Cambio minimalista
Si bien los cambios del gabinete han sido decepcionantes, la verdad es que De la Rúa ya no tiene posibilidad de rodearse de "ministros de lujo".
Luego de haber jugado durante varios meses con la promesa de que, una vez terminada la temporada electoral, se producirían cambios muy importantes en el gabinete, el presidente Fernando de la Rúa finalmente decidió limitarse a algunos retoques, desplazando a Patricia Bullrich a un ministerio de estructura aún desconocida, Seguridad Social; ubicando a José Gabriel Dumón en Trabajo, a Hernán Lombardi en Turismo, Cultura y Deportes y, para perplejidad de todos, nombrando al rionegrino Daniel Sartor ministro de Desarrollo Social, cartera que de todos modos parece haberse esfumado luego del paso al costado del frepasista Juan Pablo Cafiero. Asimismo, se anunció que habría otro cambio, con Rafael Pascual tomando el lugar de Ramón Mestre en el Ministerio del Interior el 10 de diciembre, demora que acaso no sorprendería si la Argentina fuera un remanso de tranquilidad, pero que dadas las circunstancias sólo puede ocasionar extrañeza: aunque todos los ministros entienden que su gestión podría resultar muy breve, pocos podrían desempeñarse con eficacia después de ser informados por el presidente mismo que ya los consideraba prescindibles. Puesto que en las semanas próximas la seguridad interna, amenazada por una «guerra contra el terrorismo» mundial y por las repercusiones de un eventual colapso económico, podría erigirse en la preocupación número uno del país, dejar semivacío al Ministerio del Interior no es una opción muy sensata.
Con todo, si bien los cambios en el gabinete han resultado decepcionantes desde el punto de vista de los que tenían en mente algo un tanto más ambicioso, la verdad es que De la Rúa ya no tiene ninguna posibilidad de rodearse de «ministros de lujo». Si repartiera los cargos disponibles entre políticos aún respetados con el propósito de congraciarse con los partidos «oficialistas», correría el riesgo de que los elegidos optaran por aprovechar la oportunidad para ocasionarle una serie ininterrumpida de dolores de cabeza, ya difundiendo detalles acerca de sus cuidadosamente orquestados enfrentamientos con Domingo Cavallo, ya emprendiendo aventuras solitarias con el propósito de complacer a sus simpatizantes. Para colmo, le sería sumamente difícil convertir en funcionarios a personas procedentes del sector privado porque, por motivos que son fácilmente comprensibles, escasean los que estén dispuestos a formar parte de cualquier gobierno nacional concebible.
Por supuesto, en la situación actual del país, convendría que tanto los miembros del gabinete como los demás funcionarios clave fueran personas de capacidad indiscutible, pero a esta altura la mera idea de un «gobierno de los mejores» parece absurda. Por desgracia, los jefes de los partidos principales se las han arreglado para mantener a raya a los realmente talentosos durante tanto tiempo, que no es nada común que un ministro consiga destacarse gracias a la calidad de su gestión. Por el contrario, la experiencia de los años últimos ha mostrado de forma cruel que por lo general los políticos más exitosos resultan ser administradores mediocres, más interesados en las vicisitudes de la interna de turno, que en su propio desempeño, mientras que los despectivamente denominados «tecnócratas» suelen verse neutralizados por las intrigas miserables de operadores decididos a apoderarse de sus puestos.
Así las cosas, lo sorprendente no es que el nuevo gabinete de De la Rúa diste de ser impresionante, es que algunos ministros, entre ellos Cavallo, Bullrich, Chrystian Colombo y Adalberto Rodríguez Giavarini, están a la altura de sus responsabilidades. Claro, de haber ocupado este último un cargo más exigente que el supuesto por la Cancillería, no hubiera podido sobrevivir a las crisis sucesivas que, una tras otra, han afectado a un gobierno que pronto fue abandonado a su suerte por los líderes de la Alianza que, al darse cuenta de que, en el corto plazo por lo menos, apoyar las medidas necesarias para lidiar contra una crisis muy grave no serviría para asegurarles más popularidad, optaron por trasladarse a la oposición «principista», garantizando de esta manera el fracaso no sólo de «su» gestión sino también del país en su conjunto.