Adivinando el futuro de Cuba

Por Redacción

COLUMNISTAS

Hace pocos días el mundo fue sorprendido por lo que aparentemente sería un importante cambio en las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Rápidamente, quienes viven dispuestos a advertirnos de modo constante sobre el siempre inminente colapso de Estados Unidos celebraron el acuerdo como un triunfo del régimen político de la isla -”que no se rinde”, diría nuestra presidenta- sobre el capitalismo decadente.

Con esa misma visión de triunfo autocrático oímos a quienes critican el acuerdo porque consideran que, salvo la liberación de dos detenidos en Cuba, el resto del pacto conduce a fortalecer, política y económicamente, a quienes mandan en ese país. Así lo señala una de las pocas cronistas independientes de la isla, Yoani Sánchez, la exiliada en nuestro país Hilda Molina y legisladores norteamericanos de origen cubano que pertenecen a ambos partidos políticos.

En medio de estas posturas, la mayoría de los medios de comunicación y gran parte de la sociedad norteamericana -que es optimista por naturaleza- ven el acuerdo como un gran avance que rompe un congelamiento de décadas. Y ya se sabe, con las relaciones humanas en el freezer, jamás hay progreso.

Desde mi punto de vista las dos posturas podrían tener algo de razón; lo que sucede es que la primera simplemente se detiene en lo inmediato, mientras que la segunda agrega a los hechos algo de esperanza y mucho de otras experiencias vividas por la humanidad.

En lo inmediato, esto es en el intercambio de detenidos que se ha producido, sin dudas lo que señala Yoani Sánchez es correcto: la constante exhibición del empresario Alan Gross, detenido por el gobierno cubano, fue un simple anzuelo que, tragado a ojos cerrados por Estados Unidos, sirvió para que los Castro recuperasen tres agentes de inteligencia presos en el continente. Si el acuerdo se reduce a este único punto, claro que la comparación es de pérdida, pues se habría liberado a quien no tenía por qué estar detenido a cambio de tres personas que, al decir de la cronista libre de Cuba, mucho daño y dolor causaron con su accionar al pueblo de la isla.

En términos de combate, podría ser cierto entonces que el régimen “no se rindió” y hasta ganó.

Pero la cuestión es de una trascendencia mucho mayor al mero intercambio de personas porque, si bien el régimen autocrático de Cuba no se rindió en materia de espionaje, ese mismo régimen impondría un cambio esencial al pueblo sometido: su apertura económica a Estados Unidos.

Esto es lo que se dice, porque todavía mucho de lo que se ha acordado no se conoce. Pero en ese plano, la comparación de ganancias y pérdidas será muy distinta.

Para Estados Unidos nada cambia en cuanto a su sistema de vida: siempre ha abrazado el capitalismo y seguirá siendo capitalista, haya acordado o no con Cuba.

Para Cuba en cambio, la apertura económica hacia Estados Unidos puede implicar un impacto fenomenal en la sociedad y es allí donde radica el optimismo de quienes aplauden el acuerdo.

Recordando lo que significó la irrupción del mercado en la ex Unión Soviética y en los países bajo su dominio -o también, más cerca nuestro, en el Chile dictatorial-, la experiencia vivida da motivos para ser optimistas.

Es que resulta difícil hallar en la historia otro mecanismo más democratizador que el mercado: millones de personas llevando a cabo millones de elecciones sobre su vida, en todo el mundo y en un solo segundo. Decisiones de trascendencia y decisiones nimias. Cuanto más libres sean esas elecciones, más amplio sea su radio de acción y más opciones se presenten al individuo, habrá más mercado y más capitalismo. Elegir libremente y con responsabilidad nos hace más humanos.

Es por eso precisamente que los tiranos de este mundo no sólo cierran la posibilidad de elegir gobiernos libremente, sino que también imponen sus propias decisiones personales hasta en las más mínimas elecciones que el hombre lleva a cabo todos los días (lo que compra, dónde vacaciona, en qué trabaja, qué come, etc.). Y sólo cuando se encuentran con el agua al cuello de la necesidad económica -y otra vez vuelvo sobre las experiencias antes referidas de la URSS y Chile-, no tienen más remedio que abrirse tímidamente al mercado para generar riqueza.

Lo hacen por su propia sobrevivencia y porque creen que así conservarán poder (quizá encandilados por el ingreso rápido de inversiones que, en el torbellino de la apertura, muchas veces queda enredado en sus propios bolsillos). Lo que no advierten es que, cuando el ser humano empieza a ser libre en sus decisiones cotidianas, tarde o temprano exige ser libre también en sus decisiones ciudadanas.

Ésa ha sido la historia de Occidente y Cuba es un país importante en esa historia.

Más allá entonces de quién ganó o perdió en lo inmediato, Estados Unidos seguirá siendo el mismo país de siempre; pero espero que una Cuba abierta tímidamente al mercado pronto sea una Cuba capitalista y por fin termine siendo una Cuba democrática.

GASTÓN RAMBEAUD

Abogado. Neuquén

GASTÓN RAMBEAUD