Buenas intenciones
A diferencia de los socialistas europeos, ni los frepasistas ni otros de ideas similares han hecho esfuerzos serios por preparar a los pobres para sobrevivir.
Desconcertados por la creciente atomización del movimiento que hace solo un par de años pareció destinado a reemplazar al radicalismo y, es de suponer, sinceramente preocupados por el estado del país, algunos dirigentes del Frepaso han llegado a la conclusión de que les convendría procurar ponerse a la cabeza de los reclamos de los postergados. Por ser los frepasistas representantes de un sector que se considera «de izquierda», tal planteo no carece de lógica. Asimismo, sería muy positivo que una agrupación que aún forma parte del gobierno nacional se interesara seriamente por lo que llaman «la problemática social». Sin embargo, no existen demasiados motivos para creer que el Frepaso está en condiciones de aportar mucho más que protestas elocuentes y manifestaciones de solidaridad hacia los más pobres porque, lo mismo que los populistas de la UCR, el PJ, los sindicatos «combativos» y una parte sustancial de la Iglesia Católica se las han ingeniado para convencerse de que la mejor, acaso la única, forma de asegurar el progreso consiste ya en defender el statu quo, frustrando cualquier intento de modificarlo, ya en restaurar la situación imperante antes de la llegada al poder de Carlos Menem.
Aunque virtualmente todos los políticos del país hablan con fluidez alguno que otro dialecto del lenguaje progresista, a esta altura es evidente que la clase política en su conjunto es mucho más conservadora de lo que son sus equivalentes de Europa occidental o América del Norte. Las causas básicas son dos: lo admitan o no, son privilegiados que como tantos otros temen caer en la miseria y por formación cultural siguen comprometidos con la cruzada ya tradicional que están librando los pueblos de habla hispana contra el capitalismo liberal. Puesto que éste se ha erigido en la modalidad económica suprema del mundo moderno, no sólo por sus propios méritos intrínsecos sino también porque sus muchos adversarios han fracasado por completo en el intento de crear una «alternativa» viable, el resultado ha sido una clase dirigente dominada por completo por personas decididas a frustrar cualquier estrategia destinada a promover lo que, les guste o no, hoy por hoy constituye el desarrollo.
A diferencia de los socialistas democráticos europeos, ni los frepasistas ni otros de ideas y actitudes similares han hecho un esfuerzo serio por redactar programas que servirían para preparar a los pobres para sobrevivir y, a la larga, prosperar en un mundo que con toda seguridad continuará siendo mayormente capitalista y, a pesar de la proliferación de movimientos proteccionistas, «globalizado». Su resistencia a emprender tal tarea puede entenderse. Incluso si sintieran entusiasmo por las sociedades ya existentes en el Primer Mundo, tendrían que buscar «soluciones» urgentes para por lo menos diez millones de pobres, muchos de ellos de nivel educativo muy reducido, sin contar con los instrumentos institucionales disponibles en los países avanzados porque los partidos políticos se apropiaron hace décadas del Estado. Así, pues, es natural que los progresistas de clase media que dominan el Frepaso se hayan sentido tan asustados por las dimensiones de la labor que se han propuesto y por la precariedad de sus propias herramientas, que han vacilado en hacer algo más que formular denuncias con el propósito de recordarnos su compromiso con los rezagados. Con todo, si bien es comprensible que a partir de diciembre de 1999 los frepasistas y otros progresistas hayan estado prestando más atención a los detalles sin duda fascinantes de la interna aliancista que al empeoramiento constante del drama social -de lo contrario, en la actualidad no estarían hablando de la conveniencia de pensar un poco menos en sus propios problemas políticos y un poco más en la realidad del país-, una consecuencia ha sido que casi la mitad de la población no cuenta ni con representantes políticos auténticos ni con amigos que tal vez sean paternalistas pero que aun así estén listos para ayudarlos y no, como suele ser el caso, para aprovechar en beneficio propio la miseria de millones de personas que por eso tienen motivos para prever que el futuro les será todavía más duro de lo que es el presente.