“Bandas rapaces”
“A la Argentina hay que hundirla en el barro de la humillación” (W. Churchill, nieto) en el Parlamento inglés/junio 1982) Algunos estudiosos infieren y afirman que “la democracia que tanto nos costó conseguir”, cacareada por nuestros políticos, poco tiene que ver con el esfuerzo que éstos se autoatribuyen. Por el contrario, a la luz de la penosa realidad de la Argentina de hoy, crece otra versión con respecto a tal logro y es la que atribuye a Margaret Thatcher –pos-Malvinas y como parte de sus esfuerzos por defenestrar al gobierno militar de entonces– la decisión de introducirnos en esta suerte de intrincado laberinto político híbrido, contradictorio, incierto, inestable e indefinido en cuya atmósfera perecen toda confianza y expectativa, reiterando el círculo vicioso del fracaso nacional (ver discurso del presidente Piñera con motivo del fallecimiento de la primera ministra británica) A la interminable lista de horrores y desatinos del ciclo de facto culminado en 1983 le ha sucedido un proceso de características afines en lo atinente a la definición y ejecución de políticas igualmente erráticas e inconducentes cuya continuidad sigue siendo gravosa y nociva para los intereses del país, sumido en una profunda e integral decadencia no sólo económica, sino abarcativa de lo político-institucional, ético-moral, educativo, cultural, jurídico y social. El extravío intelectual y político de los liderazgos recurrentes y sus burocracias, por lo general ineptas, atisban personalidades de una marcada estrechez mental, debilidad moral, egocentrismo e hipocresía de por sí inhabilitantes y que no tienen disculpa en aquellos que integran la mal llamada “clase dirigente”. Remedos de liderazgos y magistraturas de excelencia que conocimos en otros tiempos, incapacitados para recrear el trazo estratégico de una política nacional de corto, mediano y largo plazos, ofician hoy de meros repartidores de dineros en muchos casos sospechados de espurios y de gestores de beneficios, subsidios y otras canonjías con los que conquistan voluntades y simpatías procurando asegurar el próximo resultado electoral, reciclando de este modo una suerte de huida hacia adelante en un quehacer carente de sentido, que no constituye garantía ni destino cierto para casi nadie, excepción hecha de los protagonistas y beneficiarios de un régimen que se extingue víctima de sus propios errores, vicios y excesos. Protagonistas de una nueva y escandalosa frustración, su empinamiento marca el contraste grotesco con dos generaciones de argentinos arrojados a la periferia de un consumismo estéril, un materialismo frustrante, una cultura relajada y decadente, una violencia criminal insólita, un submundo marginal potenciado por el fenómeno narco inimaginable pocos años atrás, una comunidad fracturada entre “derechas e izquierdas”, ricos y pobres, civiles y militares y un hondo y marcado pesimismo, junto con la pérdida de valores esenciales para la vida política, social y productiva y la perspectiva de un futuro incierto y riesgoso; conformando una realidad a la medida del diseño y la necesidad de alguna exótica potencia, que ejercita su imperium y control sobre el país a partir de un ejército de burócratas sin conciencia, enquistados en unos “cotos” cerrados e inabordables llamados “partidos”. El espectáculo tragicómico de la Argentina de este tiempo se corresponde con la alegoría de aquella visión de José Manuel Estrada, en su discurso del 13 de abril 1893: “…Veo bandas rapaces movidas de codicia, la más vil de todas las pasiones, enseñorearse del país, dilapidar sus finanzas, pervertir su administración, chupar su sustancia, comprarlo y venderlo todo, hasta comprarse y venderse unos a otros a la luz del día. Veo más: un pueblo indolente y dormido que abdica de sus derechos, olvida sus tradiciones, sus deberes y su porvenir, lo que debe a la honra de sus progenitores y al bien de la posteridad, a su estirpe, a su familia y a su mismo Dios… Concupiscencia arriba y abajo… eso es la decadencia… eso es la muerte…”. Afortunadamente, muchos ciudadanos que conservan, reivindican y practican el reconocimiento y la gratitud a una patria pródiga y generosa como Argentina, forjados en la cultura del trabajo honesto y el esfuerzo constante como vehículos de la plenitud personal y social han comenzado –en cantidad y calidad– a “darse cuenta”. Revalorizando el acierto de la moraleja en la vieja fábula de Iriarte sobre el oso bailador: “Si el sabio no aprueba, malo… si el necio aplaude, peor”. Juan Manuel Castañeda, DNI 8.216.126 Las Grutas
“A la Argentina hay que hundirla en el barro de la humillación” (W. Churchill, nieto) en el Parlamento inglés/junio 1982) Algunos estudiosos infieren y afirman que “la democracia que tanto nos costó conseguir”, cacareada por nuestros políticos, poco tiene que ver con el esfuerzo que éstos se autoatribuyen. Por el contrario, a la luz de la penosa realidad de la Argentina de hoy, crece otra versión con respecto a tal logro y es la que atribuye a Margaret Thatcher –pos-Malvinas y como parte de sus esfuerzos por defenestrar al gobierno militar de entonces– la decisión de introducirnos en esta suerte de intrincado laberinto político híbrido, contradictorio, incierto, inestable e indefinido en cuya atmósfera perecen toda confianza y expectativa, reiterando el círculo vicioso del fracaso nacional (ver discurso del presidente Piñera con motivo del fallecimiento de la primera ministra británica) A la interminable lista de horrores y desatinos del ciclo de facto culminado en 1983 le ha sucedido un proceso de características afines en lo atinente a la definición y ejecución de políticas igualmente erráticas e inconducentes cuya continuidad sigue siendo gravosa y nociva para los intereses del país, sumido en una profunda e integral decadencia no sólo económica, sino abarcativa de lo político-institucional, ético-moral, educativo, cultural, jurídico y social. El extravío intelectual y político de los liderazgos recurrentes y sus burocracias, por lo general ineptas, atisban personalidades de una marcada estrechez mental, debilidad moral, egocentrismo e hipocresía de por sí inhabilitantes y que no tienen disculpa en aquellos que integran la mal llamada “clase dirigente”. Remedos de liderazgos y magistraturas de excelencia que conocimos en otros tiempos, incapacitados para recrear el trazo estratégico de una política nacional de corto, mediano y largo plazos, ofician hoy de meros repartidores de dineros en muchos casos sospechados de espurios y de gestores de beneficios, subsidios y otras canonjías con los que conquistan voluntades y simpatías procurando asegurar el próximo resultado electoral, reciclando de este modo una suerte de huida hacia adelante en un quehacer carente de sentido, que no constituye garantía ni destino cierto para casi nadie, excepción hecha de los protagonistas y beneficiarios de un régimen que se extingue víctima de sus propios errores, vicios y excesos. Protagonistas de una nueva y escandalosa frustración, su empinamiento marca el contraste grotesco con dos generaciones de argentinos arrojados a la periferia de un consumismo estéril, un materialismo frustrante, una cultura relajada y decadente, una violencia criminal insólita, un submundo marginal potenciado por el fenómeno narco inimaginable pocos años atrás, una comunidad fracturada entre “derechas e izquierdas”, ricos y pobres, civiles y militares y un hondo y marcado pesimismo, junto con la pérdida de valores esenciales para la vida política, social y productiva y la perspectiva de un futuro incierto y riesgoso; conformando una realidad a la medida del diseño y la necesidad de alguna exótica potencia, que ejercita su imperium y control sobre el país a partir de un ejército de burócratas sin conciencia, enquistados en unos “cotos” cerrados e inabordables llamados “partidos”. El espectáculo tragicómico de la Argentina de este tiempo se corresponde con la alegoría de aquella visión de José Manuel Estrada, en su discurso del 13 de abril 1893: “...Veo bandas rapaces movidas de codicia, la más vil de todas las pasiones, enseñorearse del país, dilapidar sus finanzas, pervertir su administración, chupar su sustancia, comprarlo y venderlo todo, hasta comprarse y venderse unos a otros a la luz del día. Veo más: un pueblo indolente y dormido que abdica de sus derechos, olvida sus tradiciones, sus deberes y su porvenir, lo que debe a la honra de sus progenitores y al bien de la posteridad, a su estirpe, a su familia y a su mismo Dios… Concupiscencia arriba y abajo… eso es la decadencia… eso es la muerte…”. Afortunadamente, muchos ciudadanos que conservan, reivindican y practican el reconocimiento y la gratitud a una patria pródiga y generosa como Argentina, forjados en la cultura del trabajo honesto y el esfuerzo constante como vehículos de la plenitud personal y social han comenzado –en cantidad y calidad– a “darse cuenta”. Revalorizando el acierto de la moraleja en la vieja fábula de Iriarte sobre el oso bailador: “Si el sabio no aprueba, malo... si el necio aplaude, peor”. Juan Manuel Castañeda, DNI 8.216.126 Las Grutas
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