Binner, el hereje

Redacción

Por Redacción

Como siempre sucede cuando un mandatario provincial –o un senador– adopta una postura que molesta a quienes lo habían considerado un aliado en su lucha contra el gobierno kirchnerista, la decisión de Hermes Binner de apoyar el esquema actual de retenciones a la soja se ha visto atribuida a su eventual deseo de acercarse al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a cambio de dinero, no a que sinceramente piense que “deben ser fijadas por el Poder Ejecutivo en el marco de un plan económico nacional”. Así, pues, en lugar de debatir sobre lo que, como dijo el propio Binner, “es un tema muy controvertido” por las características especiales de la soja que el país produce en grandes cantidades para la exportación, políticos opositores como Elisa Carrió y líderes rurales como Hugo Biolcati lo acusaron en seguida de mala fe, dando por descontado que ha elegido subordinar todo lo demás a las necesidades financieras de Santa Fe. Puede que estén en lo cierto, ya que es notorio que los Kirchner se han acostumbrado a castigar a gobernadores provinciales díscolos privándolos de los fondos que en principio les corresponden, pero es preocupante la voluntad de tantos dirigentes opositores de fustigar a cualquiera que se aparte de las posiciones mayoritarias. Sería lógico que lo hicieran si la oposición fuera una coalición formal que, luego de discusiones arduas, se hubiera comprometido firmemente con una política agraria determinada, pero sucede que no lo es. Por haber señalado que a su juicio el Poder Ejecutivo tiene derecho a fijar las retenciones a la soja por ser cuestión de un impuesto a la exportación, Binner se ha visto calificado de “traidor” y otros epítetos igualmente hirientes. La reacción violenta de los líderes opositores ante lo que es, al fin y al cabo, una diferencia de opinión nos dice mucho sobre el estado cada vez más precario de un conjunto que está aglutinado sólo por su hostilidad compartida hacia el gobierno actual. Merced en buena medida a la combatividad y dogmatismo de Carrió, cuya forma de hablar ha contribuido mucho a transformar las grietas existentes en abismos insuperables, la alianza que se había forjado entre la Coalición Cívica, la UCR y el socialismo de Binner está rompiéndose. En lugar de minimizar la importancia de las diferencias y subrayar la de lo que las distintas agrupaciones opositoras tienen en común, quienes militan en el espacio así supuesto a menudo parecen resueltos a actuar como si fueran jefes de un partido consolidado que, para más señas, fuera célebre por su negativa a tolerar la disidencia. Demasiados líderes opositores, sobre todo los vinculados con diversas manifestaciones del “progresismo” antikirchnerista, parecen decididos a mostrar que la presidenta Cristina tiene razón cuando habla de “un rejunte” de personajes más interesados en “poner palos en la rueda” que en prepararse para gobernar. Puesto que no piensan en términos estratégicos, episodios puntuales como el que está protagonizando Binner son más que suficientes como para provocar una crisis tan grave que podría obligar a todos los involucrados a hacer borrón y cuenta nueva para crear alianzas menos precarias que las que, para fastidio de un sector sustancial del electorado, están cayendo en pedazos. Los más beneficiados inicialmente por las deficiencias flagrantes del “rejunte” opositor son, claro está, los Kirchner, que siguen aprovechando “la caja” para tentar a gobernadores provinciales y senadores a romper filas, pero puede que a la larga quienes logren aprovecharlas mejor sean los peronistas disidentes que son menos proclives que los radicales, los socialistas y los seguidores de Carrió a permitirse impresionar por detalles como el supuesto por “la traición” de Binner. Conforme a las encuestas de opinión, la mayoría sí quiere despedirse de los Kirchner, pero no lo haría a cualquier precio. Desgraciadamente para los líderes pendencieros de la centroizquierda no kirchnerista, es necesario asegurar la gobernabilidad, pero tal y como están las cosas a esta altura pocos votantes estarían dispuestos a arriesgarse confiando el gobierno a dirigentes que día tras día nos recuerdan que están mucho más interesados en las disputas internas de su propio espacio que en el bienestar del conjunto.


Como siempre sucede cuando un mandatario provincial –o un senador– adopta una postura que molesta a quienes lo habían considerado un aliado en su lucha contra el gobierno kirchnerista, la decisión de Hermes Binner de apoyar el esquema actual de retenciones a la soja se ha visto atribuida a su eventual deseo de acercarse al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner a cambio de dinero, no a que sinceramente piense que “deben ser fijadas por el Poder Ejecutivo en el marco de un plan económico nacional”. Así, pues, en lugar de debatir sobre lo que, como dijo el propio Binner, “es un tema muy controvertido” por las características especiales de la soja que el país produce en grandes cantidades para la exportación, políticos opositores como Elisa Carrió y líderes rurales como Hugo Biolcati lo acusaron en seguida de mala fe, dando por descontado que ha elegido subordinar todo lo demás a las necesidades financieras de Santa Fe. Puede que estén en lo cierto, ya que es notorio que los Kirchner se han acostumbrado a castigar a gobernadores provinciales díscolos privándolos de los fondos que en principio les corresponden, pero es preocupante la voluntad de tantos dirigentes opositores de fustigar a cualquiera que se aparte de las posiciones mayoritarias. Sería lógico que lo hicieran si la oposición fuera una coalición formal que, luego de discusiones arduas, se hubiera comprometido firmemente con una política agraria determinada, pero sucede que no lo es. Por haber señalado que a su juicio el Poder Ejecutivo tiene derecho a fijar las retenciones a la soja por ser cuestión de un impuesto a la exportación, Binner se ha visto calificado de “traidor” y otros epítetos igualmente hirientes. La reacción violenta de los líderes opositores ante lo que es, al fin y al cabo, una diferencia de opinión nos dice mucho sobre el estado cada vez más precario de un conjunto que está aglutinado sólo por su hostilidad compartida hacia el gobierno actual. Merced en buena medida a la combatividad y dogmatismo de Carrió, cuya forma de hablar ha contribuido mucho a transformar las grietas existentes en abismos insuperables, la alianza que se había forjado entre la Coalición Cívica, la UCR y el socialismo de Binner está rompiéndose. En lugar de minimizar la importancia de las diferencias y subrayar la de lo que las distintas agrupaciones opositoras tienen en común, quienes militan en el espacio así supuesto a menudo parecen resueltos a actuar como si fueran jefes de un partido consolidado que, para más señas, fuera célebre por su negativa a tolerar la disidencia. Demasiados líderes opositores, sobre todo los vinculados con diversas manifestaciones del “progresismo” antikirchnerista, parecen decididos a mostrar que la presidenta Cristina tiene razón cuando habla de “un rejunte” de personajes más interesados en “poner palos en la rueda” que en prepararse para gobernar. Puesto que no piensan en términos estratégicos, episodios puntuales como el que está protagonizando Binner son más que suficientes como para provocar una crisis tan grave que podría obligar a todos los involucrados a hacer borrón y cuenta nueva para crear alianzas menos precarias que las que, para fastidio de un sector sustancial del electorado, están cayendo en pedazos. Los más beneficiados inicialmente por las deficiencias flagrantes del “rejunte” opositor son, claro está, los Kirchner, que siguen aprovechando “la caja” para tentar a gobernadores provinciales y senadores a romper filas, pero puede que a la larga quienes logren aprovecharlas mejor sean los peronistas disidentes que son menos proclives que los radicales, los socialistas y los seguidores de Carrió a permitirse impresionar por detalles como el supuesto por “la traición” de Binner. Conforme a las encuestas de opinión, la mayoría sí quiere despedirse de los Kirchner, pero no lo haría a cualquier precio. Desgraciadamente para los líderes pendencieros de la centroizquierda no kirchnerista, es necesario asegurar la gobernabilidad, pero tal y como están las cosas a esta altura pocos votantes estarían dispuestos a arriesgarse confiando el gobierno a dirigentes que día tras día nos recuerdan que están mucho más interesados en las disputas internas de su propio espacio que en el bienestar del conjunto.

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