Aires costumbristas en páginas de Edgardo Lanfré

Encontró la expresión en la poesía que abreva en relatos, tradiciones y costumbres con aires patagónicos. Ahora con su nuevo libro “Emociones encontradas, humor entre líneas” toma vuelo en la escritura.

ESPECTÁCULOS

Por Teresita Méndez

teremendez@live.com.ar

A la particular mirada de la realidad que un músico expresa en canciones Edgardo Lanfré suma poesía que abreva en relatos, tradiciones y costumbres lugareñas que remiten a aires patagónicos. Como obedeciendo al “pinta tu aldea y pintarás el mundo” de León Tolstoi, pone manos a la obra y a las dos ediciones de su primer libro, “Cosas del pago”, añade “Emociones encontradas, humor entre líneas”.

Aguardando el contenido de las cajas remitidas por la imprenta, cuyo arribo está previsto para fines de este mes, abre las puertas de su hogar para mantener una distendida charla. Mates, cuentos y algunos acordes en guitarra –compañera inseparable desde la más tierna edad-, emulan hospitalarios gestos regionales.

“Descubrí que los libros son como más nobles, hay otra actitud ante ellos”, por parte de quienes acceden a los espectáculos que brinda asiduamente.

“Emociones encontradas…” es “similar al primero. Tiene recopilaciones de humor, algunas poesías y por ahí un poquito más de cuentos. Le preguntaba a Graciela Sola, que hizo el prólogo, cuál era el estilo o cómo definirlo. Me contestó: no te hagas problema por eso, escribí nomás.

“Es tomar cosas de un lugar y hacerlas funcionar con personajes creados o recreados. Incluso una pequeña novela o cuento largo que basé en la historia que me contó un muchacho de Villa Devoto que trabaja en Bosques en Chubut. Había venido al rancho de un paisano y viajó en un catango cargado de leña. Él venía tirado arriba mirando el cielo entre los árboles y en ese instante decidió venir acá. Esa imagen está en el cuento”.

Es la historia de un muchacho que internan en un hospital en Buenos Aires por un pico de estrés. Comparte pabellón “con un tipo de la cordillera, lo llevan todo roto porque rodó con un caballo. Se hacen amigos, le dan el alta y lo invita a visitarlo. El muchacho viene a la zona de El Hoyo. Transcurren los días y los descubrimientos. Vuelve. Al despedirlo el paisano le dice que si quiere volver le escriba. En su departamento el joven abre la cortina y lo único vivo a su lado es una plantita. Agarra un papel y comienza, querido Juan…”.

Si una canción es “contar una historia en tres minutos dependiendo de la capacidad de síntesis de quien la escribe, ponerle una melodía agradable para que alguien se detenga a escucharla”, los relatos aúnan, recrean situaciones y actualizan recuerdos.

“Hay historias que son tan representativas. Sobre todo si me ponés en un lugar óptimo donde comunico cosas de alguien a otro, es una fuente inagotable. Animando un cumpleaños, por ejemplo, encontré a una chica a quien hablé sobre un cuento que incluí en el libro, Corchitos en el agua.

“Un poco más arriba de donde me crié, en la despensa de mi padre en Rolando y Gallardo, había un arroyito, cruzaba la calle Tiscornia. Tirábamos los corchos y los esperábamos en el remanso hasta donde los trasladaba la corriente. Ella lo recordaba cuarenta años después. Es maravilloso, tenés el agua como símbolo de lo que somos, agua que pasa y no vuelve, hasta el hecho de seguir un corchito que es como perseguir los sueños”, refiere.

Rescate costumbrista condimentado con humor y ficción, “voy recopilando lo que me van contando. ¿Viste cuando uno dice: esto es un bolazo? Me ha pasado escuchar la misma historia en lugares muy distintos. Un hombre que vive en el lago Paimún contaba que una noche estaba durmiendo al sereno y sentía lengüetazos. Decía: fuera perro, ¡fuera! (haciendo gestos con la mano). Cuando me desperté a la mañana, un puma muerto… lo maté de una trompada”.

Otras páginas de la obra aún en imprenta incluyen recuerdos sobre el terremoto del ´60, anticipa Lanfré. Relatos de “una señora que estaba en el muelle y fue a escuchar la banda de música que tocaba en otro lugar y en el camino saludó al papá de una amiga que trabajaba en la (embarcación) Modesta Victoria, de Capacho Porcel de Peralta que corrió a sacar fotos aún con el piso temblando, de otra señora que después vio cuerpos flotando”.

Autor de la Misa Sureña junto a Rodrigo Dalziel, quien realizó los arreglos corales, anticipa que “si Dios quiere la grabamos el año que viene con Laura Esteves, quien heredó la maternidad de la obra porque el padre es Rodrigo”. En definitiva, considera, “en lo musical, es el hombre y su entorno y de ahí, al mundo”.

Lanfré tuvo oportunidad de mantener contacto con estudiantes de la carrera de Antropología y Etnografía Musical en Buenos Aires a quienes acercó diversos ritmos patagónicos incluido el loncomeo, ritmo popularizado por don Marcelo Berbel. “Hay como veinte toques distintos, son los del cultrún llevados a la guitarra. Tanto Berbel como (Hugo) Giménez Agüero le dieron inclusive una forma muy española, con estrofa y estribillo, cuando en realidad es libre, recrea el tañido de las abuelas del campo, la letanía”, define.

Preservar recuerdos. Esa parece ser la motivación para dejar plasmadas en un libro las voces populares. Apenas abierto, la primera hoja encierra sentimientos ante el regreso a orillas del Nahuel Huapi. “Hablo en voz alta: cuando vuelvas, entrá despacito por el Ñireco, cruzá el puente, andá a la Costanera, subí por calles de ripio, quedate en la esquina mirando los saludos, sentí el olor a humo de leña quemándose en las chimeneas, escuchá al chucao… Digo lo habitual. Lo que es el lago para nosotros, te levantás y mirás el lago; no sabés para qué pero lo mirás”.

Un poema refiere que “en otros lugares el sol se desploma, lo lleva el día; acá, se va y nos deja luz. Cuando amanece en la llanura o el mar ves el sol; acá, primero la luz”. Sin embargo, “he encontrado gente que no soporta estar rodeado de cerros o el bosque le da miedo. También depende del lugar de donde cada uno es”, observa.

César Isella “me dijo, charlando en la Biblioteca, que lo peor que le pasó fue el destierro. No tiene nombre. Horacio Guarany decía que decidió volver aunque lo mataran, prefería morir de una bala en su tierra que en el exilio. Debe ser terrible…”.

Una milonga interpretada por Abelardo Epuyén y el Cholo Barriga retrotrae a conocimientos ancestrales. Lanfré canta “en mi pago hay yuyitos que curan enfermedades, yuyitos y hierbabuenas para aliviarse los males. El paico y la manzanilla para aliviar la barriga, agüita de siete venas para curar las heridas. Y yo para mí quisiera, ese yuyito mejor que se me gane en el alma y que me cure el mal de amor…”. Y agrega “acá ves una casa de corte europeo y adentro, en alguna bolsita, en alguna alacena, hay un yuyo. Paico, manzanilla, boldo”. Coexistencia y permanencia. Escribir para registrar.

DeBariloche


Exit mobile version