Una joya de 1910: esta bodega restaurada es el boom del verano en Cipolletti

Poner en valor la construcción original y preservar su esencia fueron las claves para que la bodega La Falda volviera a abrir sus puertas reconvertida en museo, restó, cafetería y el patio Herzig. Esta historia une la gran obra de un pionero alemán, dos geólogos que dejaron la industria del petróleo y vieron una oportunidad en el enoturismo y una diseñadora de iluminación neuquina convencida de que la estética no debe olvidar la funcionalidad. ¿El resultado? Está a la vista.

El salón Toneles (de roble francés) de la histórica bodega La Falda. Fotos: Florencia Salto

¿Cómo restaurar una obra icónica sin que se pierda su identidad? En esta historia, la respuesta une a la bodega fundada por un inmigrante alemán a comienzos del siglo XX, dos geólogos que se animaron a otra búsqueda e intuyeron una oportunidad en el enoturismo y una diseñadora de iluminación que encontró el balance justo para hacerla brillar.


El inmigrante alemán


La bodega fue inaugurada en 1910 en Cipolletti, al norte de aquella Patagonia moldeada a pico, pala y rastrón por tantos gringos como Bernardo Herzig que hicieron un aporte esencial para que aquel páramo se transformara en el valle que dio sentido a la región.

En el museo brillan la historia y la “Parraña”.

El pasado de la bodega en antiguas fotografías.


Herzig comenzó a trabajar en el galpón de la familia Peuser, que luego compraría junto a parte de las tierras. Convirtió la caballeriza en la bodega que llamó La Fulda, en homenaje al pueblo alemán a 104 km de Frankfurt de donde partió. Los paisanos creyeron que no pronunciaba bien por alemán y empezaron a decirle La Falda. Y así le quedó el nombre con el que se ganaría su lugar en la memoria colectiva.


Los geólogos


El salteño Marcelo Marteau y la chubutense Marcela Fernández se conocieron en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco sede Comodoro Rivadavia, de donde es ella. Él había llegado a los 15 años a Sarmiento, al sur de la provincia de Chubut: su padre era militar y fue trasladado a la guarnición en la previa de la Guerra de Malvinas. De allí salieron los primeros infantes que pisaron las islas durante el desembarco del 2 de abril de 1982. A su papá le tocó tomar posición en el continente.

El salteño Marcelo Marteau, geólogo y apasionado por el vino y la cultura que lo rodea.


Tras recibirse de geólogos, luego de sus primeras experiencias profesionales en la industria petrolera en Comodoro, siguieron otras en Plaza Huincul y Neuquén en empresas como Pecom, Petrobras e YPF en los últimos años. En 1997 se radicaron en Cipolletti y en el 2020 se retiraron de la actividad para asomarse a nuevos desafíos


Con la bodega Gérôme Marteau, ya habían incursionado en la producción de vinos que apasiona a Marcelo. A fines del 2024, con la convicción de que había un mercado para el enoturismo, en equipo con sus hijos Gerónimo y Rebeca apostaron a rescatar a La Falda del olvido, a ponerla a nuevo. Buscaron a los herederos de Herzig y les presentaron una propuesta escrita. Aceptaron entusiasmados.


La diseñadora de iluminación


Es Carolina Tomatis, nacida en Neuquén y formada como en el Instituto Superior de Educación Técnica en Rosario. En un inspirador viaje a Graz (Austria) en el 2016, al caminar sus calles y recorrer sus edificios la asombró a cada paso aquel balance lumínico perfecto que se convirtió en su norte.

La neuquina Carolina Tomatis, diseñadora de iluminación, en uno de sus trabajos en el Alto Valle.

Antes y después, otros viajes, otros estudios y otros lugares de residencia como Punta del Este en Uruguay, donde suele volver a trabajar contratada por quienes la conocieron allí, enriquecieron su formación: el interiorismo y el urbanismo convergerían en el foco profesional que eligió en Graz.

De regreso a su tierra, se mueve en cada proyecto con una certeza: las luces deben tener un sentido estético y decorativo, claro, pero el diseño nunca debe olvidar la funcionalidad. Lo grafica así: una canilla redonda puede ser linda, pero se complica abrirla o cerrarla con la mano enjabonada.


Tres caminos, una obra

La obra que atraviesa dos siglos y esperaba su momento para revivir, los geólogos que supieron verlo, la mirada de la diseñadora de iluminación: tres caminos se conectaron para alumbrar la mejor de las restauraciones: la que respeta la esencia, la que pone en valor con recursos de hoy la historia que comenzó a escribirse en 1910.

Luego del museo se accede al salón principal, donde funciona el restó Rebeca.


Ese es el espíritu, el factor emocional que sobrevoló en la preinauguración dedicada a los descendientes de Herzig y luego en la reapertura de La Falda en diciembre pasado, reconvertida en museo, restó, cafetería y patio, entre pinos y eucaliptos, con efectos de iluminación que desde el arco de la entrada convierten cada espacio en una escenografía que disfrutan cada día visitantes del norte de la Patagonia y otras regiones del país. Para los habitantes de Cipolletti que la conocían, es la oportunidad de volver. Para los que no, la de asomarse a una atrapante historia a la vuelta de la esquina.


Paseo por la historia


Los anfitriones saben que tarde o temprano los comensales se levantarán para recorrer la bodega sin preocuparse por dejar las carteras, las mochilas, los celulares en las mesas. Esa confianza que valoran también es un guiño a los viejos tiempos.


Razones para levantarse hay muchas. Por empezar, cambiar la perspectiva para observar los inmensos toneles de roble francés que reinan en Rebeca restó, una maravilla que no tuvieron que retocar: las luces los hacen brillar en su estado original.


La zona del museo es otro de los atractivos, con un recorrido por la historia de la bodega, la de su fundador y el sistema de producción según pasaban los años, con herramientas y máquinas antiguas que se pueden observar en detalle, como la despalilladora, las prensas y las bombas, entre muchas otras reliquias.

El museo desde otra perspectiva.

La pileta Número 39° tenía capacidad para 74.333 litros de vino.

Las damajuanas: la belleza que perdura puesta en valor.

Los pasadizos se abrieron para recorrer las antiguas piletas de 14.000 litros de vino.


La experiencia sensorial continúa en las piletas y sus pasadizos para poder caminar por ellas y sumergirse en una paleta de colores y aromas en un encantador viaje en el tiempo.


En el salón Toneles, en los comienzos el galpón de la bodega, la estructura de madera de pinotea también es la original, como el techo de chapa, sobre el que sumaron ocho centímetros de lana de vidrio y otro techo de chapa arriba para hacerlo doble.

Salón: el de siempre, a nuevo.


El piso estaba deteriorado y fue reemplazado por una carpeta de hormigón con la misma onda rústica. Invirtieron también en el sistema eléctrico a nuevo, como en el de calefacción y frío central. Las paredes de ladrillos vistos fueron preservadas.


Manos a la obra


Los cuatro integrantes de la familia Marteau funcionan como un equipo: se reparten las tareas y las grandes decisiones se toman en forma grupal.

El arco de ingreso a la bodega.


Si hubo coincidencia total en resguardar la identidad de la bodega, lo mismo ocurrió con la elegida para hacerla brillar: habían visto los posteos de Carolina Tomatis en Instagram, les gustaba lo que hacía, la llamaron.

La fachada: paredes de ladrillo visto, barricas, luz cálida.


En la primera reunión la conexión fue inmediata y Carolina alucinó con lo que vio y la misión que se acercaba: ese edificio bellísimo y abandonado que iban a restaurar. Se dispuso entonces a imaginar cada detalle de los recorridos, a planificar cómo realzar lo estructural. Para eso necesitaría cuatro kilómetros de cables y las herramientas de hoy al rescate del ayer.

La iluminación está puesta al servicio de la arquitectura y las experiencias, por eso no hay una gran obra de remodelación sino de revitalización y creación de espacios, el criterio elegido desde el día uno”, explica.

La restauración generó 15 puestos de trabajo.


Y agrega: “Los artefactos visibles están hechos ‘in situ’, con elementos encontrados en la bodega. Las arañas centrales, con ramas de eucaliptos de los árboles de afuera y la ‘Parraña’ con una parra seca que había también ahí y se puso en valor. Lo mismo las damajuanas del ingreso al salón Rebeca. Las colgantes de los baños fueron reubicadas: eran las luces del salón de La Falda. En otros casos. por falta de los artefactos específicos, sí se adquirieron, como el caso de las galponeras”.

La copa que recuerda al pionero alemán.


Convencida del impacto de la iluminación en los espacios, de cómo los genera y modifica, de cómo influye en las personas que los transitan, la diseñadora comparte aquí los recursos de los que se valió.
“En efectos de iluminación, el criterio fue destacar lo existente y para eso usé proyectores cálidos 3000k de 10w, en barricas jabalinas con visera 5w cálidas 3000k”, relata.


“Para destacar el amoblamiento propio de la bodega y generar espacios con luz desde esos espacios sin usar artefactos, usé tira 3500k en perfil plano con difusor, siempre de manera de que no llegue al ojo la fuente de luz para evitar deslumbramientos”, continúa.

Las fuentes de luz están dispuestas para que no impacten en los ojos y así evitar deslumbramientos. Fotos: Florencia Salto.


“Aproveché los espacios de oscuridad para generar escenas y drama en ellas y así dividirlos con espectros de luz. Las luces de las mesas que dan una sensación más intimista son veladores de carga usb touch”, dice la diseñadora. El día de la inauguración, se mezcló entre los asistentes para observar las reacciones. No podría haberse ido más contenta con aquellas frases, los gestos, las fotos, las selfies, el boom de comentarios y visitas que siguió.

Fue la misma sensación de la familia Marteau, como cuentan esta noche de verano Marcela y Marcelo mientras el salón se llena y es hora de terminar la charla. “Esto lo armamos como si fuera nuestra casa”, dicen entonces y se despiden para darles la bienvenida a los comensales con una radiante sonrisa.


De 130 hectárea solo quedó una

  • Como cuenta Marcelo Marteau, La Falda llegó a producir un millón de litros de vino anuales y de las 130 hectáreas de viñedos que tenía queda solo una, rodeada de barrios, donde hoy funciona la bodega museo, el restó Rebeca, la cafetería y el patio Herzig, ideal para tomar algo afuera.
  • Hay tres estacionamientos con nombre de varietales (Malbec, Merlot y Pinot Noir), un chalet y la casona de 1910. La Falda ha albergado en estos meses eventos, jornadas empresariales y encuentros de trabajo, entre otras actividades y ya hay pedidos para realizar bodas allí el próximo verano.
  • Más Información: 299 5 726 255.
    Maestro Espinoza 2608, Cipolletti
    Instagram: bodega.geromemarteau


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