“Accidentes de tránsito: una propuesta”
Según nos informan las estadísticas, 73.000 personas han fallecido en accidentes de tránsito en nuestro país en los últimos diez años. Se puede estimar que un número cuatro veces mayor –o sea, cercano a las 300.000 personas– en los últimos diez años ha sufrido lesiones, muchas de ellas graves, por lo que ha quedado con secuelas permanentes que redujeron de manera drástica su calidad de vida. La pregunta obligada que toda nuestra sociedad se hace se refiere a las acciones posibles de tomar para disminuir estas cifras tan elevadas de víctimas de accidentes de tránsito, que representan una verdadera “endemia”. Hay actualmente planes oficiales que, me parece, apuntan a mejorar las leyes y reglamentaciones y su implementación pero soslayan el hecho de que los argentinos, en término medio (tanto los conductores de vehículos como quienes están en principio encargados de sancionar y corregir esas faltas), somos, casi sin excepción, transgresores en mayor o menor grado y consideramos, en promedio, que muchas de las transgresiones que cometemos son faltas menores, no graves, algo que las estadísticas se obstinan en contradecir. Así, las conductas que las leyes consideran obligatorias para los conductores de vehículos y que ellos deberían cumplir y cuya inobservancia los inspectores habrían de sancionar como faltas no parecen ser consideradas como obligatorias sino sólo tomadas en cuenta como “recomendaciones” del sistema legal. Como ejemplos quisiera citar la obligación de usar el cinturón de seguridad, de transitar con las luces bajas encendidas, de no cruzar las rayas amarillas en el pavimento –tanto simples como dobles–, de respetar las velocidades máximas, de mantenerse a una distancia mínima segura, según la velocidad, del vehículo que nos antecede… en fin, una lista tan larga como se quiera. Cada tanto aparecen en los medios denuncias de lectores, avaladas con fotos, sobre transgresiones de ocurrencia diaria en nuestras rutas. Esas transgresiones serían anecdóticas, diríamos casi pintorescas, sobre el comportamiento medio de los argentinos si no fuera por la contundencia de las estadísticas antes mencionadas y porque en el mismo momento en que el lector lee estas líneas en por lo menos una decena de sitios de nuestro país está saliendo de su casa, en automóvil, una familia compuesta por esposos, padres o abuelos, con sus hijos o nietos, que no sabe, no puede adivinarlo, que en pocos instantes u horas entrará a formar parte de esa fría y cruel estadística que mencionamos al principio. Lo mismo vale para quien, en calidad de simple peatón, sale de su casa y se para en una esquina a esperar un colectivo. Nadie planifica los accidentes, nadie sabe que en pocos instantes u horas más, después de salir de su casa , puede sufrir un accidente que podría tener como secuela la muerte o lesiones graves. No, ésas son cosas que les suceden a otros. Las causas de que eso suceda pueden ser varias. Si estamos en un vehículo, podría suceder que quien nos cruza en su automóvil, en sentido contrario, sufra una distracción, un mareo o un desmayo o que haya bebido de más, salga de su carril e impacte de manera frontal nuestro vehículo. O que algo aparezca súbitamente enfrente nuestro, tengamos que frenar y quien nos precede esté demasiado cerca para la velocidad con que nos desplazamos y no tengamos el tiempo mínimo necesario para que el vehículo se detenga sin chocar. Para el caso de los peatones, que uno de esos vehículos salga del camino e ingrese en la acera o la banquina y lo atropelle. Quizás nosotros, ciudadanos medios, no estábamos preparados para que eso nos sucediera después, quizás, de unos cuantos años de conducir sin que nada nos pasara, así que pensamos que todo sucederá igual que anteriormente, que los accidentes les suceden a los otros, sin sospechar que esta vez algo puede cambiar o ha cambiado y de manera muy brutal. ¿De qué manera podríamos evitar que esto sucediera? ¿Cómo actuar para cambiar esta situación? Bueno, mi propuesta es que no ocultemos, no soslayemos, la forma, el cómo se producen esos graves accidentes de tránsito, sino todo lo contrario: que el ciudadano medio, a través de la tevé y de una dramatización apropiada con actores profesionales o no interpretando personajes ficticios que exhiban todos los detalles de lo acontecido en esos accidentes, pueda estimar y valorar, reviviendo esos momentos y sufriendo junto a esas víctimas, cuáles pueden ser las situaciones que ya les han sucedido a otros conciudadanos y tratar de evitarlas mejorando sus hábitos como conductor y, si eso fuera posible, mejorar sus actitudes tanto en su rol de protagonista activo como de víctima pasiva. Esta simple propuesta, que de ningún modo creo que debiera ser considerada como una panacea, apunta a hacer algo concreto, posible, para mejorar nuestra manera de conducir, de comportarnos, cuando estamos conduciendo algo tan potencialmente letal como un vehículo. Edgardo A. Bisogni LE 5.130.696 Bariloche
Edgardo A. Bisogni LE 5.130.696 Bariloche
Según nos informan las estadísticas, 73.000 personas han fallecido en accidentes de tránsito en nuestro país en los últimos diez años. Se puede estimar que un número cuatro veces mayor –o sea, cercano a las 300.000 personas– en los últimos diez años ha sufrido lesiones, muchas de ellas graves, por lo que ha quedado con secuelas permanentes que redujeron de manera drástica su calidad de vida. La pregunta obligada que toda nuestra sociedad se hace se refiere a las acciones posibles de tomar para disminuir estas cifras tan elevadas de víctimas de accidentes de tránsito, que representan una verdadera “endemia”. Hay actualmente planes oficiales que, me parece, apuntan a mejorar las leyes y reglamentaciones y su implementación pero soslayan el hecho de que los argentinos, en término medio (tanto los conductores de vehículos como quienes están en principio encargados de sancionar y corregir esas faltas), somos, casi sin excepción, transgresores en mayor o menor grado y consideramos, en promedio, que muchas de las transgresiones que cometemos son faltas menores, no graves, algo que las estadísticas se obstinan en contradecir. Así, las conductas que las leyes consideran obligatorias para los conductores de vehículos y que ellos deberían cumplir y cuya inobservancia los inspectores habrían de sancionar como faltas no parecen ser consideradas como obligatorias sino sólo tomadas en cuenta como “recomendaciones” del sistema legal. Como ejemplos quisiera citar la obligación de usar el cinturón de seguridad, de transitar con las luces bajas encendidas, de no cruzar las rayas amarillas en el pavimento –tanto simples como dobles–, de respetar las velocidades máximas, de mantenerse a una distancia mínima segura, según la velocidad, del vehículo que nos antecede... en fin, una lista tan larga como se quiera. Cada tanto aparecen en los medios denuncias de lectores, avaladas con fotos, sobre transgresiones de ocurrencia diaria en nuestras rutas. Esas transgresiones serían anecdóticas, diríamos casi pintorescas, sobre el comportamiento medio de los argentinos si no fuera por la contundencia de las estadísticas antes mencionadas y porque en el mismo momento en que el lector lee estas líneas en por lo menos una decena de sitios de nuestro país está saliendo de su casa, en automóvil, una familia compuesta por esposos, padres o abuelos, con sus hijos o nietos, que no sabe, no puede adivinarlo, que en pocos instantes u horas entrará a formar parte de esa fría y cruel estadística que mencionamos al principio. Lo mismo vale para quien, en calidad de simple peatón, sale de su casa y se para en una esquina a esperar un colectivo. Nadie planifica los accidentes, nadie sabe que en pocos instantes u horas más, después de salir de su casa , puede sufrir un accidente que podría tener como secuela la muerte o lesiones graves. No, ésas son cosas que les suceden a otros. Las causas de que eso suceda pueden ser varias. Si estamos en un vehículo, podría suceder que quien nos cruza en su automóvil, en sentido contrario, sufra una distracción, un mareo o un desmayo o que haya bebido de más, salga de su carril e impacte de manera frontal nuestro vehículo. O que algo aparezca súbitamente enfrente nuestro, tengamos que frenar y quien nos precede esté demasiado cerca para la velocidad con que nos desplazamos y no tengamos el tiempo mínimo necesario para que el vehículo se detenga sin chocar. Para el caso de los peatones, que uno de esos vehículos salga del camino e ingrese en la acera o la banquina y lo atropelle. Quizás nosotros, ciudadanos medios, no estábamos preparados para que eso nos sucediera después, quizás, de unos cuantos años de conducir sin que nada nos pasara, así que pensamos que todo sucederá igual que anteriormente, que los accidentes les suceden a los otros, sin sospechar que esta vez algo puede cambiar o ha cambiado y de manera muy brutal. ¿De qué manera podríamos evitar que esto sucediera? ¿Cómo actuar para cambiar esta situación? Bueno, mi propuesta es que no ocultemos, no soslayemos, la forma, el cómo se producen esos graves accidentes de tránsito, sino todo lo contrario: que el ciudadano medio, a través de la tevé y de una dramatización apropiada con actores profesionales o no interpretando personajes ficticios que exhiban todos los detalles de lo acontecido en esos accidentes, pueda estimar y valorar, reviviendo esos momentos y sufriendo junto a esas víctimas, cuáles pueden ser las situaciones que ya les han sucedido a otros conciudadanos y tratar de evitarlas mejorando sus hábitos como conductor y, si eso fuera posible, mejorar sus actitudes tanto en su rol de protagonista activo como de víctima pasiva. Esta simple propuesta, que de ningún modo creo que debiera ser considerada como una panacea, apunta a hacer algo concreto, posible, para mejorar nuestra manera de conducir, de comportarnos, cuando estamos conduciendo algo tan potencialmente letal como un vehículo. Edgardo A. Bisogni LE 5.130.696 Bariloche
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