¿Aceptará Francisco a Anita?

El liderazgo de Bergoglio ocurre en una encrucijada para la Iglesia similar al clima de los 60, con “La Dolce Vita”.

Por Redacción

Carlos torrengo carlostorrengo@hotmail.com

Ayer, muy temprano, en una confitería frente a la Catedral de San Isidro, “Río Negro” se reunió con un teólogo y jesuita vinculado con esa diócesis. Un espacio que en el último cuarto de siglo estuvo liderado por dos hombres inteligentes: monseñor Laguna primero, Casaretto luego. –¿Y ahora? –preguntó este diario. –Y ahora… ahora lo que tiene que hacer nuestro Bergoglio es, con el tiempo, sentarse en el borde la Fontana Di Trevi, conversar con Anita Ekberg, alcanzarle incluso una toalla y conversar, conversar… –¿? –¡Una metáfora! –Me imagino; Anita está muy esmerilada por los tiempos, Mastroianni y Fellini ya no están… –¡Metáfora, metáfora! ¿Sabe la trifulca que “La Dolce Vita” generó en el interior de la Iglesia Católica en los años 60? Pasó medio siglo, que no es nada, es ir hasta la equina. Curas que llevaban a sus alumnos a ver la película, obispos que reaccionaban y los denunciaban de encarnar el anticristo… Pedían que se prohibiera la película… ¡Cómo eran posibles los pechos turgentes de doña Anita ahí, bañándose en la Fontana, tan romana, tan vaticana! Furia, mucha furia, y “Criterio”, la conservadora “Criterio” de aquellos tiempos, desde el riñón de la Iglesia, defendiendo la película. Yo recuerdo que aquí, en el Colegio Marín, católico si los hay, los pibes nos preguntábamos por qué no hablar con Anita. –¿Y entonces? –Entonces que Francisco tendrá que poner a la Iglesia Católica en un camino de aceptar, de convivir con el cada vez más inmenso planeta de lo distinto. No se trata de renuncias, de rendirse. Eso es lo que durante décadas sostuvo lo más reaccionario de la Iglesia Católica: que comprender a lo distinto, hablar con lo diferente, es ser cooptado por eso distinto. Nada de eso. Y don Bergoglio tiene ahora la palabra. ¿Se animará Francisco a hablar con Anita? No tiene otra opción. Es un hombre muy inteligente, de reflexión intensa, generosa, aunque él lo disimule, en el manejo de la compleja relación duda-certidumbre. Y tiene el diagnóstico sobre qué le sucede al poder que acaba de asumir: está crecientemente esmerilado su prestigio. Huelga aquí detallar las razones, las causas de ese esmerilado. Son conocidas y hacen a las distorsiones éticas, morales, que alimentan una creciente distancia entre la conducta desde la cual se asumen muchos bolsones de pastores de la Iglesia y lo que realmente hacen. Pero vale, sí, señalar dos resultados emergentes de ese esmerilado: Uno: la Iglesia Católica pierde aceleradamente su rol de disciplinador social, que fue, desde el principio de sus tiempos, el papel no confesado. Pero sí practicado. Dos: de cara al intenso revolcón que jaquea a la modernidad con el avance del relativismo, la individualidad y su legítima propuesta a vivir en acuerdo propio y no dictado por lo confesional, la Iglesia Católica está bajo una impronta de desconcierto. De un reciente trabajo –“Los intelectuales católicos y el fin de la cristiandad 1955-1966”, del historiador José Zanca– se extraen dos interrogantes que hacen al desconcierto: • ¿Qué hacer cuando las formas de creer decaen? • ¿Qué hacer frente a la pérdida de efectividad del acto ritual? El trabajo –tesis de doctorado cuya directora fue la historiadora roquense Lila Caimari– se centra en un tramo puntual de la historia del país: mediados del siglo XX. Pero Zanca –espíritu inquieto – clava reflexiones de singular valor para el presente de la Iglesia Católica. Señala, a modo de respuesta a aquellos interrogantes: “Entre otras acciones, la Iglesia (en el sentido más amplio de la palabra) debe recurrir a los constructores de mapas cognitivos para reintegrar a un mundo desacralizado formas particulares de vivir lo religioso”. Una tarea, como mínimo, harto compleja. Y Francisco lo sabe. Lo cual no implica saber lo que se tiene que hacer. “¿Qué perfil debería tener el próximo papa?”, se preguntaba días atrás la revista católica “Criterio”, un medio que desde hace muchos años y desde la formidable tarea de un intelectual talentoso –Carlos Floria, recientemente fallecido– viene reflexionando con descarnada sinceridad los problemas que cercan a la Iglesia Católica. En alguna medida, “Criterio” le acerca a Francisco una hoja de ruta. Le dice: • Tendrá que apuntar al Concilio Vaticano II y luchar por la transparencia de la curia, por la integridad moral del clero, por la siempre fecunda relación entre razón y fe. Además, no podrá dejar de atender las numerosas materias pendientes en el campo de la eclesiología, la teología moral, el celibato obligatorio, las relaciones ecuménicas e interreligiosas, el trato con los no creyentes, la paz y la ecología, la justicia y las relaciones internacionales. • Por más que determinados gestos y palabras de Benedicto XVI hayan sido valientes y acertados, acaso la secularización no deba leerse como pérdida de la fe ni de las prácticas religiosas sino, en todo caso, como su recomposición en contextos contemporáneos. Uno de los rasgos de esa recomposición es el debilitamiento de la autoridad eclesiástica sobre los fieles y el paralelo fortalecimiento de la iniciativa individual en la definición de las creencias y las prácticas religiosas. Desde largo tiempo, otros planos del pensamiento católico vienen sugiriendo al Vaticano que reformule los términos, la definición que acredita generalmente a determinados contenidos opuestos a sus propias creencias. En otros términos, se le reclama mayor plasticidad. O tolerancia. El italiano y escritor Claudio Magris sostiene –por caso– que hay que volver a pensar, darle contenido a la laicidad. Sugiere que la laicidad no puede ser encuadrada como enemiga de la Iglesia. “La laicidad –señala– no es un contenido filosófico, sino un ámbito mental, la capacidad de distinguir lo que es demostrable racionalmente de lo que en cambio es objeto de fe –sin tener en cuenta la adhesión o falta de adhesión a tal fe– y de distinguir las esferas y los ámbitos de las distintas competencias, por ejemplo, las de la Iglesia y las del Estado, lo que –precisamente según el dicho evangélico– hay que dar a Dios y lo que hay que dar al César”. En fin, ¿se animará Francisco a hablar con Anita? No le faltan hojas de ruta para llegar a ella.


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