Reutemann no corre
Desde hace más de diez años se ha dado el consenso de que, siempre y cuando aceptara postularse, Carlos Reutemann podría ser el próximo presidente de la República. Aunque el propio Reutemann ha dicho una y otra vez que no le interesa el cargo, sus palabras en tal sentido sólo han servido para convencer a los demás políticos de que es lo que llaman un “tiempista” que está esperando la hora indicada –se hablaba de comienzos de marzo– para poner en marcha su campaña. Algunos días atrás, “Lole” subrayó que “en ningún momento dije que iba a ser candidato y no cambié de opinión”. Para que todos entendieran, dijo que “no voy a ser candidato a presidente, vicepresidente ni gobernador”. ¿Será suficiente como para poner fin a la especulación en torno de sus planes? Puede que sí, pero por tratarse de un personaje habitualmente calificado de “enigmático”, no sorprendería que los deseosos de aprovechar su buena imagen insistieran en que sólo es cuestión de un ardid. Las razones por las que Reutemann sigue ocupando un lugar importante en la política nacional son un tanto misteriosas. No es un orador fogoso; por el contrario, el laconismo exasperante con el que suele expresarse sólo sirve para desconcertar a quienes quisieran saber lo que tendría en mente. A juicio de los escépticos, su preferencia por un estilo parco se debe a que sus ideas políticas son tan rudimentarias que, si tratara de explicarlas en detalle, la gente se daría cuenta de sus limitaciones. Así y todo, en los meses que siguieron al estallido de la crisis al parecer terminal en que se precipitó el país luego del colapso de la convertibilidad y el derrumbe de la presidencia de Fernando de la Rúa, muchos creían que Reutemann estaría en condiciones de darle al país el liderazgo que tanto necesitaba. En aquel entonces, el santafesino rechazó la candidatura que le había ofrecido el presidente interino Eduardo Duhalde afirmando que había visto “algo” que le había asustado, de tal modo posibilitando la llegada a la Casa Rosada de Néstor Kirchner. Aunque en el 2009 dio a entender que pensaba en ser candidato presidencial, no tardó en perder interés en dicha posibilidad, al parecer porque le alarmaban las maniobras de kirchneristas resueltos a frustrarlo. Como político, Reutemann es menos interesante que el fenómeno supuesto por la resistencia de tantos a eliminarlo de la lista de presidenciables serios. A diferencia de los muchos políticos que han hecho esfuerzos enormes por integrarla sin tener posibilidades reales, se ha dedicado a llamar la atención a su presunta falta de ambiciones, actitud que, huelga decirlo, lo ha prestigiado aún más, ya que es con toda seguridad el único dirigente nacional que, de quererlo, podría resultar capaz de triunfar en una elección presidencial pero que así y todo se niega a intentarlo. Sucede que, con razón o sin ella, los atraídos por la figura de Reutemann lo toman por un político honesto, conservador sin ser derechista, que en el caso de mudarse a la Casa Rosada administraría el país con sobriedad austera. Lejos de creerlo un ideólogo proclive a caer en la tentación de procurar remodelar el país para adaptarlo a sus prejuicios personales, ven en él un pragmático que quisiera que la Argentina fuera un “país normal”. Tal vez sólo haya sido cuestión de una ilusión, que el motivo principal por el que Reutemann ha elegido borrarse de la carrera presidencial haya consistido en la conciencia de que no estaría a la altura de las responsabilidades que un eventual triunfo lo obligaría a asumir. Acaso nunca sabremos la respuesta al interrogante así planteado, pero el que durante tantos años un segmento significante de la clase política nacional haya esperado que por fin Reutemann le diga lo que se ha propuesto hacer es de por sí aleccionador. Tal actitud puede atribuirse a la sensación ampliamente difundida de que todos los demás dirigentes dejan mucho que desear pero que debería encontrarse en algún lugar –quizás en la provincia de Santa Fe–, uno que posee las cualidades necesarias para encabezar un gobierno moderado, limpio, firme y nada populista que, en vez de obsesionarse por alguno que otro fuego fatuo ideológico o comprometerse con un “proyecto” meramente personal, trataría de hacer de la Argentina un país que tenga mucho más en común con Australia, digamos, que con cualquier modelo tercermundista.
Desde hace más de diez años se ha dado el consenso de que, siempre y cuando aceptara postularse, Carlos Reutemann podría ser el próximo presidente de la República. Aunque el propio Reutemann ha dicho una y otra vez que no le interesa el cargo, sus palabras en tal sentido sólo han servido para convencer a los demás políticos de que es lo que llaman un “tiempista” que está esperando la hora indicada –se hablaba de comienzos de marzo– para poner en marcha su campaña. Algunos días atrás, “Lole” subrayó que “en ningún momento dije que iba a ser candidato y no cambié de opinión”. Para que todos entendieran, dijo que “no voy a ser candidato a presidente, vicepresidente ni gobernador”. ¿Será suficiente como para poner fin a la especulación en torno de sus planes? Puede que sí, pero por tratarse de un personaje habitualmente calificado de “enigmático”, no sorprendería que los deseosos de aprovechar su buena imagen insistieran en que sólo es cuestión de un ardid. Las razones por las que Reutemann sigue ocupando un lugar importante en la política nacional son un tanto misteriosas. No es un orador fogoso; por el contrario, el laconismo exasperante con el que suele expresarse sólo sirve para desconcertar a quienes quisieran saber lo que tendría en mente. A juicio de los escépticos, su preferencia por un estilo parco se debe a que sus ideas políticas son tan rudimentarias que, si tratara de explicarlas en detalle, la gente se daría cuenta de sus limitaciones. Así y todo, en los meses que siguieron al estallido de la crisis al parecer terminal en que se precipitó el país luego del colapso de la convertibilidad y el derrumbe de la presidencia de Fernando de la Rúa, muchos creían que Reutemann estaría en condiciones de darle al país el liderazgo que tanto necesitaba. En aquel entonces, el santafesino rechazó la candidatura que le había ofrecido el presidente interino Eduardo Duhalde afirmando que había visto “algo” que le había asustado, de tal modo posibilitando la llegada a la Casa Rosada de Néstor Kirchner. Aunque en el 2009 dio a entender que pensaba en ser candidato presidencial, no tardó en perder interés en dicha posibilidad, al parecer porque le alarmaban las maniobras de kirchneristas resueltos a frustrarlo. Como político, Reutemann es menos interesante que el fenómeno supuesto por la resistencia de tantos a eliminarlo de la lista de presidenciables serios. A diferencia de los muchos políticos que han hecho esfuerzos enormes por integrarla sin tener posibilidades reales, se ha dedicado a llamar la atención a su presunta falta de ambiciones, actitud que, huelga decirlo, lo ha prestigiado aún más, ya que es con toda seguridad el único dirigente nacional que, de quererlo, podría resultar capaz de triunfar en una elección presidencial pero que así y todo se niega a intentarlo. Sucede que, con razón o sin ella, los atraídos por la figura de Reutemann lo toman por un político honesto, conservador sin ser derechista, que en el caso de mudarse a la Casa Rosada administraría el país con sobriedad austera. Lejos de creerlo un ideólogo proclive a caer en la tentación de procurar remodelar el país para adaptarlo a sus prejuicios personales, ven en él un pragmático que quisiera que la Argentina fuera un “país normal”. Tal vez sólo haya sido cuestión de una ilusión, que el motivo principal por el que Reutemann ha elegido borrarse de la carrera presidencial haya consistido en la conciencia de que no estaría a la altura de las responsabilidades que un eventual triunfo lo obligaría a asumir. Acaso nunca sabremos la respuesta al interrogante así planteado, pero el que durante tantos años un segmento significante de la clase política nacional haya esperado que por fin Reutemann le diga lo que se ha propuesto hacer es de por sí aleccionador. Tal actitud puede atribuirse a la sensación ampliamente difundida de que todos los demás dirigentes dejan mucho que desear pero que debería encontrarse en algún lugar –quizás en la provincia de Santa Fe–, uno que posee las cualidades necesarias para encabezar un gobierno moderado, limpio, firme y nada populista que, en vez de obsesionarse por alguno que otro fuego fatuo ideológico o comprometerse con un “proyecto” meramente personal, trataría de hacer de la Argentina un país que tenga mucho más en común con Australia, digamos, que con cualquier modelo tercermundista.
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