Atentado piloto

Sin el apoyo incondicional de los países más poderosos de Occidente, la Argentina seguirá siendo presa fácil para Ben Laden y muchos otros.

Por Redacción

El que el juez Juan José Galeano haya querido defender su forma de manejar el caso de la AMIA puede entenderse, pero a esta altura suena excesivo insinuar que su investigación del peor atentado terrorista que se ha producido en nuestro país, lo cual es mucho decir, pudiera haber resultado más eficaz de haberle informado antes la Cancillería de que hace más de un año la embajada argentina en Arabia Saudita había recibido algunas llamadas anónimas en que la ahora muy célebre organización terrorista conocida como Al-Qaeda reivindicaba la autoría. En estas ocasiones, a menos que los informantes anónimos aludan a detalles secretos, sus afirmaciones carecerán de importancia: puesto que la información brindada por el supuesto vocero del ya notorio Ben Laden era de dominio público, no hubo por qué prestarle mucha atención. En cuanto a la advertencia de que el martes 26 de setiembre, es de suponer del año 2000, ocurriría “algo terrible” en Estados Unidos, su significación es limitada: las autoridades norteamericanas ya estaban muy acostumbradas a recibir amenazas genéricas de este tipo.

Por supuesto que es más que posible que bandos vinculados con Ben Laden hayan tenido que ver con los atentados contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA. Al-Qaeda no es sino el grupo mejor estructurado de muchos de ideologías y objetivos afines que poseen sucursales en muchas partes del mundo. Si bien no se constituyó oficialmente, por decirlo así, hasta 1998, años después de los atentados en nuestro país, ya existía en forma embrionaria hacia fines de los años ochenta. Asimismo, es frecuente que por distintas razones grupos terroristas modifiquen periódicamente tanto sus nombres como sus jerarquías organizativas. Como el gobierno estadounidense ya ha entendido, podrá aniquilar todas las bases de Al-Qaeda en Afganistán, pero enseguida el movimiento se verá reemplazado por otros conformados por los sobrevivientes y por nuevos reclutas que, a juzgar por el estado actual del mundo musulmán, podrían sumar decenas de miles.

El desafío que ha planteado el surgimiento de una multitud de movimientos terroristas comprometidos con el extremismo religioso en una inmensa región pobre y por lo común pésimamente administrada, es tan grave que hasta ahora ningún gobierno occidental parece haberse dado cuenta de lo difícil que será enfrentarlo. Antes de producirse los atentados en Nueva York y Washington, ni los norteamericanos ni los europeos manifestaban demasiada preocupación por la presencia en sus países de personajes ya identificados como integrantes de organizaciones terroristas. Por el contrario, sabedores de que se trataba de enemigos de régimenes dictatoriales o, a lo sumo, democracias muy corruptas de legitimidad discutible, propendían a considerarlos exiliados políticos similares a los muchos que habían huido de América Latina en los años setenta. Sin embargo, hay una diferencia fundamental: por anticapitalistas que fueran, los izquierdistas o nacionalistas de tendencias neofascistas latinoamericanos que se refugiaron en Europa no se proponían destruir a las sociedades que les habían abierto las puertas. En cambio, muchos terroristas musulmanes sí sienten más odio por el Occidente que por los tiranos de sus propios países. Así las cosas, no es sorprendente que el juez Galeano se haya visto totalmente desbordado por la causa que le tocó investigar. Tampoco lo es que los aportes de la Cancillería y “los servicios” a los esfuerzos por aclararla hayan sido muy magros. Por motivos que en el fondo no eran tan diferentes de aquellos en que se inspiraba la actitud excesivamente comprensiva de sus homólogos norteamericanos y europeos, no querían arriesgarse metiéndose en el avispero mediooriental o formulando acusaciones que los obligarían a romper relaciones con varios países por no poseer los recursos necesarios para emprender acciones bélicas. Sin el apoyo incondicional de los países más poderosos de Occidente, la Argentina seguirá siendo una presa fácil para Ben Laden y muchos otros, de suerte que no nos queda otra alternativa que participar plenamente en la lucha que apenas ha comenzado y que con toda seguridad resultará ser muy larga.