidad de una inserción eficiente en el sistema económico, para no tener que caer en la cuasi servidumbre de la dádiva estatal para poder malamente sobrevivir. Al populismo sólo se lo puede vencer atendiendo a su público. Sólo se lo puede vencer disminuyendo la pobreza. (*) Abogado. Exprofesor de Derecho Político
Opiniones
Ricardo Gamba – Abogado. Exprofesor de Derecho Político – gambaricardov@gmail.com
La crítica liberal y republicana al populismo está muy clara y no vale la pena insistir sobre ella. También la de una buena izquierda, que sabe que con asistencialismo no se saca a nadie de la pobreza. Pero un fenómeno que se ha extendido sobre toda Latinoamérica y avanza también en la Europa mediterránea no debe ser subestimado y debe hacerse un esfuerzo para comprender su fuerza y su capacidad de entusiasmar a buena parte de la población. El populismo es una ideología que existe desde los comienzos mismos de la vida política, allá por la antigua Grecia. Se basa en lo sustancial en unos valores que parecen asociados a la naturaleza humana y que contienen un alto grado de prestigio moral a lo largo de toda la historia de Occidente: los de la igualdad y del sentimiento de justicia. Las elites dirigentes tradicionales de los países atrasados, la mayoría de ellas corruptas y sólo preocupadas por los beneficios que pudieron obtener de su por mucho tiempo indiscutido derecho a ejercer el poder han mostrado un notable desprecio por ese aspecto de la vida social que involucra a una buena parte de la población, tanto mayor cuanto más pobre sea esta. Por razones distintas, ligadas a una concepción filosófica en la que es el esfuerzo individual el único que puede resolver estructuralmente el problema de la pobreza, también el liberalismo más ortodoxo se ha desentendido de ese problema, rechazando dogmáticamente la idea de que el Estado deba hacer algo al respecto. Los populismos actuales, yendo más allá de los populismos de principios del siglo XX que se concentraron exclusivamente en los derechos del trabajador, han puesto un gran acento en la reivindicación de derechos igualitarios –y en la reparación de diversas formas de injusticia– de minorías de diferente tipo hasta ahora marginadas. Desde la atención a los llamados pueblos preexistentes y los homosexuales hasta los de las empleadas domésticas y las mujeres víctimas de la violencia masculina transitan un camino en el que resuenan las ideas de igualdad y justicia de las que sólo ellos se ocupan en los países pobres. Aunque en estos tópicos no puede decirse que sean originales, pues todo esto deviene del impulso de lo políticamente correcto y la discriminación positiva nacida en e impulsada por Estados Unidos, no cabe duda de que es el populismo el que ha tomado esa bandera en los países periféricos. En todos estos campos puede decirse que ha resultado exitoso, lo que explica buena parte de la adhesión social que posee. También el populismo, según su tradición más esencial, se ha asumido como el defensor de los pobres, como la única concepción política que no los deja librados a su suerte. Más allá de que en este aspecto se muestre absolutamente ineficiente, incapaz de salir de un asistencialismo romo y clientelar que reproduce y aumenta la pobreza estructural, también en este punto asume banderas de las que las elites tradicionales se han desentendido, lo que le otorga un prestigio moral que va incluso más allá de los sectores directamente beneficiados. Si nuevas clases dirigentes no populistas surgen en los países pobres, deben empezar por admitir la necesidad de una activa participación del Estado en la lucha contra la pobreza. El liberalismo, sobre todo, debe reconocer que en las sociedades atrasadas existe un amplio sector incapaz de insertarse eficientemente en el mercado capitalista actual, altamente competitivo y cada vez más basado en el conocimiento como herramienta fundamental. Eso debería plasmarse en el abandono de teorías como la del derrame o la de que la competencia produce necesariamente la elevación de la capacidad productiva de las personas. Esa nueva elite debe ser capaz de elaborar una respuesta al flagelo de la pobreza de otro tipo que la ensayada por el populismo, basada en la idea de que todo se resuelve con un Estado que les saque a los ricos para repartir entre los pobres. Y esa respuesta no puede ser otra que una activa intervención estatal en el único aspecto que puede elevar a las personas a la autonomía y eficiencia personal: el de una educación de calidad para los menos favorecidos, muy orientada a proporcionarles la posibilidad de una inserción eficiente en el sistema económico, para no tener que caer en la cuasi servidumbre de la dádiva estatal para poder malamente sobrevivir. Al populismo sólo se lo puede vencer atendiendo a su público. Sólo se lo puede vencer disminuyendo la pobreza. (*) Abogado. Exprofesor de Derecho Político
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