A toda velocidad
Desde hace varias décadas, todos los gobiernos nacionales se han comprometido con tanta tenacidad con un “rumbo” económico determinado que se han negado a prestar atención a quienes les advertían sobre lo peligroso que les sería seguir por el mismo camino. En todos los casos, el país ha pagado un precio muy elevado por la tozudez voluntarista de sus gobernantes. La actitud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no es una excepción a esta regla. Como nos recuerda con frecuencia, está resuelta a defender, cueste lo que costare y contra viento y marea, lo que –lo mismo que sus antecesores– llama “el modelo”. Parecería que, al igual que tantos mandatarios peronistas, radicales y militares, está convencida de que dejarse impresionar por las luces de alarma que están encendiéndose sería tomado por evidencia de debilidad, razón por la que hay que reaccionar frente a ellas como si sólo se tratara de propaganda opositora, no de datos concretos que le convendría registrar. Según un informe del muy influyente semanario “The Economist”, la economía argentina es la más “sobrecalentada” del planeta, seguida, a una distancia respetuosa, por Brasil, Hong Kong, la India, Indonesia, Turquía y Vietnam. Para llegar a dicha conclusión, el periódico analizó seis indicadores distintos: la inflación, el crecimiento del producto bruto en relación con la tendencia histórica, la evolución de la tasa de desempleo, la expansión del crédito, la tasa de interés real y las vicisitudes previstas en el balance externo. Asimismo, hay un consenso de que para continuar creciendo a “tasas chinas” sería necesario contar con un nivel similar de inversiones, pero por desgracia aquí los empresarios son reacios a arriesgarse y el Estado, a diferencia de su equivalente en China, no está en condiciones de reemplazarlos. Aunque nadie vaticina un estallido del tipo con el que a través de los años nos hemos familiarizado, muchos creen que nos aguarda un período acaso prolongado de “estanflación”, o sea de crecimiento reducido acompañado por alzas constantes del costo de vida. La Argentina siempre ha sido un país en que algunos años de crecimiento vigoroso posibilitado por una coyuntura internacional favorable se han alternado con otros recesivos. Si bien se supone que, merced en buena parte a las compras de China y sus vecinos, los precios de los productos del campo, comenzando con la soja, seguirán altos en comparación con los vigentes antes del 2002, no es demasiado probable que se mantengan a su nivel actual. Sería mejor, pues, que el gobierno aprovechara la oportunidad que le ha supuesto el boom de commodities para prepararse para enfrentar la situación relativamente adversa que podría estar acercándose, pero no hay muchos motivos para creer que esté dispuesto a actuar con cierta cautela a fin de minimizar los riesgos. No sólo ha hecho de la larga campaña electoral una prioridad absoluta sino que también parece haber decidido que el destino del “modelo” es más importante que el del país mismo y por lo tanto privilegia sus objetivos políticos particulares por encima de los resultados concretos de su gestión. Si bien cuando es cuestión de manejar la economía en nuestro país la miopía es tradicional, pocos gobiernos han sido tan propensos a resistirse a pensar en el mediano plazo, para no hablar del largo, como el kirchnerista, de ahí el escaso interés en tomar medidas encaminadas a estimular la inversión, una crisis energética que se agrava cada vez más y el deterioro notable de la educación pública. Cristina y sus colaboradores parecen creer que, puesto que hasta ahora tales factores no han incidido en la intención de voto, sería una pérdida de tiempo dejarse preocupar por ellos. De ser así se equivocan, ya que de resultar reelegida Cristina será la encargada de manejar una economía recalentada, con una tasa de inflación que esté entre las más altas del mundo, cuyo índice riesgo país sea por lo menos tres veces superior al ostentado por Brasil y Uruguay. Aunque cierto grado de optimismo puede considerarse positivo, en el caso de la presidenta y su compañero de fórmula, el ministro de Economía Amado Boudou, se asemeja más a ceguera voluntarista que a la ecuanimidad propia de quienes saben distinguir entre los riesgos auténticos y los inventados por los “agoreros”.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Sábado 9 de julio de 2011
Desde hace varias décadas, todos los gobiernos nacionales se han comprometido con tanta tenacidad con un “rumbo” económico determinado que se han negado a prestar atención a quienes les advertían sobre lo peligroso que les sería seguir por el mismo camino. En todos los casos, el país ha pagado un precio muy elevado por la tozudez voluntarista de sus gobernantes. La actitud de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no es una excepción a esta regla. Como nos recuerda con frecuencia, está resuelta a defender, cueste lo que costare y contra viento y marea, lo que –lo mismo que sus antecesores– llama “el modelo”. Parecería que, al igual que tantos mandatarios peronistas, radicales y militares, está convencida de que dejarse impresionar por las luces de alarma que están encendiéndose sería tomado por evidencia de debilidad, razón por la que hay que reaccionar frente a ellas como si sólo se tratara de propaganda opositora, no de datos concretos que le convendría registrar. Según un informe del muy influyente semanario “The Economist”, la economía argentina es la más “sobrecalentada” del planeta, seguida, a una distancia respetuosa, por Brasil, Hong Kong, la India, Indonesia, Turquía y Vietnam. Para llegar a dicha conclusión, el periódico analizó seis indicadores distintos: la inflación, el crecimiento del producto bruto en relación con la tendencia histórica, la evolución de la tasa de desempleo, la expansión del crédito, la tasa de interés real y las vicisitudes previstas en el balance externo. Asimismo, hay un consenso de que para continuar creciendo a “tasas chinas” sería necesario contar con un nivel similar de inversiones, pero por desgracia aquí los empresarios son reacios a arriesgarse y el Estado, a diferencia de su equivalente en China, no está en condiciones de reemplazarlos. Aunque nadie vaticina un estallido del tipo con el que a través de los años nos hemos familiarizado, muchos creen que nos aguarda un período acaso prolongado de “estanflación”, o sea de crecimiento reducido acompañado por alzas constantes del costo de vida. La Argentina siempre ha sido un país en que algunos años de crecimiento vigoroso posibilitado por una coyuntura internacional favorable se han alternado con otros recesivos. Si bien se supone que, merced en buena parte a las compras de China y sus vecinos, los precios de los productos del campo, comenzando con la soja, seguirán altos en comparación con los vigentes antes del 2002, no es demasiado probable que se mantengan a su nivel actual. Sería mejor, pues, que el gobierno aprovechara la oportunidad que le ha supuesto el boom de commodities para prepararse para enfrentar la situación relativamente adversa que podría estar acercándose, pero no hay muchos motivos para creer que esté dispuesto a actuar con cierta cautela a fin de minimizar los riesgos. No sólo ha hecho de la larga campaña electoral una prioridad absoluta sino que también parece haber decidido que el destino del “modelo” es más importante que el del país mismo y por lo tanto privilegia sus objetivos políticos particulares por encima de los resultados concretos de su gestión. Si bien cuando es cuestión de manejar la economía en nuestro país la miopía es tradicional, pocos gobiernos han sido tan propensos a resistirse a pensar en el mediano plazo, para no hablar del largo, como el kirchnerista, de ahí el escaso interés en tomar medidas encaminadas a estimular la inversión, una crisis energética que se agrava cada vez más y el deterioro notable de la educación pública. Cristina y sus colaboradores parecen creer que, puesto que hasta ahora tales factores no han incidido en la intención de voto, sería una pérdida de tiempo dejarse preocupar por ellos. De ser así se equivocan, ya que de resultar reelegida Cristina será la encargada de manejar una economía recalentada, con una tasa de inflación que esté entre las más altas del mundo, cuyo índice riesgo país sea por lo menos tres veces superior al ostentado por Brasil y Uruguay. Aunque cierto grado de optimismo puede considerarse positivo, en el caso de la presidenta y su compañero de fórmula, el ministro de Economía Amado Boudou, se asemeja más a ceguera voluntarista que a la ecuanimidad propia de quienes saben distinguir entre los riesgos auténticos y los inventados por los “agoreros”.
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