Un biólogo cruzando América

Recorrió 22.000 km en nueve meses para ir a una entrevista de trabajo en México. En el camino, preparó su tesis y vivió inolvidables aventuras.

Redacción

Por Redacción

Hay veces que una excusa nos impide hacer algo. Otras, todo lo contrario: nos impulsa hacia un destino concreto recorriendo un camino tan incierto como atractivo. Algo así le sucedió a Julián de Almeida (Buenos Aires, 1975), un licenciado en Biología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y doctor en Neurociencias por la Universidad de Barcelona. En el horizonte tenía una entrevista de trabajo en México. Entonces, puso en alquiler su departamento en Buenos Aires, agarró su mochila y salió por tierra a atravesar Sudamérica y Centroamérica para llegar a la cita.

En el camino, se encontró con una diversidad de experiencias y aventuras: conoció viajeros con los que compartió trayectos del viaje, se metió en comunidades indígenas, presenció ceremonias con sacrificios, navegó el Río Amazonas en barco, pasó días –hasta un mes– con chamanes, se quedó con comunidades hippies, trató con estafadores y entró a cuanta gruta pudo.

Mientras, De Almeida fue volcando sus vivencias en correos electrónicos y en su blog (http://partedeexistencia.com), hasta que lo convirtió en “Parte de existencia. Un biólogo por Latinoamérica”, un libro de lectura ágil y entretenida –por momentos irónica, divertida e íntima– donde relata los nueve meses del viaje que arrancó en mayo de 2012. “Uno puede ver como algo estresante no saber cuál va a ser tu próxima cama o todos los días usar un inodoro diferente. Pero estar con esa libertad conociendo gente y caminar por lugares, es como otro mundo. A veces casi que siento que no hay comparación posible con la sensación del estar de viaje”, le dice el científico a “Río Negro” en un bar de Palermo.

–¿Cómo quedó la relación con tu carrera después del viaje?

–Herida (se ríe). No por las posibilidades. Muchas veces uno no se va de viaje por el miedo típico de decir: “Dejo el laburo, ¿y después qué?”. Es la clásica excusa o miedo. Cuando volví tenía prácticamente lo mismo, incluso más opciones. Pero ya estaba un poco diferente y me enganché a escribir el libro. No me desvelaba volver a la ciencia; es una opción que siempre está, pero cada vez me parece más rara.

–Viéndolo en perspectiva, ¿algo de lo que hiciste te parece ahora peligroso?

–Para mí los lugares peligrosos son en las grandes ciudades y sus afueras. Uno no sabe hasta dónde está en peligro. Al principio entrás más asustado pero te vas cebando. Caminando por Puerto Ayacucho (en el Amazonas venezolano) yo sentía que era un lugar medio riesgoso. Cuando le pregunté a los policías dónde estaba el hotel era para ver si daba para seguir por ahí o no. La situación era violenta, había ametralladoras. Después, en los viajes hay secuencias: por ejemplo, viajé en el techo de muchas combis yendo por caminos de montaña. Eso no es muy seguro (se ríe). Pero tampoco es tan inseguro. A veces la gente tiene miedo por demás. Hay que ser precavido, en Buenos Aires tampoco te metés en cualquier barrio con la computadora bajo el brazo.

–¿Te cambió en algo la forma de pensar?

–Soy bastante cientificista a la hora de pensar todo lo que va por el lado de la ciencia o del pensamiento. Pero todo lo demás, por el lado del arte, el humor o el amor, nada de pensamiento lógico. De hecho, no me gusta mezclar esas cosas. Me parece que por el lado de la literatura está bien la confusión, pero en la ciencia no. Por eso me peleo un poco cuando la ciencia va para el lado de la confusión y se abren preguntas eternamente.

–¿Cuál es el plan ahora?

–Sigo por el lado de la escritura, salgo a viajar dentro de poco. No sé bien a dónde ni tampoco importa mucho; porque salgo hacia un lado y después me desvío. Voy a arrancar hacia el Amazonas. Quiero generar un poco más de material sobre chamanes.

–¿Y cómo te financiás?

–Alquilo el departamento en el que vivo en Boedo. Voy con un presupuesto que es alto para los más hippies y bajo para el viajero europeo, que no pueden creer que andes con 20 dólares por día. Podés viajar con cualquier presupuesto. Hay gente que viaja sin plata y van trabajando. La clásica es hacer artesanías. O unos muy hippies que se echan a dormir donde los agarra la noche y piden comida en los restaurantes.

–¿Te imaginás viajando de forma permanente?

–A veces me cuesta arrancar el viaje y cuando cruzo a Bolivia me cuestiono: ¿por qué no salí antes? ¿por qué esperé tanto tiempo? Igual, lo loco es que no me imagino nada, es como que no tengo dónde pisar. Salgo y no sé qué hay después. Escribo, pero ni idea. Podría viajar para toda la vida, pero en algún momento pintan las raíces. El hecho de ir escribiendo te cambia la mirada.

–¿Por ejemplo?

–No hago cosas para escribirlas. Pero sí al momento de vivir las cosas un poco se me aparece en la cabeza la versión escrita. Y creo que por ahí eso te hace mirar un poco más. Sobre todo me pasa con los diálogos. Mi memoria es medio rara: es muy mala para casi todo pero recuerdo muchos diálogos y cosas que fui viviendo con mucho detalles.

Travesía y aventura


Hay veces que una excusa nos impide hacer algo. Otras, todo lo contrario: nos impulsa hacia un destino concreto recorriendo un camino tan incierto como atractivo. Algo así le sucedió a Julián de Almeida (Buenos Aires, 1975), un licenciado en Biología de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y doctor en Neurociencias por la Universidad de Barcelona. En el horizonte tenía una entrevista de trabajo en México. Entonces, puso en alquiler su departamento en Buenos Aires, agarró su mochila y salió por tierra a atravesar Sudamérica y Centroamérica para llegar a la cita.

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