“A la digna memoria de Osvaldo Álvarez Guerrero”

Por Redacción

Hoy se cumplen cuatro años del fallecimiento de Osvaldo Álvarez Guerrero, y su recuerdo se agiganta ante el desértico panorama, ético e intelectual, que hoy ofrece la política argentina, particularmente la de Río Negro. Álvarez Guerrero honró la primera magistratura rionegrina desde diciembre de 1983 hasta 1987, en la difícil etapa que siguió a la recuperación de la democracia, y debió dar inicio a la reconstrucción de una provincia que era una sumatoria de regiones desvinculadas entre sí, que apenas se identificaban por la devastación económica y social que había dejado la dictadura. Como parlamentario defendió siempre, con pasión y rigor intelectual, la causa de la libertad, la justicia y los intereses nacionales, y le tocó hacerlo en dos de los momentos más sombríos de la Argentina. Durante el período constitucional que se inició en 1973 y fue clausurado por el golpe de Estado de 1976, cuando la violencia y la intolerancia se apoderaron de la vida política y social del país, y luego desde 1987 a 1991, etapa en cuyo desarrollo medio se inició la “era” menemista con su correlato de degradación institucional, corrupción impúdica y entrega del patrimonio nacional. Luchador por el Estado de derecho y las libertades públicas, fue un connotado defensor de presos políticos y sociales, lo que le valió la meritoria calificación de “excluido” para el diálogo de la civilidad con el gobierno de facto, proviniendo el mérito de que fue la dictadura quien lo ubicó en esa categoría. Dotado de una extensa cultura, era un intelectual inquieto y profundo que deleitaba con su oratoria y atrapaba a los lectores mediante su escritura, que volcó en los libros y artículos que publicó, entre los que se destacaban las colaboraciones que frecuentemente publicaba este prestigioso diario. Pero ante todo Álvarez Guerrero era sustancialmente un político, que convirtió la militancia de toda su vida en una equilibrada relación entre la prédica elevada y la práctica coherente. Como tal, entre sus virtudes dos sobresalían. Álvarez Guerrero priorizaba las ideas y sus mecanismos de debate y expresión y, ligada a ella en el mismo orden jerárquico, rechazaba el relativismo ético, al sostener que no existía causa o motivo que exculpara en la política a los actos que transgredieran los límites del deber. Fue así que dio un combate duro e incomprendido en el momento del pleno auge universal del pragmatismo, cuando un idolatrado Francis Fukuyama anunciaba la muerte de las ideologías y cuando el fin relativizaba la consideración ética de los actos. Las semillas fértiles de su pensamiento y de sus acciones viven en la mente y en el corazón de quienes lo conocimos, y están dispuestas para aquellos que quieran saber cómo puede ser la política una de las actividades más nobles. Por ello evoco su digna memoria en estos fragmentos de “Retrato”, de Antonio Machado, que tan fielmente lo reflejan: “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno; y más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy en el buen sentido de la palabra, bueno… Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una… Converso con el hombre que siempre va conmigo –quien habla solo espera hablar a Dios un día–; mi soliloquio es plática con este buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía…”. Roberto de Bariazarra DNI 8.533.725 Cinco Saltos

Roberto de Bariazarra DNI 8.533.725 Cinco Saltos