Avanzar al revés
Los historiadores norteamericanos recuerdan que sólo un presidente tan ferozmente anticomunista como Richard Nixon pudo mejorar la relación de Estados Unidos con la China de Mao porque, de haberlo intentado un mandatario demócrata, los republicanos, tal vez liderados por Nixon, lo hubieran acusado de arrodillarse ante el enemigo número uno de su país. Del mismo modo, abundan aquí los convencidos de que la eventual transformación de la Argentina tendrá que ser la obra de un presidente peronista de imagen “nacionalista y popular”, opinión ésta que se ha visto robustecida por el acuerdo reciente con el FMI según el que Néstor Kirchner se ha comprometido a asegurar un superávit fiscal primario del tres por ciento, lo que supondrá un ajuste incomparablemente más severo que el planteado por Domingo Cavallo con su “déficit cero” y ni hablar del reclamado por Ricardo López Murphy cuando sus propios correligionarios lo denunciaban por “genocidio”. Si bien la situación actual es distinta -el país ya ha experimentado un “ajuste” caótico de brutalidad sin precedentes, costeado principalmente por el sector privado, uno que pudo haberse ahorrado de haber reaccionado antes del default, no después-, es innegable que gracias a su fama de contestatario antiliberal, el presidente ha conseguido hacer potable un brebaje que de otro modo hubiera resultado explosivo.
Pues bien: aunque es de prever que el gobierno siga rechazando “las imposiciones” adicionales del FMI y que por lo tanto las reyertas continuarán al discutir los representantes del organismo la letra chica de los informes oficiales trimestrales, el presidente, que tiene fama de ser un negociador durísimo pero también un hombre que respeta a rajatabla sus compromisos, no tardará en chocar contra la oposición de los distintos lobbies estatales. Además, aunque el grueso de la clase política, aleccionado por los sucesos de los dos años últimos, entenderá que nos convendría hacer lo posible por cumplir con el acuerdo, por convicción genuina o por oportunismo algunos de sus integrantes procurarán aprovechar en su propio interés las dificultades que sin duda alguna surgirán, exigiendo que Kirchner ponga en marcha ya el programa ambicioso de obras públicas al que aludía algunos meses atrás y que privilegie la conservación, cuando no la creación, de fuentes de trabajo por encima de “los números”. Así las cosas, no sorprendería demasiado de que en el futuro no muy lejano Kirchner se vea calificado de “neoliberal”.
Durante la primera mitad de su larga gestión, Carlos Menem pudo mofarse de las acusaciones en tal sentido formuladas por sus adversarios porque se sabía dueño de la aprobación ciudadana y en consecuencia de los votos. ¿Logrará Kirchner emularlo? Mucho dependerá de la evolución de su imagen. Si la mayoría sigue creyendo que dadas las circunstancias su manejo de la economía es el menos “neoliberal” factible y que cualquier otro presidente se hubiera comprometido con un esquema decididamente más “antipopular”, podrá salirse con las suyas. En cambio, de difundirse la idea de que sólo es otro político que alcanzó la presidencia por una ruta progresista para convertirse un par de meses más tarde en un “neoliberal”, le esperarán muchos días sumamente difíciles.
Aunque en los casos de Estados Unidos y Gran Bretaña las reformas denostadas por “neoliberales” fueron instrumentadas por políticos, Ronald Reagan y Margaret Thatcher respectivamente, que durante años se habían sentido consustanciados con el ideario correspondiente, pero en casi todos los demás países los responsables han sido dirigentes de origen izquierdista como el alemán Helmut Schmidt, el español Felipe González, el francés François Mitterrand y, últimamente, el brasileño Luiz Inácio “Lula” da Silva. Aunque es prematuro especular en torno de los resultados de las reformas brasileñas, los tres líderes europeos lograron su cometido. En nuestro país, el ex ultrapopulista Menem trató de imitarlos, pero fracasó porque a mitad del camino decidió subordinar todo a la reelección. ¿Será recordado Kirchner como el equivalente criollo de Felipe González? Es de esperar que éste resulte ser su destino, porque a menos que lo sea la crisis que nos envuelve no podrá sino agravarse mucho más.