A una década de la última noche redonda



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A diez años de su último show en el estadio Mario Kempes (ex Chateau Carreras) de la ciudad de Córdoba, la banda de rock Los Redondos, liderada por el Indio Solari y Skay Beilinson, continúa intacta en la memoria de sus seguidores, que la erigieron en la más popular de la historia del rock argentino.

Pasó una década desde aquel faraónico recital que marcó un final hasta ahora sin retorno del grupo platense, pero el tiempo transcurrido parece no haber hecho mella ni en la leyenda ni en la vitalidad de una propuesta que por estética y también por formato independiente abrió nuevas vertientes en la rica tradición roquera de la Argentina.

A pesar de las escuetas posibilidades de un regreso debido a las diferencias aparentemente irreconciliables entre el cantante Carlos Indio Solari y el guitarrista Eduardo Skay Beilinson, lo cierto es que su música pasó de generación en generación y se mantiene en la memoria de sus miles de fanáticos.

En ese último y emblemático show que Los Redondos dieron en agosto del 2001 también estuvieron presentes otro histórico como el bajista Semilla Bucciarelli, Walter Sidotti (batería), Sergio Dawi (saxofón) y Hernán Aranberri (batería y samplers), a los que se sumó Ricardo Cohen (Rocambole).

Casi 50.000 personas fueron testigos de una puesta extraordinaria que marcó un récord de convocatoria y que pese a una buena organización a cargo de Carmen Castro, “La Negra Poly” (mánager y “alma máter” del grupo), no pudo evitar el fatal saldo de un muerto (el santafesino Jorge Felippi, quien falleció al caer desde una baranda).

En la imponente trayectoria de 25 años hubo otro hecho trágico que salpicó a la agrupación y tuvo que ver con el asesinato de Walter Bulacio, un joven de 17 años que murió el 26 de abril de 1991, una semana más tarde de haber sido “levantado” por la policía mientras pugnaba por ingresar al estadio Obras para ver a Los Redondos.

Ese crimen que todavía es un emblema del accionar represivo de las llamadas fuerzas del orden aún no ha podido encontrar un cauce de justicia ya que el juicio oral contra el único implicado en la causa, el ex comisario Miguel Ángel Espósito, volvió a ser pospuesto sin fecha.

De Bulacio a Felippi, Los Redondos pagaron un alto precio por una masividad puesta apasionadamente en juego ante cada misa pagana y puede considerarse que fue una de las causas que restaron regularidad a los recitales y condenaron a la banda a un trabajo menos grupal y más atado al estudio de grabación que a los escenarios.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tuvo sus inicios en La Plata en 1976 y fue una suerte de desprendimiento de La Cofradía de la Flor Solar, una agrupación integrada por unos 15 músicos rotativos, instrumentistas que se turnaban en aquellos conciertos que tenían como presentador a Enrique Symns, quien le aportaba un tono poético y místico a cada puesta.

En sus comienzos, al trío hegemónico que formaban Solari, Beilinson y Poly también se sumaba Ricardo Cohen “Rocambole”, una especie de director artístico de la agrupación.

La popularidad llegó a fines de los 80, época en la que el grupo ya se había constituido como una propuesta autogestionada que se mantenía al margen de los cánones del negocio musical del momento, proponiendo así una nueva forma de encarar el arte.

A lo largo de su trayectoria, Los Redondos registraron “Gulp!” (1985), “Oktubre” (1986), “Un baión para el ojo idiota” (1988), “¡Bang! ¡Bang! Estás liquidado” (1989), “La mosca y la sopa” (1991), “En directo” (1992), “Cordero atado” (1993), “Lobo suelto” (1993), “Luzbelito” (1996), “Último bondi a Finisterre” (1998) y “Momo sampler” (2000).

A partir de la anunciada retirada del 2001, tanto el Indio como Skay emprendieron sus carreras en solitario, en las que cada uno volcó su capacidad a la hora de componer, sus recursos musicales, su impronta estética y su singularidad artística. Entre el público “ricotero” y en el ambiente roquero local el mito de la gran banda sigue intacto y se retroalimenta no sólo en la voz de sus protagonistas cuando en sus shows (multitudinarios en el caso de Solari) generan euforia al entonar los clásicos de la banda sino también en las discusiones donde se pone en cuestión si el alma del grupo habita más en el Indio o si se sostiene mejor en Skay.

Pero, más allá de ese debate superfluo, lo concreto es que el corazón del grupo se escucha precisamente en esa conjunción mágica que aunó el sonido personal de Skay y sus reconocibles “yeites” pegadizos, con la magnética voz del Indio y su lírica envolvente y sugestiva. Mientras Solari profundizó su trabajo en las letras y se animó a una búsqueda más experimental y oscura en “El tesoro de los inocentes” (2004), “Porco Rex” (2007) y “El perfume de la tempestad” (2010), Skay se inclinó hacia un sonido más roquero y cuidado en “A través del mar de los Sargazos” (2002), “Talismán” (2004), “La marca de Caín” (2007) y “¿Dónde vas? (2010). (Télam)


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