Almodóvar vuelve a reírse

El director español estrena “Los amantes pasajeros”, una comedia como en los buenos tiempos, con los toques almodovarianos que ya se extrañaban.

Por Redacción

Elena Box

DPA

Los fans del Almodóvar más almodovariano están de enhorabuena. Es que después de virar al “noir” con “La piel que habito”, el cineasta español regresa a sus orígenes más gamberros reivindicando la comedia ligera, esa que desata carcajadas a base de gags tan imposibles como geniales. Esos gags que son marca de la casa y que ahora regresan de la mano de “Los amantes pasajeros”, su nuevo filme, que el viernes se estrenó en su España natal.

Han pasado 25 años desde “Mujeres al borde de un ataque de nervios”, dos décadas y media en las que, sin renunciar a su personal sentido del humor, Pedro Almodóvar ha crecido y madurado –como él mismo afirma– explorando otros géneros.

Por eso, su regreso al mundo de la risa es también un reencuentro con algunos de sus actores fetiche: desde Cecilia Roth (“Todo sobre mi madre”) a Javier Cámara (“Hable con ella”) y, por supuesto, Antonio Banderas y Penélope Cruz, que por primera vez trabajan juntos frente a las cámaras.

Sólo que en esta ocasión, el decorado no es el Madrid turbio y desenfrenado de “la movida”, sino un avión en el que viaja una amalgama de personajes de lo más variopinto. Los acompaña un trío de azafatos gays (Cámara, Raúl Arévalo y Carlos Areces) vestidos de David Delfín que intentarán amenizar el vuelo a una clase business consciente cada vez más de que algo no marcha bien. Y cuando la verdad se impone, entre ellos se desata también un auténtico “laberinto de pasiones”. “Nos hemos reído muchísimo, en este sí”, confiesa Cámara sobre el rodaje del filme.

–¿Cómo ha sido volver a trabajar con Almodóvar después de tanto tiempo?

–Ha sido un reencuentro muy efusivo y muy interesante, porque ha tenido la confianza de utilizarme como conejillo de indias para probar a los demás actores. Disfruté viéndole durante ese casting tan largo, tan exhaustivo, cómo se iba contagiando de la energía de la gente más joven. Me gustaba estar detrás observando eso, sus inseguridades. Ver ese proceso en alguien como él.

–Almodóvar tiene fama de ser muy exigente con sus actores. ¿Es tan fiero el león?

–Sí, lo es, y además yo como actor lo exijo, me apetece un director que saque todo de mí, y él es alguien con la energía al 100 por 100 (…) Pero es que también desde fuera se da una dicotomía muy curiosa con respecto a él: se le exige más que a nadie porque se salta las normas, mezcla la comedia con la tragedia y eso es un arma de doble filo porque de pronto la gente no sabe por donde seguirle.

–¿En esos casos, hay algo de espacio para la improvisación?

–Son gags supercurrados, lo tiene todo medido al milímetro. Es su forma de trabajar: él va contando sus historias a lo largo del tiempo, como si fuera un narrador oral, y va probando, testando cuáles son las escenas que hacen más gracia, o a las que prestas más atención. Siempre maneja cinco, seis, diez, y va viendo cuáles son las que van calando. A mí esta historia me la empezó a contar hace ya cinco años.

–Aunque la sociedad española ha evolucionado mucho en cuanto a la visión de los homosexuales, declaraciones como las del ministro del Interior (“el matrimonio gay no garantiza la pervivencia de la especie”) muestran que queda aún un largo recorrido…

–La película es la respuesta perfecta para esas palabras (…) Almodóvar siempre se salta no sólo los géneros cinematográficos, sino los géneros en el sentido literal, y aquí sus personajes son más ‘omnisexuales’ que bisexuales u homosexuales (…) Siempre hay gente que va más despacio, gente que no quiere cambiar nada, pero las sociedades se modernizan.

–También hay mucho de metáfora con la España actual en el filme, donde incluso dan uso al aeropuerto de Ciudad Real.

–Sí, tiene su metáfora que la ficción entre en un mundo tan real. Bajo esa ligereza hay algo de crítica a todos los estamentos, los pelotazos la construcción, el Opus Dei, la monarquía (…)Almodóvar no da puntada sin hilo, aunque no nos hacía partícipes de eso. No le apetece que el actor sea consciente de esa lectura, sino que seas natural, fresco, y ya él pondrá la cámara donde vea.

O sea, ajo esa superficie de comedia chispeante y “lisérgica”, como la define el cineasta, se esconde también una sutil metáfora de la realidad española actual. Curiosamente, el avión pertenece a la compañía Península, y a bordo de él viaja un empresario corrupto que huye de males peores o una famosa vedette (Roth) ex amante “del número uno de España”, mientras los titulares de prensa hablan de aeropuertos sin aviones, crisis financiera y religión.

De hecho, el rodaje consiguió dar uso al Aeropuerto de Ciudad Real, que por lo demás sigue siendo un escandaloso aeródromo fantasma. “Tiene su metáfora que la ficción entre en un mundo tan real”, declara Cámara. Y es que Almodóvar presenta a una clase turista que duerme drogada, ajena a todos los problemas, mientras que el poder –en este caso los pilotos Hugo Silva y Antonio de la Torre– pide al sobrecargo que se invente “cualquier tecnicismo” para calmar al grupo de business.

Completan el coral reparto una Lola Dueñas que encarna a una vidente virgen, una Paz Vega suicida enamorada de Guillermo Toledo –igual que Blanca Suárez–, el mexicano José María Yazpik como un asesino a sueldo y los cameos de Carmen Machi y “La Terremoto de Alcorcón”. Todo ello con una estilizada puesta en escena de guiños retro y con el ochentero “I’m So Excited” –título de la versión inglés del filme– de The Pointer Sisters como tema central, coreografiado por el trío de azafatos.


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