Brote de histeria

Por Redacción

Aunque es de suponer que distintos lobbies seguirán atribuyendo todos sus problemas al Brasil y que políticos demagógicos continuarán tratando de congraciarse con ellos ofreciéndoles medidas proteccionistas, todo hace pensar que el ataque de pánico por la amenaza brasileña que por motivos desconocidos sintió buena parte del país a comienzos de marzo ya está atenuándose. Es que los dirigentes más sensatos no pueden sino entender que es francamente absurdo hablar como si la Argentina fuera víctima del egoísmo de una superpotencia económica cuando todos saben que el producto per cápita del «gigante» apenas alcanza la mitad del nuestro, lo cual quiere decir que la productividad de sus empresas y trabajadores es muy inferior a la de sus equivalentes argentinos. Si bien algunas industrias brasileñas son relativamente eficientes, el grueso de su economía es primitivo.

El «problema» no es Brasil. Tampoco es el resto del mundo. Consiste exclusivamente en la incapacidad evidente de los empresarios argentinos de producir o comercializar bienes y servicios que otros quisieran comprar. Para explicar dicha deficiencia, los empresarios hablan del alto costo del crédito, de los impuestos, de los salarios a su juicio exageradamente elevados, y así por el estilo. Hasta cierto punto tienen razón, aunque uno pensaría que a sus homólogos europeos, estadounidenses y nipones les encantaría poder pagar a sus trabajadores los salarios bajísimos que aquí son considerados normales. Asimismo, es innegable que operar en una sociedad que ha hecho de la ineficacia un modo de vida supone ciertas dificultades desconocidas en países más avanzados, pero sucede que en este sentido el empresariado local no es excepcional sino típico, porque sus integrantes comparten plenamente los defectos de los demás sectores.

Los lobbistas «industriales» nos tienen acostumbrados a un discurso que descansa en la suposición de que por razones espurias el gobierno de turno se resiste a brindarles la misma protección de la que disfrutan todos los demás empresarios del planeta. Desde hace más de treinta años están protestando con vehemencia contra la «apertura indiscriminada» que, dicen, permite que el mercado argentino sea inundado de productos foráneos de dudosa calidad. Sin embargo, a partir de una larga serie de aperturas así calificadas, la Argentina continúa siendo uno de los países más cerrados del mundo, superado en esta característica únicamente por el Brasil. Los que creen que el Mercosur contribuirá a «solucionar» este problema están engañándose. Antes bien, de consolidarse sólo serviría para agravarlo porque, sumados los mercados de los países miembros, el resultado seguirá siendo muy pequeño y nada exigente. Por sus dimensiones, el Mercosur se parece a una feria aldeana: su aporte al producto bruto mundial apenas llega al tres por ciento.

¿Es imposible que una empresa argentina mediana logre crear, producir y vender productos en Europa, Asia y América del Norte? En buena lógica, no debería serlo. Después de todo, una proporción muy significante de los bienes comercializados con éxito consigue conquistar los mercados más ricos gracias a su buen diseño, no a lo avanzada que sea su tecnología ni a su bajo precio. Aunque es claro que el respaldo de una tradición científica fuerte constituye una ventaja muy grande, centenares de empresas italianas y francesas deben casi todo a las cualidades estéticas de sus productos. ¿Por qué no hemos sido capaces de emularlas? Tal vez porque la mera idea de intentar competir contra otros sigue horrorizando a empresarios formados en una cultura corporativa en la que «competencia» es tomado por un sinónimo de «anarquía». Asimismo, nadie desconoce que la Argentina está en condiciones de aumentar muchas veces la cantidad de productos alimenticios que vende en el resto del mundo: el que no lo haya hecho tiene que ver con la falta de espíritu emprendedor que, por desgracia, es una de las características más llamativas del siempre quejoso empresariado nacional.