Argentina y Nicaragua, ¿rumbo a la violencia electoral?

EMILIO J. CÁRDENAS (*)

Ideológicamente, Daniel Ortega y los Kirchner tienen bastante en común. La simpatía es quizás mayor de lo que muchos creen. Pero, por razones políticas, los nuestros no pueden proclamarlo urbi et orbi. Como quisieran. Todos ellos orbitan en la cercanía de Hugo Chávez. Ortega más abiertamente, por cierto. Pero, en el fondo, la identidad común tiene parecidos. Entre otras cosas, lamentablemente, la forma de hacer política. Incluyendo la recurrencia a la violencia en el escenario electoral. Lo que es preocupante, porque tanto Nicaragua como la Argentina tienen elecciones nacionales el año que viene. Nicaragua en noviembre. Nosotros, en rigor, cuando les venga bien a los Kirchner. Por ello cabe recordar los recientes episodios en los que los disidentes Eduardo Duhalde y Felipe Solá fueran objeto de violencia por parte de matones (o turbas) alquilados cuando hacían sus precampañas en la provincia de Buenos Aires. Porque algo parecido está sucediendo en Nicaragua. En efecto, los sandinistas atacaron recientemente una caravana de autos que conducía a Arnoldo Alemán (por ahora el principal candidato opositor) en un pueblo del sudeste de Nicaragua. En San Miguelito, a unos 170 kilómetros al sureste de Managua. La caravana que lo transportaba fue objeto de una intensa pedrea y de una ola de petardos de alto poder, a punto tal que los cristales de algunos de los vehículos fueron pulverizados y sus ocupantes lastimados, incluyendo la escolta policial. Ortega procura ser reelecto a pesar de la expresa prohibición constitucional que se lo impide. Para ello ha obtenido un fallo viciado, dictado por una parte de la Corte Suprema controlada por el sandinismo, que tiene por inaplicable la prohibición aludida. Nuestra Justicia electoral, cabe recordar, no es siempre imparcial, aunque quizás sea algo menos burda que la nicaragüense en su favoritismo hacia el poder. Alemán, al que no cabe calificar de angelito, había sido condenado por corrupción en el 2003. Pero la Corte Suprema de su país lo absolvió el año pasado; un tribunal norteamericano, meses después, lo eximió de acusaciones de lavado de dinero y hace pocas semanas hasta un tribunal panameño lo relevó de culpa en un caso en el que se lo investigaba también en ese país por supuesta corrupción. Nada de lo antedicho permite justificar la violencia. Nunca. Tampoco las teorías que proliferan entre nosotros que apuntan a que Duhalde habría “estimulado” las revueltas callejeras que terminaran con la presidencia de Fernando de la Rúa. La violencia nunca se justifica. Ni en Nicaragua ni entre nosotros. Incluyendo cuando se utiliza con fines electorales, como pareciera suceder en ambos escenarios. Dios quiera que cese y que las agresiones no se transformen en rutina. Ni allí ni aquí. Para bien de la democracia, a la que en ambos países –lamentablemente– se ha sometido a una intensa manipulación, procurando concentrar todo el poder en el Ejecutivo y comprar –de mil maneras– la lealtad de algunos integrantes del Poder Judicial. (*) Ex Embajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas


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