Una vez más

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

Fue una de nuestras primeras charlas. Caminábamos los dos a orillas de mar. La brisa nos daba en el rostro y el sonido de las olas resonaba en mis oídos. “Solo lloré cinco veces en mi vida”, me dijo él. Para mí, que soy una llorona, fue una sorpresa.

Recién nos estábamos conociendo y, quizá para no incomodarlo, evité pedirle que me detallara cuáles habían sido esos momentos tan puntuales que parecía atesorar en su memoria. Creo que arqueé las cejas y levanté levemente la cabeza, como diciendo “ah, mirá vos”. Me quedé callada y él siguió hablando.

Me contó que unos días atrás se le había hecho un nudo en la garganta mientras barría el living de su departamento. En la radio sonaba Jorge Cafrune, al que sin prestarle atención había escuchado miles de veces cuando era niño porque a su papá le encantaba. Pero hasta esa tarde nunca le había prestado mayor atención.

Me di cuenta de que le costaba encontrar las palabras para expresarse. Pero se esforzaba y, por momentos, daba unos rodeos interminables con teorías acerca del llanto. Citaba a Freud, Chiozza, Kant o Houssay. Quizá para impresionarme. Pero a mi me interesaba más lo que le pasaba a él.

“Fue un instante -siguió-. La locutora dijo que el tema era de Cafrune y, como si me hubieran intentado ahorcar, me quedé casi sin aire. Estuve a punto de llorar, pero no pude. Soy como una represa a la que no le funciona el mecanismo para que salga el agua. ¿Cómo se aprende a llorar?”.

Me sentí incapaz de darle un manual de instrucciones. Además, creo que su pregunta fue retórica. Tras un breve silencio, me confesó que envidiaba a los que tienen la lágrima fácil. “Un amigo, que era gurú y sobre el que algún día te voy contar, decía que uno debería estar agradecido por tener el don de lágrimas. Qué sé yo, es muy frustrante. Cuando se me hace un nudo en la garganta creo que estoy en la antesala del llanto, pero me quedo ahí trabado”.

Pensé en preguntarle si, de las cinco veces que había llorado, recordaba qué había sido lo que había desatado ese nudo o cuándo y por qué se había permitido llorar y soltarlo todo. Al final, también es cuestión de liberarse. Si uno está constipado, desea largar lo que tiene adentro. Si otras veces había llorado, no había una incapacidad. Era como si él no supiera dónde estaba la canilla o, tal vez, cómo abrirla o cambiarle el cuerito.

No le dije nada de esto, solo le comenté que una amiga creía que las lágrimas no derramadas salen de alguna otra manera; por ejemplo, como un goteo nasal. No sé si me escuchó. Me parecía que estaba obsesionado en sus ideas. Me dijo que había leído que existen tres tipos de lágrimas. Las basales y las reflejas, que protegen al ojo de objetos extraños; y las emocionales: cuando estamos muy tristes o muy felices el cuerpo lo interpreta como una pérdida de control y produce lágrimas para estabilizar las emociones. Todo un experto en el asunto, hasta me aseguró que las lágrima liberan endorfinas y actúan como un analgésico natural.

-Ah, mirá. Yo cuando lloro me imagino que las lágrimas son mis heridas que se evaporan -comenté.

-Quiero llorar, aunque sea, una vez más -me dijo.

Ya era de noche. Seguimos caminando por la playa sin hablar por un largo rato.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


El disparador

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