“La estúpida frontera”
Si bien las normas gramaticales de nuestro rico idioma me instarían a cuidarme de anteponer adjetivos a sustantivos, el valor intrínseco de las cosas admite que lo más destacable de una frase pueda ubicarse en un lugar privilegiado y merezca ser considerado en primer término. Para quienes hemos tenido la insana idea de visitar países limítrofes en los últimos tiempos (Chile en mi caso), la estupidez se sobrepone ampliamente al significado de un hito, a una línea gruesa de rayas y puntos en un mapa y a toda una historia que incluye sangre de hermanos, echada a rodar aún antes de que Francisco Pancho Moreno se decidiera a desviar un arroyo para demostrar cuan frágil era el concepto. La imagen de colas de vehículos que se miden en kilómetros, a veces por decenas, de familias con abuelos que no pueden aguantar sentados, con niños imposibles de mantener dentro de un auto por cinco horas, con damas y varones escabulléndose entre los matorrales para satisfacer necesidades fisiológicas mínimas, con caras de bronca, de resignación, de intentos de encontrarle la vuelta a lo incomprensible, de rondas de mate y hasta picaditos de fútbol, de nuevas amistades con los de adelante o los de atrás y, por qué no, algún intento de conquista amorosa, todo en general con rostros que dejan entrever una increíble resignación aunque, en algunos casos, se ha llegado al extremo absolutamente revolucionario de hacer sonar coros de bocinas que, por raros motivos, se acallan cuando faltan diez o quince vehículos para pasar la barrera; es lo que miles de argentinos hemos vivido este verano. Y al llegar, por fin, al control, cuando todo lo sufrido en la cola ha quedado atrás, se desata la obra maestra de la inutilidad: papelitos diversos a llenar cuando nadie se acordó de llevar lapiceras, volver al auto porque el nene se olvidó su DNI, recordar dónde quedó ese papel que firmamos cuando entramos y que ahora te lo piden, no perder la tirita de la barrera, soportar el chequeo visual de rostros entre foto de documento y cara propiamente dicha, a veces con algún enarcamiento de cejas que parece decir “y más o menos eeeh..!!”, sentir que se está cruzando de la República Democrática Alemana a Alemania Federal en 1963, por el Checkpoint Charlie, hacernos sentir como contrabandistas caribeños del 1600 que serán pasados por la quilla si los minuciosos agentes aduaneros comprueban que la suma de boletas de los supermercados, más los dos pantalones, las tres cajas de cerveza artesanal, las latas de cholgas, machas y mariscos varios, las dos botellas de Cousiño Macul y el destapador eléctrico no superan la inmerecida según las caras franquicia que, como favor real, se nos otorga. Y luego de comprobar este balance minucioso, pasar todos (entiéndase, no algunos al azar o por dedo o como sea: todos) por la revisión del equipaje, de los paquetes en los asientos, de las guanteras, de debajo de los asientos y de cuanto lugar sospechoso exista en el sedán familiar, porque todos somos culpables de mentir en el trámite previo hasta que el revisor determine que dijimos la verdad, es la moneda corriente de estas merecidas vacaciones. Hace unos días, luego de finalizar una de estas verdaderas travesías, llegamos finalmente a casa totalmente abatidos y desconsolados y, sin desarmar bártulos ni cenar, nos tiramos (literalmente) a dormir. Ya en pleno sueño, me vi llegando desde un país vecino a la frontera de nuestra amada patria, donde nos recibía un edificio similar a una estación de peaje por cuyos diferentes puestos pasábamos varios autos a la vez (en paralelo) mostrábamos los documentos de todos, el del auto, nos preguntaban amablemente si traíamos algo que merecía una declaración, todo sin bajarnos y rápido. Terminado este sencillo trámite, se encendía una luz verde y se levantaba una barrera, fin del trámite y nos íbamos. Pude ver que en algún otro puesto, absolutamente al azar, al terminar el trámite se encendía una luz amarilla y se invitaba al conductor a efectuar una revisión directa, rápida y respetuosa para confirmar lo dicho en el puesto. Algún ruido, o la escandalosa irrealidad del sueño, hizo que me despertara. La realidad de lo que había vivido horas antes me cayó como un balde de agua fría y me invadió una terrible desazón, pero me permití pensar: ¿estamos tan lejos de ese sueño? Señoras y señores, responsables de que la frontera deje de ser estúpida, ¿estamos tan lejos de mi sueño? Federico Rubén Ponti DNI 10.835.914 San Martín de los Andes
Federico Rubén Ponti DNI 10.835.914 San Martín de los Andes
Si bien las normas gramaticales de nuestro rico idioma me instarían a cuidarme de anteponer adjetivos a sustantivos, el valor intrínseco de las cosas admite que lo más destacable de una frase pueda ubicarse en un lugar privilegiado y merezca ser considerado en primer término. Para quienes hemos tenido la insana idea de visitar países limítrofes en los últimos tiempos (Chile en mi caso), la estupidez se sobrepone ampliamente al significado de un hito, a una línea gruesa de rayas y puntos en un mapa y a toda una historia que incluye sangre de hermanos, echada a rodar aún antes de que Francisco Pancho Moreno se decidiera a desviar un arroyo para demostrar cuan frágil era el concepto. La imagen de colas de vehículos que se miden en kilómetros, a veces por decenas, de familias con abuelos que no pueden aguantar sentados, con niños imposibles de mantener dentro de un auto por cinco horas, con damas y varones escabulléndose entre los matorrales para satisfacer necesidades fisiológicas mínimas, con caras de bronca, de resignación, de intentos de encontrarle la vuelta a lo incomprensible, de rondas de mate y hasta picaditos de fútbol, de nuevas amistades con los de adelante o los de atrás y, por qué no, algún intento de conquista amorosa, todo en general con rostros que dejan entrever una increíble resignación aunque, en algunos casos, se ha llegado al extremo absolutamente revolucionario de hacer sonar coros de bocinas que, por raros motivos, se acallan cuando faltan diez o quince vehículos para pasar la barrera; es lo que miles de argentinos hemos vivido este verano. Y al llegar, por fin, al control, cuando todo lo sufrido en la cola ha quedado atrás, se desata la obra maestra de la inutilidad: papelitos diversos a llenar cuando nadie se acordó de llevar lapiceras, volver al auto porque el nene se olvidó su DNI, recordar dónde quedó ese papel que firmamos cuando entramos y que ahora te lo piden, no perder la tirita de la barrera, soportar el chequeo visual de rostros entre foto de documento y cara propiamente dicha, a veces con algún enarcamiento de cejas que parece decir “y más o menos eeeh..!!”, sentir que se está cruzando de la República Democrática Alemana a Alemania Federal en 1963, por el Checkpoint Charlie, hacernos sentir como contrabandistas caribeños del 1600 que serán pasados por la quilla si los minuciosos agentes aduaneros comprueban que la suma de boletas de los supermercados, más los dos pantalones, las tres cajas de cerveza artesanal, las latas de cholgas, machas y mariscos varios, las dos botellas de Cousiño Macul y el destapador eléctrico no superan la inmerecida según las caras franquicia que, como favor real, se nos otorga. Y luego de comprobar este balance minucioso, pasar todos (entiéndase, no algunos al azar o por dedo o como sea: todos) por la revisión del equipaje, de los paquetes en los asientos, de las guanteras, de debajo de los asientos y de cuanto lugar sospechoso exista en el sedán familiar, porque todos somos culpables de mentir en el trámite previo hasta que el revisor determine que dijimos la verdad, es la moneda corriente de estas merecidas vacaciones. Hace unos días, luego de finalizar una de estas verdaderas travesías, llegamos finalmente a casa totalmente abatidos y desconsolados y, sin desarmar bártulos ni cenar, nos tiramos (literalmente) a dormir. Ya en pleno sueño, me vi llegando desde un país vecino a la frontera de nuestra amada patria, donde nos recibía un edificio similar a una estación de peaje por cuyos diferentes puestos pasábamos varios autos a la vez (en paralelo) mostrábamos los documentos de todos, el del auto, nos preguntaban amablemente si traíamos algo que merecía una declaración, todo sin bajarnos y rápido. Terminado este sencillo trámite, se encendía una luz verde y se levantaba una barrera, fin del trámite y nos íbamos. Pude ver que en algún otro puesto, absolutamente al azar, al terminar el trámite se encendía una luz amarilla y se invitaba al conductor a efectuar una revisión directa, rápida y respetuosa para confirmar lo dicho en el puesto. Algún ruido, o la escandalosa irrealidad del sueño, hizo que me despertara. La realidad de lo que había vivido horas antes me cayó como un balde de agua fría y me invadió una terrible desazón, pero me permití pensar: ¿estamos tan lejos de ese sueño? Señoras y señores, responsables de que la frontera deje de ser estúpida, ¿estamos tan lejos de mi sueño? Federico Rubén Ponti DNI 10.835.914 San Martín de los Andes
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