Al cerro Tronador lo cuida una pareja de guardaparques

Se conocieron en la entrada al sendero, hace más de 20 años. Ella ya era voluntaria y él soñaba con entrar a Parques Nacionales. Ahora están a cargo de esa seccional.




En enero del 2020, desembarcaron en la seccional de guardaparques de Pampa Linda, en el cerro Tronador, el mismo lugar donde se conocieron. No se imaginaban que dos meses después quedarían aislados por completo en ese lugar debido a la pandemia por Covid-19.

Carina Rivas y Fernando Morosini son pareja. Pero además trabajan juntos como guardaparques desde hace 20 años. Pasaron por el parque Perito Moreno, en el noroeste de Santa Cruz, y estuvieron en Condorito, en Córdoba, durante cinco años hasta que pidieron el traslado a la Patagonia para estar más cerca de la familia.

Se conocieron en el 2000. En ese entonces, Morosini, oriundo de Mar del Plata, visitaba Tronador con sus hermanos y un amigo. Carina trabajaba como voluntaria en la oficina de informes en el ingreso al lago Mascardi. “Ahí nos cruzamos por primera vez. Yo ya andaba con ganas de trabajar en Parques. Compartimos la misma pasión y llevamos 20 años trabajando juntos, primero como voluntarios, después como combatientes y finalmente, como guardaparques”, contó el hombre, que hoy tiene 44 años.

Una travesía para reemplazar postes de un sendero.

Cuando decidieron poner punto final a su trabajo en Córdoba, la seccional del Tronador figuraba entre las opciones de traslado ya que estaba desocupada.

“Cambiar de parque cada 4 años, como establece el reglamento, es un tema. Nosotros no tenemos hijos pero los guardaparques que tienen familia deben hacer una movida importante”, admitió Carina, de 41 años, al tiempo que reconoció que “la cuestión familiar” es lo más complejo de su trabajo debido a los constantes traslados y la escasa comunicación.

“Las parejas -dijo-, por lo general también terminan siendo guardaparques. En nuestro caso, vivimos y trabajamos en el mismo lugar. Convivimos 24 horas, pero cada uno tiene distintas afinidades. Hay trabajos que hacemos juntos y otros a los que se aboca cada uno. Somos un buen equipo”.

La seccional de guardaparques del cerro Tronador es una de las más extensas y, por lo tanto, requiere un control más estricto. Abarca 40 mil hectáreas y está ubicada a unos 50 kilómetros de la ruta 40 y a 90 kilómetros de Bariloche. Las recorridas a pie, a caballo y en vehículos de esta pareja son constantes.

Un fin de semana en verano pueden llegar a ingresar a la seccional unas 20 combis turísticas y un centenar de autos. En Semana Santa, se han registrado alrededor de 800 personas por día. Fuera de temporada, ese número baja a 50 u 80. Prevalece la práctica de trekking en la zona; muchos se alojan en la hostería, campings o en los tres refugios de la jurisdicción.

Fernando destacó que el volumen de visitantes es tan grande y en horarios “tan distintos que resulta imposible recibir a todos. Son muchos los que pasan de largo el centro de informes”.

“Llegamos al Tronador en plena temporada de verano, con una afluencia de visitantes muy alta. Cuando se produjo la pandemia, fue extraño pasar de ver tanta gente a no ver a nadie. Esa situación nos dio la oportunidad de recorrer la jurisdicción y hacer trabajos que no se pueden realizar cuando hay visitas, como colocar cartelería, hacer recorridas, mantenimiento de senderos y de la seccional”, señaló Carina.

Se conocieron en ese mismo lugar hace 21 años. Hoy están a cargo del área.

El aislamiento estricto en la etapa más dura de la cuarentena no los afectó -advirtió- porque habían atravesado la experiencia de vivir en el parque Perito Moreno, a 250 kilómetros de la localidad más cercana.

Consideraron, en cambio, que la parte más desagradable del trabajo son los constantes llamados de atención a los visitantes que transgreden las normas. “Un control minucioso insume tiempo y energía. Si bien hay carteles para que la gente no ingrese con mascotas, no haga fuego, no traspase barandas, constantemente tenemos que estar advirtiéndoles que no se pongan en riesgo. Es agotador estar las 24 horas en cada rinconcito donde hay gente. Apelamos a que, si hay un cartel, la gente le haga caso”, admitió Carina.

El ejemplo más cercano fue en enero de este año con la prohibición para pasar a la zona de la laguna cercana al Ventisquero Negro. Pese a un cartel que advierte que está prohibido pasar y la baranda que impide el paso, alrededor de 15 personas fueron infraccionadas en solo una semana por caminar por la costa y nadar en el lago.

“Todo esto tiene que ver con una cuestión de seguridad. La gente subestima la bajada hasta el lago, frente al glaciar, pero el suelo es inestable, con rocas sueltas. Te podés pegar un golpe fuerte. La gente intenta meterse al agua y es muy fría. No es nada seguro”, agregó Fernando.

Acotó que, además, es un área propicia para la reproducción de ranas y la gente suele caminar “por encima” de ese sector. “Son ambientes frágiles y con el volumen de gente, se genera un daño. Por eso, apelamos a la buena educación y la conducta. El cartel es como un semáforo en una esquina”, dijo.

El glaciar Ventisquero Negro, una de las joyas del sitio.

Advirtieron que la seccional a su cargo tiene infinidad de accesos, “desde el cruce a Chile hasta kilómetros y kilómetros de sendas con conexiones a otros senderos que llegan incluso a Bariloche”.

Y recordaron que, en plena pandemia, cuando finalmente se habilitó el acceso al parque nacional, se encontraron con muchas personas ansiosas por salir a caminar pero sin experiencia en senderos y “desprovistas de información”. “Chequeamos que tengan el registro de trekking, que en invierno la gente cuente con el equipo adecuado y conozca las condiciones meteorológicas del día”, expresó Fernando.

Más allá de las complicaciones, sostuvo que “es tan variado el trabajo que siempre termina siendo satisfactorio. Cuando estamos un poco agobiados de atender o estar encima de la gente, organizamos recorridas por los senderos o a alguna laguna de altura o ponemos carteles y uno se despeja un poco”.


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