Blanco o negro
Crecí con los límites bien marcados. Siempre había quedado claro algo que decía papá: “Camila, es uno u otro. Ya sabés: blanco o negro”. Dicen que de niña lloraba cada vez que quedaba frente a esta encrucijada. Crecí escuchando una anécdota que no recuerdo, pero que la familia la repitió tanto que debe ser cierta.
Resulta que agarré una bolsa de caramelos y papá me dijo que si la llevaba no habría helado de postre para mí. Me estaba por poner a llorar cuando la cajera del supermercado me preguntó mi nombre y después dijo algo así como “¡Qué lindo nombre! ¿Y te dicen Cami?”. No sé qué respondí ni qué cara puse. Dicen que la manipulé de algún modo, porque la cajera me regaló los caramelos. Ese día me quedé con el pan y con la torta. Fue una excepción.
Con el tiempo sería siempre una cosa o la otra: una muñeca o un libro, el viaje de egresados o las vacaciones con amigas, usaba la pileta o venían amigas a casa, salía el viernes o salía el sábado, y así… Hasta que, no sé cuándo, me convencí de que esta regla paterna tenía sentido. Se me hizo una lógica natural, que me acompañó de un modo cada vez más consciente. Al punto que, desde la adolescencia hasta ahora, pasó de ser una premisa prestada a una convicción propia.
Así, entonces: jugaba al hockey o salía de noche. Éramos amigas o no éramos nada. Crudo o cocido. Iba a la facultad o trabajaba. Me ponía de novia o no pasaba nada. Me iba de vacaciones o ahorraba para el departamento. Nos casamos o cortamos. Tenemos hijos o nos separamos. El trabajo o la pareja.
Escribo esto algo aturdida aún. Hace un rato discutí con Lucas, el más grande de mis tres hijos. Me dijo que después de la facultad se iba a tomar algo con unos amigos y no sabía a qué hora volvía. Le expliqué que la noche estaba hecha para dormir y que nuestra casa no era un hotel. Me miró desafiante, y antes de irse me dijo: “¿Otra vez lo mismo? Estoy harto de tu mundo binario. ¿Me vas a decir que es simple, no? ¿Que me quedo o me voy de casa?”. Dio un portazo sin que le pudiera responder.