La muerte íntima de Jorge Luis Borges
Borges nunca vivió en Suiza. Vivió en Ginebra que es otra cosa, y de la ciudad sólo vivió en el casco histórico. Allí también murió, el 14 de junio de 1986, hacen exactamente cuarenta años.
En la ciudad de Ginebra, Suiza, en la calle Rue de la Muse 4, murió Jorge Luis Borges, el 14 de junio de 1986, a eso de las 6 de la mañana. Habrá escuchado a Ferrer : “…será de madrugada, que es la hora en que mueren los que saben morir”.
La enfermera que lo cuidaba de noche despertó suavemente a María Kodama y le susurró: “Acaba de morir”. No hubo gritos desgarradores, la noticia era esperada desde al menos tres días. María se levantó rápidamente. Lo besó en la frente, aún tibia, con la sábana le tapó la cara.
Tomó el teléfono y llamó inmediatamente a su abogado, Fernando Soto, quien, temporariamente vivía en Ginebra. “Georgie ha muerto”. La respuesta fue inmediata: “Está bien yo me ocupo”, dijo el abogado. Estaba todo previsto. Dar parte oficial a la muerte para obtener el certificado de fallecimiento. Proporcionar información pública a la prensa. El texto estaba escrito desde hacía 10 días y solo le faltaba la fecha y la hora. María tenía en la casa el dinero necesario para los gastos inmediatos y el abogado contaba con una suma considerable para responder a imprevistos.
El diseño de la lápida ya lo tenía desde unos meses atrás un conocido marmolista de Córdoba, Argentina, al que se le había dado el dibujo que había hecho un arquitecto belga amigo de María. No le habían dado el nombre ni las fechas a labrar. Ni Borges, ni María podrían haber leído el texto escrito en sajón antiguo. La lápida era de ostentosa humildad, ginebrina. Un extremo es el dolor a la italiana, entre admiración, desgarro, y mayúsculas. Otro extremo es el despojo calvinista. Ambos estallidos emocionales.

Ni bien quebrada la rama, Borges, transformado, se posó levemente en el suelo como una ligera niebla con todos los sentidos recuperados. Lo sacudió un ligero temblor y con decisión dejó la habitación, luego la casa, pasando por debajo de las puertas. Su cuerpo quedó atrás, y por primera vez, no tenía alrededor a nadie que lo cuidara ni orientara sus pasos. No dudó y se dirigió rectamente hasta la casa que había ocupado por el año 1913 cuando había llegado a Ginebra junto a sus padres. Estaba tal como la recordaba. Se distrajo recorriendo las habitaciones con sus vivencias pegadas a las paredes. Tuvo la certera intuición que esta nueva etapa era larga; no imaginaba todo lo que sería. Y por nostalgia, recuerdos o debilidad se propuso hacer un viaje extenso por las dos ciudades que lo habían formado, Ginebra y Buenos Aires. Poco después cruzó las calles que lo llevaron hasta el Colegio Calvin donde había cursado el que sesenta años después llamaría “mi dudoso bachillerato”
Continuaba siendo un prestigioso centro de enseñanza media, fundado por Jean Calvin en 1559. Hoy es Colegio más antiguo de la ciudad. Reconoció desde la puerta a los ladrillos de sus aulas, el pupitre que le habían asignado y por un momento tuvo la visión que, en silencio y respetuosamente ingresaba junto a sus compañeros en la sala. Le costó despegarse del recuerdo, como esas cintas adherentes que cuando se intenta quitarlas se pegan en las puntas de los dedos.
Se deslizó las pocas cuadras que lo separaban de la Catedral calvinista de San Pedro. Imponente. Una roca brotando del mar. Así de adusta. Gris. Sin una sola imagen, prohibidas por el calvinismo. Sin el color de ningún vitraux. Con la silla de hierro y madera en un lugar apartado, pero de todas formas centro de referencia, que había usado Jean Calvin para sus meditaciones. Buscó el reclinatorio que utilizaba ese muchacho argentino cuando visitaba la Catedral. No lo encontró. Todo cambia. Él no era un punto de referencia.
Subió a la torre del campanario donde ese mismo día, algunas horas después, doblarían por su alma las campanas de bronce. Sonido acompasado, de barítono y bajo profundo, para hacernos meditar que así pasa la gloria del mundo. Como nubes, como velas, como sombras.
Borges nunca vivió en Suiza. No le interesaba Suiza, como sí le interesaba Italia. Borges vivió en Ginebra que es otra cosa, y de la ciudad sólo vivió en el casco histórico, de modo que aprovechó la altura en la que estaba, para formarse flecha y volar al Atlántico Sur hasta el Río de la Plata.
En la superficie María Kodama seguía paso a paso su estrategia, que había sido estructurada con los consejos y la experiencia de Soto que se había transformado en el ejecutor del plan. El interés del abogado en llevarlo adelante tiene que imaginarlo cada uno.
María era nisei asumida. Hija de un inmigrante japonés, Yosaburu Kodama, tal ves técnico químico, que había llegado a Buenos Aires en 1928, porteña pura. Por mandato ancestral estaba obligada a perfeccionar al máximo sus cualidades y una vez logrado, dar un elástico salto para subirse sobre los hombros de su padre. Así aumentar el poder y prestigio familiar.

María, hija única ya había dado ese paso. Pero, como en los circos famosos, la trapecista podía complicar la acrobacia dando otro salto para caer, ahora sobre los hombros de Borges. Ella fue la primera persona en percibir la oportunidad de crear “Borges Co.” Y pretendía el derecho de ser el CEO General de la Corporación. Tenía ejemplos para seguir. El más próximo era el de Marina Castaño, la viuda de Camilo José Cela, enemigo íntimo de Borges.
Al igual que Marina ambas mujeres fueron 40 años menores que sus famosos esposos. Treinta y ocho en el caso de María, cuarenta en el caso de Marina. Camilo, que gozaba tanto como Borges en destruir a los periodistas incautos que los entrevistaban, eran en todo lo demás diametralmente opuestos. “Lo sorprendió el haber sido laureado como Nobel de la Literatura” le preguntaron a Cela que respondió: “Absolutamente. Sobre todo porque yo esperaba el de Física”. Y Borges a otro periodista que lo indagó sobre si le afectaba no haber sido designado: “El Nobel no es para escritores, sino para personajes públicos que hacen algo fuera de la literatura. No me interesa, realmente no”.
La flecha llegó a Buenos Aires y se clavó en su barrio. La Recoleta. Se hizo sombra en un rincón de la esquina de Maipú y Tucumán. Era temprano para el horario comercial del barrio. El movimiento comenzaba después de las nueve de la mañana. Descansó.
Más tarde comenzó a recorrer el conocido barrio. Fue hasta la Librería de Alberto Casares donde compraba algunos libros y conversaba con el dueño: “después de los sesenta nunca compro un libro actual. No me interesan las novedades”, le había dicho al librero. El restaurante en el que solía almorzar ya no estaba. Ahora era una zapatería. No intentó entrar, prefirió el recuerdo. A la vuelta estaba su casa. Entró sigilosamente en ella y allí se quedó un rato. Su habitación, el cuarto de estar donde charlaba con su madre, Doña Leonor. Fue a la cocina, reinado de Epifanía Úbeda fiel empleada doméstica durante casi de 40 años. Epifanía fue tomada por Doña Leonor de adolescente, recién llegada de Corrientes. Dio una vuelta a su alrededor y aprobó: “para trabajar en casa primero tenés que cortarte las dos trenzas, y olvídate del guaraní. Aquí se habla español. Ah… te llamarás Fanny”, “Sí Señora“, alcanzó a decir la muchacha. Me pregunto si el corte de la identidad de las trenzas, quitarle el idioma natal, y cambiarle de nombre, no es expresión del esclavismo más profundo. Pero Doña Leonor era una dama católica que rechazaba todo esclavismo.
Fanny no fue cocinera, o mucama, o lavandera, solamente. Ella fue la puerta abierta del escritor al resto del país. Por ella entendió el verdadero arrabal, los cuchilleros que amorosamente relata, los vio con los ojos de Epifanía. Borges era un niño tímido, físicamente cobarde, un aterciopelado osito de peluche que descubrió el valor de lanzas y sables en la vida de sus antepasados, y el ballet de los cuchilleros en las letras de los tangos.
En la superficie se dice que Fanny utilizó dinero de la casa y fue despedida por María sin pagarle un peso. A Borges la acusación familiar no lo sumaba. Le tenía afecto cierto a la mujer. Salió sigilosamente, con respeto de la casa y se dirigió al Cementerio para ver y charlar con los suyos. No lo esperaban. Visitó a su amigo Bioy Casares porque había comprendido que él fue su único y verdadero amigo. No era incondicional, era amigo. De paso calculó donde podría descansar cuando le hiciera su nicho.
El sol ya calentaba un poco los frescos días de junio y se dirigió hasta Retiro con su ajetreo diario. Trenes, pasajeros, cargas generales, y los nombres remotos de Córdoba, Tucumán, Salta en el aire, como un amanecer lejano. Suspiró profundamente y comenzó a tomar velocidad. Se hizo torbellino alrededor de la Torre de los Ingleses, y de pronto salió disparado como un cohete rumbo de los cielos.
Allí una Sala de Recepción amplia, limpia, sin papeles en el suelo. Un letrero luminoso: “Nada para declarar”, y ese camino eligió la flecha borgiana.. No fue interrogado y pasó al patio intermedio. Un oficial de Admisión se le acercó afable: “¿Algún olvido? ¿Nada para declarar?”. Insistió la flecha:: “No.. Nada para declarar”. Le respondió el oficial: “Entonces pase” y le abrió la puerta al Jardín.
Era suavemente empujado por millones de husos algodonosos como él, que entraban en el Jardín. Se dejó llevar y el amplio espacio le fue dando más comodidad. No sabía a dónde dirigirse. Vivía como en esos grandes recitales, con la expectación de lo que tenía que suceder, pero nada comenzaba.
Buscó identidades, rasgos comunes, reconocibles, sin hallar nada. No lo esperaban, no lo guiaban. Tardó en darse cuenta de que eso era la libertad que nunca había experimentado. No estaba Victoria Ocampo que lo hizo secretario perpetuo de sus emociones. Tampoco su madre, Doña Leonor que lo manipuló toda la vida.. María estaba en la superficie construyendo su empresa. No tenía que escribir bajo las exigencias de sus editores. Estaba con su propio tiempo en sus manos. “Maestro, ¿qué debo hacer para ser libre?”. Respuesta: “¿quién te sujeta?”. Nadie lo sujetaba y esa fue la primera enseñanza del Jardín. Le faltaba la última.
Una sombra ligeramente gris teñía su apariencia. Un pecado escondido, que había, sin embargo, reconocido públicamente. “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan despiadados…”
La repetida exageración borgeana, invocar a los “glaciales del olvido y que lo pierdan despiadados”, es cómo Almafuerte diciendo:” Yo soy el resuello del mar, del mar augusto y perverso, la repercusión, el verso, la placa donde resuena, la formidable y serena rotación del universo”. Moderación, Almafuerte, no eres tanto. Sólo un excelente maestro rural, una personalidad imponente, pero muchísimo menos que la placa del Universo.
A Borges el hierro de la infelicidad lo lastraba como lo había hecho en la superficie, pero no era un gran crimen, sino una lastimadura familiar. De todos modos era una astilla de su propia cruz la que lo molestaba y le causaba ardor en lo que le quedaba de alma luego de haberla traficado tantas veces.
“Pero Alá es más sabio y en un parpadeo puede cambiar todas las circunstancias”. Notó que se le acercaba un hombre de baja talla y mirar intenso que con palabra de fuego le dijo: “me llamo Pablo. Te recuerdo que se te ha dado la libertad, para ser libre. Sé feliz”.
Dichas estas palabras sintió algo parecido a un choque eléctrico, su niebla comenzó a perder las moléculas de su pecado, como si fuesen escamas ferrosas se desprendían en diminutas motas grises que la lastraban. Comenzó a brillar con su plena luminosidad. Pablo de Tarso se fue sin dejar estela.
Ésta fue la gloria de Don Jorge Luis Borges.
En la ciudad de Ginebra, Suiza, en la calle Rue de la Muse 4, murió Jorge Luis Borges, el 14 de junio de 1986, a eso de las 6 de la mañana. Habrá escuchado a Ferrer : “…será de madrugada, que es la hora en que mueren los que saben morir”.
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