Anécdotas y archivo del paseo que cambió al Limay

Pechi, impulsor del Paseo, no estuvo en el corte de cintas. La obra estuvo tres meses lista a la espera de la placa inaugural.

Pocos adultos jóvenes pueden pasar inmutables hoy por el coqueto Río Grande -alguno de ellos con familia e hijos- y resistirse a la tentación de buscar, de reojo, disimulados, algún recuerdo de aquellas madrugadas interminables frente a un río casi virgen. Esa foto, más nocturna que con el sol de la tarde, fue el último suspiro de un Neuquén que le daba la espalda al Limay, no hace tanto, antes de transformarse en un paseo turístico de clase internacional.

El hito fundacional del cambio, el nacimiento del Paseo de la Costa, fue en 2006 con la inauguración de la Isla 132. El proyecto original incluía la parquización de 20 kilómetros de las costas del Neuquén y el Limay.

Antes del desarrollo de la isla, la mayoría de la costa del Limay era una zona agreste con balnearios tan improvisados como peligrosos. Incluso, las diferencias con los primeros usos que se le dieron al cauce, en 1910, y que permitieron la instalación de las primeras colonias de La Confluencia, no parecían sustanciales.

La joven historia neuquina cuenta los esfuerzos de los primeros colonos en 1908 para irrigar unas 3.000 hectáreas que fueron subdividiéndose. Los proyectos iniciales de la por entonces Dirección General de Irrigación se extendieron hasta entrada la década del 20, pero nunca se pudo conseguir el desarrollo que sí tuvo el Alto Valle en la fruticultura. Pese a los sólidos ejemplos como la colonia fundada por los hermanos Plottier, por una simple razón: la gravedad de las tierras a regar, la historia fue distinta.

Volviendo al presente, recién en la última década del siglo XX la mirada capitalina se volvió hacia el río. Si bien el proyecto del Paseo de la Costa, que no incluía el desarrollo de viviendas familiares permanentes, tuvo antecedentes incluso anteriores a su gobierno municipal, fue Horacio Quiroga quien le puso la firma de gestión.

El proyecto solo pudo dar pasos cuando se creó la Corporación para el Desarrollo Integral de Neuquén (Cordineu), una sociedad del Estado con participación igualitaria entre Provincia y Municipio. “Es preferible tener el 50% de algo que no el 100% de nada”, le recomendó un estrecho colaborador al intendente neuquino.

El Paseo de la Costa se desarrolló con el apoyo de la corporación Puerto Madero quienes aportaron el diseño y los conceptos para el proyecto urbanístico.

Cordineu, cuyo gestor clave por esos años fue el hoy diputado César Gass, tomó su identidad del imaginario y el asesoramiento de Puerto Madero, la corporación creada entre Nación y la ciudad de Buenos Aires, que dio nacimiento al exclusivo proyecto inmobiliario porteño, ícono de la excéntrica década de los 90.

Lo que hoy es un bucólico paseo costero, que se proyecta como un atractivo turístico inédito cuando llegue a la Confluencia, no estuvo exento de marchas y contramarchas. La crisis del 2001 y el abrupto final del gobierno de la Alianza demandó no menos de tres años para volver a reimpulsar el proyectos.

Algo similar ocurrió con los fondos, que primero se iban a costear en parte con la deuda que tenía una contratista de la Municipalidad, luego surgieron de un crédito internacional. Pero también pasó con cosas menores, pero no tanto para los egos políticos, como la placa de inauguración.

La obra estuvo lista y en espera por tres meses a la espera de que el gobernador Jorge Sobisch y el intendente Quiroga acordaran quién encabezaba el hito fundacional. Los 90 días de oferta y contraoferta fueron arrebatados por manos ajenas cuando la placa conmemorativa fue robada por manos desconocidas.

También resulta simpática la anécdota de la inauguración sin Quiroga. Después de ser el estandarte del Paseo de la Costa, incluso tras su fallecimiento se renombró el paseo con la identidad del exintendente, Pechi no estuvo el 30 de julio de 2006 cuando se inauguró formalmente la Isla 132.

Debía tomarse el vuelo la noche anterior, pero otras obligaciones lo retuvieron hasta la mañana siguiente. La neblina, ese eterno karma del aeropuerto neuquino por esos años, hizo que aterrizara en Bariloche. Sus llamados para demorar el corte de cintas fueron infructuosos. La formación de Prefectura Naval, y la banda militar, el catering comprado y el apuro de Sobisch -y el resto de los presentes- por ver Argentina vs. Inglaterra en el Mundial de Alemania 2006, le quitaron toda chance de aparecer en la histórica foto.

Desde entonces la historia es más conocida. Incluso para muchos neuquinos no existió el otro río de los bares y, a veces, las peleas entre grupos. El actual intendente Mariano Gaido conoció las dos versiones y se quedó con la segunda, a tal punto, que está próximo a unir Balsa Las Perlas con la confluencia del Neuquén y el Limay.
Serán 16 kilómetros de costanera sobre uno de los ríos más atractivos de la región.


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