Cambio de mentalidad

Editorial

Por Redacción

La fuerza que impulsa las economías modernas es la confianza. Cuando la mayoría se siente pesimista, se reducen las inversiones, cae el consumo y el crédito costará cada vez más, a menos que un país cuente con los recursos necesarios para que su gobierno pruebe suerte con políticas «keynesianas». Puesto que últimamente han abundado los motivos para prever que nuestros problemas económicos continuarán agravándose, no extraña que setiembre haya resultado ser un mes negro para los supermercados que, conforme a las primeras cifras, facturaron menos que un año antes. También se ha visto perjudicada la recaudación impositiva que ha sido decididamente inferior a la esperada por las autoridades. Además, no sólo ha sido cuestión de dificultades internas. Ya antes de producirse el ataque terrorista contra Nueva York y Washington, el panorama internacional se había vuelto sombrío al difundirse la convicción de que la economía estadounidense, luego de casi diez años de expansión ininterrumpida, estaba por experimentar una recesión presuntamente cíclica mientras que el Japón, dueño de la segunda economía nacional del planeta, ya parecía estar atrapado en una espiral descendente de connotaciones alarmantes.

Con todo, si bien las perspectivas tanto nacionales como internacionales distan de ser promisorias, es factible que la Argentina esté mejor preparada que muchos otros países para hacer frente a un período de años flacos, razón por la cual diversos economistas extranjeros han llegado a la conclusión de que, siempre y cuando el gobierno logre mantener bajo control el gasto público, podría depararle al mundo algunas sorpresas. De estar en lo cierto tales optimistas, las mejoras se deberían menos a la habilidad del ministro de Economía que a la conciencia generalizada de que al país no le queda otra opción que la de manejarse dentro de los límites fijados por la dura realidad y que por lo tanto es necesario abandonar las fantasías facilistas que hasta hace muy poco distorsionaron las ideas de políticos y comentaristas por igual. Aunque el consenso en tal sentido dista de ser explícito, el que los legisladores hayan aprobado leyes destinadas a fortalecer el «modelo» que casi todos habían criticado con furia hace pensar que la mayoría entiende muy bien que cualquier intento de reemplazarlo por otro de su propia confección tendría consecuencias desastrosas para el país.

Los cambios culturales nunca son sencillos, sobre todo en sociedades como la nuestra en la que demasiados dirigentes se enorgullecen de su desprecio por el «pragmatismo», cuando no por el «posibilismo». Sin embargo, a partir del surgimiento de la Alianza radical-frepasista la Argentina se ha visto obligada por las circunstancias a emprender un curso de aprendizaje sumamente rápido que la dejará transformada. Los acontecimientos de los dos años últimos han incidido de forma profunda en el pensamiento no sólo de muchos radicales y frepasistas, sino también en aquel de la mayoría de los peronistas. A pesar de la resistencia de algunos a modificar su discurso y de la voluntad de otros de decir virtualmente cualquier cosa que a su juicio podría suponerles algunos votos más, no cabe duda de que la actitud del grueso de los integrantes de la clase política nacional hacia los problemas económicos y sociales es decididamente más madura de lo que era el caso a fines del siglo pasado. Por supuesto que sus planteos actuales son menos agradables que los anteriores, pero esto se debe a que son llamativamente más realistas. Se trata de un cambio que, de consolidarse, será fundamental para el futuro del país. Si hubo una razón evidente para el pobre desempeño económico de la Argentina, ésta consistía en que, con escasas excepciones, todos los dirigentes políticos se afirmaban contrarios al «modelo» existente y por lo tanto no sentían ninguna necesidad de tratar de asegurar que funcionara con un mínimo de eficacia. Si bien es poco probable que la generación política actual termine reivindicando el capitalismo moderno con entusiasmo auténtico, es de suponer que la mayoría perderá interés en seguir combatiéndolo si acepta que le convendría que el país se asemejara más a Italia o España que a Cuba.