Aislamiento previsible
No sólo voceros de distintas agrupaciones opositoras y empresarios, como el titular de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, sino también miembros del gobierno nacional mismo afirman sentirse desconcertados por la negativa desafiante de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a asumir plenamente la magnitud de la derrota que experimentó el gobierno en las primarias. En su opinión, la reacción de Cristina frente a la pérdida masiva de votos que tanto malestar les está ocasionando se debe a que se ha rodeado de funcionarios obsecuentes y “aplaudidores” que, cohibidos por lo que Méndez califica de “temor reverencial”, la protegen contra las malas noticias minimizando su importancia o distorsionándolas para que encajen en el “relato” oficial. Tendrán razón quienes piensan así, pero se equivocan si creen que sólo es cuestión del “desequilibrio emocional” de una persona determinada. Antes bien, es la consecuencia virtualmente inevitable de la persistencia de un orden político caudillista que, disfrazado de democracia, ha sobrevivido a todos los intentos de dejarlo atrás. En nuestro país, la falta de instituciones fuertes hace que sea muy fácil que el mandatario de turno se aísle, optando por repartir ministerios, secretarías y otras funciones clave, comenzando con las vinculadas con organismos de control, entre familiares, amigos y militantes incondicionales que están más interesados en merecer su aprobación que en ayudarlo a gobernar con eficiencia. Si por convicción, o por no confiar en su propia autoridad, un presidente procura actuar como haría su equivalente en un país desarrollado, no tardará en verse criticado por su debilidad. Antes de suceder a su marido en la presidencia de la República, Cristina se aseveraba resuelta a dedicarse a la reconstrucción institucional porque le parecía evidente que la precariedad de las estructuras del Estado le impediría alcanzar los objetivos que se había propuesto, pero muy pronto se dio cuenta de que no le convendría resignarse a la pérdida de poder resultante, ya que en tal caso habría tenido que hacer un esfuerzo genuino por combatir la corrupción. De haber sido la Argentina un país de cultura institucional más robusta, la voluntad evidente de la presidenta y de integrantes de su entorno de socavar aún más instituciones ya frágiles hubiera provocado una reacción inmediata, obligándolos a limitarse a operar dentro del marco previsto por las normas constitucionales, pero, huelga decirlo, la mayoría no se sintió del todo perturbada por el escándalo motivado por la valija llena de dólares procedentes de Venezuela “para la campaña” ni por la falta de controles que posibilitaba aquel episodio rocambolesco y otros parecidos que se sucederían en los meses y años siguientes. Si, como tantos se han puesto a advertirnos, los problemas atribuibles a la negativa de Cristina a reconciliarse con la realidad plantean el riesgo de que el país sufra una nueva crisis institucional de desenlace incierto, los responsables del desastre se contarían por miles. Para que funcione de manera adecuada el sistema democrático, es necesario que los funcionarios y legisladores aporten mucho más que su “lealtad” hacia el jefe máximo. También resulta forzoso que le den el beneficio de sus talentos personales, si es que los poseen, y de su experiencia, discrepando cuando les parece que está cometiendo un error y aconsejándole pensar en alternativas. ¿Ayudan a Cristina los aplaudidores, los funcionarios que la obedecen ciegamente sin animarse nunca a decirle cosas que motivarían su ira, los legisladores que con mansedumbre conmovedora votan a favor de proyectos de ley que, de haberlas propuesto otra persona, hubieran repudiado con indignación? Claro que no. Al contrario, a través de los años tales personajes han colaborado para llevarla a la situación ingrata en la que se encuentra, abandonada por cuatro millones de votantes que la habían apoyado menos de dos años antes, y también por una cantidad creciente de políticos profesionales que, conscientes de que el “ciclo” kirchnerista está aproximándose a su fin y que por lo tanto ya se ha iniciado la lucha por la sucesión, están procurando congraciarse con el intendente de Tigre, Sergio Massa, o con otros dirigentes con perspectivas que a su juicio son más prometedoras que las de Cristina.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 22 de agosto de 2013
No sólo voceros de distintas agrupaciones opositoras y empresarios, como el titular de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, sino también miembros del gobierno nacional mismo afirman sentirse desconcertados por la negativa desafiante de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a asumir plenamente la magnitud de la derrota que experimentó el gobierno en las primarias. En su opinión, la reacción de Cristina frente a la pérdida masiva de votos que tanto malestar les está ocasionando se debe a que se ha rodeado de funcionarios obsecuentes y “aplaudidores” que, cohibidos por lo que Méndez califica de “temor reverencial”, la protegen contra las malas noticias minimizando su importancia o distorsionándolas para que encajen en el “relato” oficial. Tendrán razón quienes piensan así, pero se equivocan si creen que sólo es cuestión del “desequilibrio emocional” de una persona determinada. Antes bien, es la consecuencia virtualmente inevitable de la persistencia de un orden político caudillista que, disfrazado de democracia, ha sobrevivido a todos los intentos de dejarlo atrás. En nuestro país, la falta de instituciones fuertes hace que sea muy fácil que el mandatario de turno se aísle, optando por repartir ministerios, secretarías y otras funciones clave, comenzando con las vinculadas con organismos de control, entre familiares, amigos y militantes incondicionales que están más interesados en merecer su aprobación que en ayudarlo a gobernar con eficiencia. Si por convicción, o por no confiar en su propia autoridad, un presidente procura actuar como haría su equivalente en un país desarrollado, no tardará en verse criticado por su debilidad. Antes de suceder a su marido en la presidencia de la República, Cristina se aseveraba resuelta a dedicarse a la reconstrucción institucional porque le parecía evidente que la precariedad de las estructuras del Estado le impediría alcanzar los objetivos que se había propuesto, pero muy pronto se dio cuenta de que no le convendría resignarse a la pérdida de poder resultante, ya que en tal caso habría tenido que hacer un esfuerzo genuino por combatir la corrupción. De haber sido la Argentina un país de cultura institucional más robusta, la voluntad evidente de la presidenta y de integrantes de su entorno de socavar aún más instituciones ya frágiles hubiera provocado una reacción inmediata, obligándolos a limitarse a operar dentro del marco previsto por las normas constitucionales, pero, huelga decirlo, la mayoría no se sintió del todo perturbada por el escándalo motivado por la valija llena de dólares procedentes de Venezuela “para la campaña” ni por la falta de controles que posibilitaba aquel episodio rocambolesco y otros parecidos que se sucederían en los meses y años siguientes. Si, como tantos se han puesto a advertirnos, los problemas atribuibles a la negativa de Cristina a reconciliarse con la realidad plantean el riesgo de que el país sufra una nueva crisis institucional de desenlace incierto, los responsables del desastre se contarían por miles. Para que funcione de manera adecuada el sistema democrático, es necesario que los funcionarios y legisladores aporten mucho más que su “lealtad” hacia el jefe máximo. También resulta forzoso que le den el beneficio de sus talentos personales, si es que los poseen, y de su experiencia, discrepando cuando les parece que está cometiendo un error y aconsejándole pensar en alternativas. ¿Ayudan a Cristina los aplaudidores, los funcionarios que la obedecen ciegamente sin animarse nunca a decirle cosas que motivarían su ira, los legisladores que con mansedumbre conmovedora votan a favor de proyectos de ley que, de haberlas propuesto otra persona, hubieran repudiado con indignación? Claro que no. Al contrario, a través de los años tales personajes han colaborado para llevarla a la situación ingrata en la que se encuentra, abandonada por cuatro millones de votantes que la habían apoyado menos de dos años antes, y también por una cantidad creciente de políticos profesionales que, conscientes de que el “ciclo” kirchnerista está aproximándose a su fin y que por lo tanto ya se ha iniciado la lucha por la sucesión, están procurando congraciarse con el intendente de Tigre, Sergio Massa, o con otros dirigentes con perspectivas que a su juicio son más prometedoras que las de Cristina.
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